Un hilo de humo, de Andrea Camilleri

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Un hilo de humo, de Andrea Camilleri

 

Cuando el humo del vapor ruso ‘Iván Tomorov’ apareciera en el puerto de Vigáto reclamando su carga de azufre que el dueño de los almacenes Toto Barbabianca de la Firma Salvatore Barbabianca en Hijos, todo el pequeño pueblo siciliano, se remecería.

El poderoso Toto lo había vendido a otros y no podría cumplir el contrato, arrastrándose a la ruina.

Pidió ayuda. A todos. A todos los almaceneros como él. A la antigua familia amiga de los Munda.

Todos, previendo su ruina, se regocijaron, y negaron cualquier ayuda.

Todos habían sido estafados o directamente robados por el rico Barbabianca. Su rival más poderoso don Ciccio Lo Cascio, a quien le había birlado la mina Trasatta. Don Angelino Villasevaglios, a quien había robado su carga de seda de contrabando, además de acuchillarlo por la espalda para quedarse con la valiosa mercancía. Tomaso Bonocore cayó en una estafa montada con el hijo de Barbabianca…

Lo odiaban. Para el padre Imbornone, porque “es un mierda que ha flotado sobre toda la cloaca de ideas que nos ha regalado la unidad: primero liberal antiborbónico, luego espía de los garibaldinos, luego inscrito en la sociedad masónica”.

Para otros, los motivos eran menos elaborados, pero más sentidos. Más que “self-made-man” era un verdadero “jode-made-man”. Era “la espuma de esta nueva sociedad que enseña a no respetar a nadie”, aquella que allá por fines del 1800 nacía de la unificación italiana…

El ruso no pudo reclamar su carga, encalló y se hundió. “Ahora la rueda empezaba a girar al revés”.

No solo varió la fortuna, a su favor. Su hijo había sido humillado solicitando ayuda, “doblégate junco, que pasa la corriente”; pero supo también, tuvo un augurio “que, después del paso de la corriente, pueda, como un junco, volver a levantar la cabeza”.

Volver a levantar la cabeza, como los juncos; aunque sea por un golpe de buena fortuna.

 

(Ediciones Destino. Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale)

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