El barón rampante, de Italo Calvino

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El barón rampante, de Italo Calvino

 

“Es otra cosa lo que él pretendía”, recuerda su hermano Biagio, “algo que lo abarcase todo, y no podía decirlo con palabras, sino viviendo como vivió”.

¿Y cómo vivió? Arriba de los árboles. Subió un día de junio de 1767, como un acto de rebelión, al rechazar un plato de caracoles, porque “en la mesa con la familia tomaban cuerpo los rencores familiares”.

Aunque también, “la obstinación de mi hermano ocultaba algo más hondo”. Porque más adelante, se reconcilió con su madre, se aproximó a su padre, se amigó con su hermano, y siguió viviendo en las alturas.

Y en las alturas fue cazador; ingenioso inventor; defensor contra las pillerías de los piratas turcos; ávido lector; relator de historias varias; administrador de las propiedades de su familia. En las alturas fue amigo y rival de los jóvenes ladronzuelos, de las bandas de bandidos, de los pobres obligados a abandonar las ciudades refugiándose en los bosques. En las alturas amó y fueron leyenda sus amoríos; se enamoró de la española Ursula, se re-encontró apasionadamente con su amor de infancia, Viola. En las alturas redactó dos Proyectos de Constitución; enfrentó a los jesuitas; fue francmasón; se entrevistó con Napoleón.

¿Y qué es lo que nos dijo “viviendo como vivió?

De niño, “todo, visto desde arriba, era distinto, y eso era ya una diversión”.

Enamorado de Viola infantilmente le espetó “yo no bajo a tu jardín y ni siquiera al mío. Para mí todo es territorio enemigo igualmente”.

En “aquellos primeros días de Cósimo sobre los árboles no tenían una finalidad o programa, sino que estaban dominados solamente por el deseo de conocer y poseer aquel reino suyo”.

Cuando se encontró con los españoles desterrados que ingeniosamente se treparon a los árboles mientras esperaban se revoque aquella condena ya que “no podían pisar tierra” según el Tratado que regía con su rey Carlo III, le preguntaron si también él vivía en los árboles porque era un desterrado, y Cósimo, que no, que es “porque pienso que me conviene, aunque nadie me lo imponga”, y los españoles: “vuestra alteza puede considerarse afortunado de gozar de esta libertad, ¡feliz usted!”.

Murió. Con él, murió el siglo XVIII, y con él “todos los innovadores –fueran jacobinos o bonapartistas-, derrotados; el absolutismo y los jesuitas han recobrado su espacio; los ideales de la juventud, las luces, las esperanzas de nuestro siglo decimoctavo, todo son cenizas”.

¿Y entonces, qué nos dijo? ¿Nos dijo un acto de rebelión; nos dijo que miráramos todo diferente, desde arriba con próxima distancia; que nos divirtiéramos; nos dijo un programa?

¿Quedó algo de aquello? “Después fue suficiente la llegada de generaciones con menos criterio, de una avidez imprudente, gente no amiga de nada, ni siquiera de sí misma, y ya todo ha cambiado, ningún Cósimo podrá jamás andar por los árboles”.

¿O será una experiencia de la libertad, que tal vez no encuentre palabras, y que ahora, cuando “ya todo ha cambiado”, necesita que sepamos cuáles son los árboles a los que treparnos?

 

(Club Bruguera. Traducción: Francesc Miravitlles)

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