1876, de Gore Vidal

1876 de gore vidal

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1876, de Gore Vidal

 

Cuando Charles Schermerhorn Schuyler volvió con su hija Emma, princesa D’Agrigente por su marido ya muerto, para el Centenario a su Estados Unidos natal, tan diferente casi cincuenta años más tarde, no solo encontró: cambiadas las calles de Nueva York; muertos muchos de sus amigos y conocidos; cambiados los partidos; pujante la prensa; la prosperidad de la mano de los ferrocarriles, las grandes fábricas, la mano de obra barata, que había dejado atrás el país de granjeros de los tiempos de Jefferson, y con esta prosperidad, las nuevas crisis, como el pánico de 1873 que arruinó a unos cuantos, entre ellos al propio Schuyler. En Nueva York, “la opulencia, la grandeza, la vulgaridad, la pobreza, la elegancia y la terrible y masiva abundancia de esta ciudad”. “Aquel partido Republicano cumplió su función y murió. Abolimos la esclavitud. Salvamos a la Unión. Ahora una maquinaria corrompida continúa utilizando nuestro nombre”, le confesaba un dirigente, aunque Schuyler fuera demócrata, y apoyara la candidatura del gobernador de Nueva York Tilden contra la de Rutherford Hayes.

También, se encontró con el reinado de la corrupción, “de los jueces que se venden. De los hombres públicos que se reparten el dinero del pueblo. De los periódicos comprados por caciques políticos … por esta adoración del becerro de oro”. Y con ella, frente a las elecciones presidenciales de ese mismo año de 1876, del fraude, que amenazaban con ahogar la joven república, terminar con todo sueño de “buen gobierno”, y llevarla a una nueva guerra civil.

Ni una cosa ni otra parecía alterar a los elegantes y ricos. William Sanford, que terminaría como su yerno, no tenía dudas. “-Señor Sanford, ¿cree usted que es buena esta especie de corrupción en la que nos movemos ahora? –Sí -la respuesta fue tajante-. ¿A quién le importa lo más mínimo si un puñado de congresistas se embolsa dinero por servicios prestados? Así es como se consigue que se hagan las cosas allí … Es a los Tilden a los que no puedo aguantar … a toda esa tribu lastimera de viejas que piensan que habríamos tenido toda esta riqueza, estos ferrocarriles y estas fábricas sólo con ir a la iglesia. Pues bien, maldita sea, conseguimos estas cosas cortándonos la cabeza unos a otros y robando todo lo que no estaba sujeto con clavos”.

Y remata este “compendio de la filosofía nacional” con que “de todos modos somos el primer país del mundo … Y nos hemos adelantado porque no dejamos que nada impida conseguir lo que queremos”.

Además, el corrompido partido Republicano estaba dispuesto a todo, y a su candidato, una vez elegido, se lo conocería popularmente como “Rutherfraud”, “Su Fraudulencia”. “No creo que la corrupción excite realmente a la gente. ¿Qué es lo que excita a la gente? El miedo al Norte en el Sur. El resentimiento contra el Sur en el Norte … Nuestro pueblo solo vota contra lo que teme, contra lo que no le gusta”.

Hay más. Si es cierto que “una libra de resolución vale por una tonelada de suerte”, Tilden el abogado decidió actuar contra Tilden el líder, entregando el resultado de la votación a las secretas negociaciones parlamentarias. Y las buenas razones pueden llevar al desbarranque, porque “si el Gobernador Tilden tiene un defecto fatal es esta curiosa idea suya de que, con buenos argumentos, se puede obligar a los hombres a ser honrados, y a mostrar desinterés en un mundo donde reinan el interés y la codicia”.

Era inevitable preguntarse “¿cómo han llegado a deteriorarse tanto las cosas?”, en “el primer país del mundo”.

Y es que, también, “cuanto mayor es el ascenso, más larga es la caída. Si. Todos los lugares comunes son verdad; toda la verdad está formada por lugares comunes. Desgraciadamente, hace falta toda una vida para aprender esto, al final”.

¿No es ahora de nuevo apremiante volver a los lugares comunes, entonces?

 

(Ediciones Grijalbo. Traducido por Neri Daurella)

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