A partir de La ignorancia de Milan Kundera

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A partir de La ignorancia de Milan Kundera

 

Dos veces las vidas de Irena y Josef se vieron conmocionadas. Tras el advenimiento de la Revolución en 1948, vivieron la Primavera de Praga en 1968, decidiéndolos, jóvenes de 20 años, a emigrar. Y con la caída del Muro de Berlín, siendo empujados a regresar.

Sí, empujados. Porque Irena, con su vida hecha ya en Paris, “cayó en la cuenta de cuán feliz era en esta ciudad. Siempre le había parecido que su emigración había sido una desgracia. Pero en aquel instante se preguntó si no sería más bien la ilusión de una desgracia, una ilusión sugerida por la manera en que todo el mundo percibía a un emigrado. ¿Acaso no veía su propia vida según el manual de instrucciones que otros le habían puesto entre las manos? … han sido clasificados, etiquetados y se les juzgará según su fidelidad a esa etiqueta”.

En, fin, así fueron empujados a regresar. Y allí descubrieron la acumulación de equívocos. Que eran más libres habiéndose ido pero que no rechazaban simplemente su país, sino que de Praga le gustaba sus olores a pino; ; que los franceses la querían como “emigrada sufriente”, no por lo que ella era; que el amor fugaz de Irena por Josef en un bar de Praga antes de la emigración, que ahora los reunió, no estaba en la memoria de Josef aunque hizo como que sí, indignándola mientras se volvía a vestir –“¡has abusado de un malentendido!”-; que el mocoso arrogante, nada tenía que ver con el adulto Josef; que lo que pensaban los demás de él mismo, nada tenía que ver con lo que pensaba o recordaba él de sí mismo, “cuando vivía en Bohemia y se encontraba con alguien que le había conocido anteriormente, siempre se sorprendía de que le tuvieran por alguien valiente (él, en cambio, se veía pusilánime), cáustico (se veía aburrido), y buena persona (sólo se acordaba de sus mezquindades)”.

Es que, ¿tristemente?, la memoria no tiene dimensión, ni temporal ni material, ¿cuánto recordamos de nuestra antigua pareja, un minuto, dos; una sonrisa? “La memoria no conserva sino … una parcela muy ínfima de la vida vivida … una crítica más elemental: la crítica de la memoria humana como tal. Porque la pobre, ¿qué puede hacer ella realmente? Del pasado sólo es capaz de retener una miserable pequeña parcela, sin que nadie sepa por qué exactamente esa y no otra, pues esa elección se formula misteriosamente en cada uno de nosotros, ajena a nuestra voluntad e intereses. No comprenderemos nada de la vida humana si persistimos en escamotear la primera de todas las evidencias: una realidad, tal cual era, ya no es; su restitución es imposible”.

¿Pero se trataba toda esta conmoción en sus vidas de una acumulación de equívocos?, ¿o de las condiciones –limitadas, imposibles, arbitrarias- de la memoria? No, también, de las decisiones que tomamos.

Lamentablemente, muchas de ellas, tomadas en “la edad de la ignorancia”. A sus 20 años, cuando “todo quedó decidido. En ese momento cometí un error, un error difícil de definir, imperceptible, pero que fue el punto de partida de toda mi vida y que nunca he conseguido reparar … A esa edad es cuando la gente se casa, tiene el primer hijo, elige su profesión. Un día sabrá y comprenderá muchas cosas, pero ya será demasiado tarde, porque su vida habrá tomado forma en una época en que no sabía absolutamente nada”.

Decidir en la edad de la ignorancia, inevitable, desaconsejable, irreversible y, ciegos de nuestras propias decisiones, atribuimos las consecuencias a equívocos y fatalidades, ¿podremos volver a decidir, en otros 20 años?

 

(Tusquets. De la traducción: Beatriz de Moura)

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