La guerra de los mundos, de H G Wells

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La guerra de los mundos, de H G Wells

 

“Con infinita suficiencia iban y venían los hombres por el mundo … El hombre es tan vano, tanto le ciega su vanidad, que ningún escritor antes del fin del siglo XIX expresó el pensamiento de que allá lejos la vida intelectual, en caso de existir, se hubiese desarrollado muy por encima del humano nivel”.

Una guerra terrible implacable lo sacaría violentamente de esa vana ilusión. Primero fue un cilindro que descendió de Marte, después otros, y en ellos unos monstruosos marcianos con sus máquinas de guerra y sus armas aniquiladoras, el Rayo Ardiente y el Humo Negro, con la que fueron destruyendo casi toda Inglaterra a su paso, y ante las cuales “no hubo grupo de hombres que se atreviera a hacerles frente”. Un artillero habló de resistir volviéndose como salvajes, viviendo bajo tierra, pero él notó que se trataba apenas de un “loco y extraño soñador de cosas grandes” y se apartó en busca de los suyos.

Tamaña destrucción no fue afán de conquista. “Ya la parte intelectual de la humanidad admite que la vida es incesante lucha por la existencia, y parece ser que esta es la fe de los marcianos, su mundo ya está muy frío, mientras el nuestro ofrece una plétora de vida; pero plétora de lo que consideran como vida inferior”.

Desataron la catástrofe. Buscaban alimento. Los humanos, seres inferiores, les servían de eso. “Se trata de seres inteligentes que parecen necesitarnos para alimentarse”. Horroroso, sí.

Pero, “antes de juzgarles con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no tan solo especies animales, como las del bisonte y el dido, sino razas humanas inferiores”.

La destrucción fue casi total y les tomó pocos días. Ahora Inglaterra parecía otro planeta, estremeciéndose enteramente. “Experimenté en aquel momento una de esas emociones extrahumanas que sólo pueden sufrir en este mundo las pobres bestias que nosotros dominamos … sentí una sensación de destronamiento, una persuasión de que yo no era ya el amo, sino un animal más entre los otros animales, bajo el talón de los marcianos. Nuestro destino sería el de los otros, vivir en acecho y en espera, correr y escondernos”.

El futuro, si había, era temible. “De seguro que si no hemos aprendido otra cosa, nos ha enseñado esta guerra la piedad, piedad hacia esas almas sin razón que nosotros dominamos”.

Pero, ¿habremos sido capaces de aprender la piedad? Parece que ni con esta guerra de los mundos, ni con las que libramos –ruinosamente- cada día.

 

(Bruguera. Traducción: Ramiro de Maeztu)

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