El cuento más hermoso del mundo, de Rudyard Kipling

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El cuento más hermoso del mundo, de Rudyard Kipling

 

¿Es posible escribir “el cuento más hermoso del mundo”? Charlie Mears, cree que sí. Joven, empleado de banco, tiene “sus aspiraciones: eran literarias”. Y creía escribir obras que “conmoverían al mundo”. Ingenuamente arrogante.

Con algo, eso sí, que parecía una dificultad técnica de algunos autores: “Tengo una idea en la cabeza, que puede convertirse en el mejor cuento del mundo. Déjeme escribirlo aquí. Es una idea espléndida … Durante media hora corrió la pluma sin parar. Charlie suspiró. La pluma corrió más despacio, las tachaduras se multiplicaron, la escritura cesó. El cuento más hermoso del mundo no quería salir”.

¿O se trataba de otra cosa, algo más que una habitual dificultad técnica? Su amigo y maestro, para ayudarlo, con paciencia, le pidió le contara su idea. “Lo miré, preguntándome si era posible que no percibiera la originalidad, el poder de la idea que le había salido al encuentro”.

Se la compró, a cambio de él escribirla. Pero era algo más que una secreta ambición. Charlie estaba recordando su vida como galeote griego. Pero, cada vez que lo consultaba, Charlie solo le contaba generalidades. No podría escribir entonces todo aquello.

Y no se limitaba al galeote griego que hablaba por su boca. También había sido compañero del vikingo Thorfin Karlsefne llegando por primera vez a Vinland, a América. “Se trataba de experiencias de hace mil años narradas por la boca de un muchacho contemporáneo”.

Su amigo estaba conmocionado. Pensó en la “eterna fama”, a la vez que, modestamente, “me contentaría con el mero derecho de escribir un solo cuento, de añadir una pequeña contribución a la literatura frívola de la época”. Después, imaginó las temibles disputas que generaría, la formación de éticas y sectas a partir de él, y “vi con pesar que los hombres mutilarían y pervertirían la historia; que las sectas rivales la deformarían hasta que el mundo occidental, aferrado al temor de la muerte y no a la esperanza de la vida, la descartaría como una superstición interesante y se entregaría a alguna fe ya tan olvidada que pareciera nueva”.

Con desazón habló con su amigo el bengalí Grish Chunder: “He oído entre mi gente estos recuerdos de vidas previas. Es una vieja historia entre nosotros, pero que le suceda a un inglés –a un Mlechh lleno de carne de vaca-, un descastado … Por Dios, esto es rarísimo”. Además, le dijo que nada había que hacer con las lagunas en el relato de Charlie, y que también pronto, al conocer el amor de una mujer, olvidaría todo. Y algo peor: “si hablara, todo este mundo –instanto– se derrumbaría en tu cabeza. Tú sabes, estas cosas están prohibidas. La puerta está cerrada”.

Desafiando todo, siguió intentando conocer más. Llegado un momento, se sentó a escribir todo aquello. “El resultado no era satisfactorio. No había nada que no hubiera podido extraerse de libros ajenos … (y además) ¿quién podría confirmar o impugnar la veracidad de los detalles? … Los Señores de la Vida y de la Muerte eran tan astutos … No dejarían pasar nada que pudiera inquietar o apaciguar el ánimo de los hombres”.

Y sí, Charlie se enamoró, y no quiso hablar más de todo aquello.

Tal vez, la verdadera astucia de los Señores de la Vida y de la Muerte sea impulsarnos a seguir buscando lo que ya encontramos, sin reconocerlo; tal vez, el mejor cuento del mundo ya ha sido escrito.

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