El Reino, de Emmanuel Carrere

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A partir de

 

El Reino, de Emmanuel Carrere

 

“Soy un escritor que trata de comprender cómo se las ha arreglado otro escritor”, Lucas, autor del Evangelio, y “desmontar los engranajes de una obra literaria”. Así, “en este libro intento contar cómo pudo escribirse un Evangelio”.

Lo veremos revisar y exponer el método de Lucas el historiador, al que también llama novelista, describe como testigo, inventa y homenajea: sus informantes (Filipo, Marcos, Juana), sus fuentes (el evangelio de Marcos, el texto “Q” (“el Evangelio anterior al Evangelio”)), su nueva visita a Jerusalén para verla, ya con todo esto, con nuevos ojos, y poder escribir de acuerdo con su Sondergut (lo propio que cada uno pone).

Y veremos a Lucas en las querellas de los cristianos primitivos, en el alucinante mundo antiguo del que el Apocalipsis sería su cifra.

Dejándolo con estos propósitos, su amigo Herve, suavemente lo reorienta: “ábrete al misterio en vez de descartarlo a priori”, y nuestro escritor lo deja hacer. Y busca entonces algo más: averiguar “¿qué es el Reino?”.

Ese interior de cada uno ante la persecución de la fama, el éxito, el orgullo de sí mismo, “el tesoro  por el cual el Evangelio aconseja renunciar a todas las riquezas”, y que hace que, a pesar de seguir persiguiendo fama y éxito, hace saber que “otro combate, el verdadero, se libra en otro lugar”. “Está en vosotros”, en cada uno de nosotros.

Es, “ese grano de mostaza que crece en la oscuridad de la tierra, en silencio, sin que lo sepamos. Lo importante es que desde entonces forma parte de mi vida”.

Es lo débil, lo despreciado, lo deficiente: “la morada de Cristo”, cerrada a los ricos y a los inteligentes.

La esperanza, el rezo, para que se establezca “durante nuestra vida, durante nuestros días”.

Es afirmar la fe, “si desprecian el testimonio de los sentidos, si se liberan de las exigencias de la razón, si están dispuestos a que los tomen por locos han superado la prueba. Son los auténticos creyentes, los elegidos: es suyo el Reino de los cielos”.

Es liberarse de esta vida, falible, degradada, “elegir lo que no existe para deshacer lo que existe”, ser parte de la familia “de los inquietos, los melancólicos, los que creen que la vida está en otra parte”. No es de este mundo.

Es lo único que vale la pena: “buscad el Reino y lo demás se os dará por añadidura”.

Es el llamado, la propia palabra de Jesús, “nunca nadie ha hablado como este hombre”.

No un más allá, sino “una dimensión que la mayoría de las veces es invisible para nosotros pero que aflora en ocasiones, misteriosamente, y en esta dimensión tiene quizá sentido creer, contra toda evidencia, que los últimos son los primeros y viceversa”.

Es el fanatismo de la antipatía hacia el mundo.

No es las leyes morales, sino las leyes de la vida. Y por eso y sobre todo, “no es justo”: la vida es injusta, cruel, arbitraria. Y así es el Reino. Como cuando el padre acoge festejando la vuelta del hijo pródigo antes que a su hermano mayor que se mantuvo siempre fiel al lado de su padre. Es todo: tormentos y liberación, deseos y beatitud. Es “la realidad de la realidad”.

¿O será el Reino esta incesante búsqueda, luchando contra sí mismo, debatiéndose en sus abismos interiores, con algo de vergüenza, resistiéndose a admitirlo, pero al final, dejándose orientar suavemente por el amigo, abierto al misterio?

(Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika)

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