Por el camino de Swann, de Marcel Proust

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A partir de

 

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust

 

Contra “la influencia anestésica de la costumbre”: los pensamientos y los sentimientos (“cosas ambas muy tristes”).

Contra “la opacidad” de los otros: leerlos, llegar a ellos, desde lo que hace sentido a nuestras emociones. “La ingeniosidad del primer novelista estribó en comprender que , como en el conjunto de nuestras emociones la imagen es el único elemento esencial, una simplificación que consistiera  en suprimir pura y simplemente los personajes reales  significaría una decisiva perfección. Un ser real, por profundamente que simpaticemos con él, le percibimos en gran parte por medio de nuestros sentidos, es decir, sigue opaco para nosotros … La idea feliz del novelista es sustituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad equivalente  de partes inmateriales, es decir, asimilables para nuestro espíritu. Desde ese momento, poco nos importa que se nos aparezcan como verdaderos los actos y emociones de esos seres de nuevo género, porque ya los hemos hecho nuestros, en nosotros se producen”

Contra la “inmovilidad de las cosas” (“una cualidad que nosotros les imponemos con nuestra certidumbre de que ellas son esas cosas”): el recuerdo.

Que llega “con un sueño profundo que aflojara la tensión de mi espíritu”.

Que llega no por un esfuerzo que realicemos para alcanzarlo, pues “nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los trabajos de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto”. El azar se lo permitió: una madalena mojada en un té, tal como se lo preparaba su tía.

¿Pero hacia dónde lo llevaba el sabor de esa madalena mojada en ese té? “Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí … Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad”.

Que significa entonces, una posibilidad. Un socorro: “al despertarme a medianoche, como no sabía en dónde me encontraba, en el primer momento tampoco sabía quién era … pero entonces el recuerdo … descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada”. O, pasados ya los años, cuando “el amor ya nos ha herido muchas veces, y no evoluciona él solo con arreglo a las leyes desconocidas y fatales … lo ayudamos nosotros, lo falseamos con la memoria y la sugestión”.

Pero también, y sobre todo, una imposibilidad. El Swann que conocía su familia en Combray, lejos estaba del Swann de Paris. La Odette de la que se terminó enamorando Swann, lejos estaba de la Odette que vivía otra vida sin esos momentos con Swann. El amor de Swann por Odette, que no estaba en ella misma (en su vulgaridad, la fealdad de su cara y la belleza de su físico), sino en la similitud con la Céfora de Botticelli. Entonces una imposibilidad porque nada parece ser lo que parece, nada es fijo, sólido, transparente, inmóvil. “Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera pueda enterarse como un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás”. Además que es “la memoria como un obrero que se esfuerza en asentar duraderos cimientos en medio de las olas”.

No hay que desesperar, si sabemos de “la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos”.

No vayamos hacia la realidad entonces, en busca de la verdad que nuestra alma busca. ¿Hacia dónde ir, entonces, para –igualmente- atrapar esa realidad hecha de costumbre, opacidad, inmovilidad, y a la vez inasible por cambiante como las olas del mar? Hacia nuestro interior, y con la “ingeniosidad del novelista”, hacerlas nuestras, la verdad y la realidad.

 

(Hyspamérica. Ediciones Orbis. Traducción de Pedro Salinas)

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