El jugador, de Dostoyevski

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El jugador, de Dostoyevski

 

Aleksieyi Ivanovich era preceptor en la familia del general. Familia que estaba en el centro de una tormenta: residiendo en Rulettenberg y a la espera de la muerte de la abuela para heredarla y pagar sus deudas con un cierto francés y conquistar a una cierta dama.

Por Polina entró por primera vez en una sala de juegos, para apostar en su nombre. Por ella se decía dispuesto a matar si se lo mandaba. Por ella volvió a la sala de juegos, estaba vez con su propio dinero. Apostó y ganó. Le ofreció el dinero necesario para pagar la deuda, pero ella con raro orgullo lo rechazó y huyó.

Aleksieyi Ivanovich supo allí que poseía “el plebeyo deseo de ganar”, a diferencia del gentleman que apuesta “por solo jugar, por solo divertirse”.

Era ese deseo plebeyo. Y era algo más.  “Respecto a mis sacratísimas convicciones morales, no hay espacio para ellas. Hablo tan solo para descargar mi conciencia … Me resulta terriblemente enojoso el medir mis actos y mis ideas por ningún rasero moral, fuere el que fuese. Otra cosa me gobierna”.

Era también esa “otra cosa”. Aquello que lo gobierna, convirtiéndolo en su esclavo.

Era “la creencia de que la ruleta era su único recurso y su salvación única”. Era la ilusión en el fin de todas las penurias: “Me pregunta usted que para qué quiero el dinero. Pues porque el dinero… lo es todo … Se trata únicamente de que, gracias al dinero, podré ser para usted otro hombre y no un esclavo”, le explicaba a Polina. Era el estremecimiento del juego: “También yo era jugador; lo sentí así en aquel instante. Me temblaban las manos y los pies, me daba vueltas la cabeza”. . Era el carácter nacional que lo modelaba: “la ruleta se ha hecho para los rusos … nos alegramos sobre manera de que existan medios, como, por ejemplo, la ruleta, merced a los cuales puede uno enriquecerse e un par de horas, de pronto, sin tomarse ningún trabajo”. Era el vértigo del juego: “me acometió de pronto una espantosa ansia de peligro. Es posible que al pasar por tantas sensaciones, el espíritu lejos de rendirse, se excite más aún y exija sensaciones cada vez más fuertes”.

Era esclavo del juego. Como había sido esclavo de Polina arrebatado por su amor. Como era, finalmente, esclavo de sí mismo: “¡Oh, si fuera posible enmendarse! … ¿Acaso no comprendo que soy hombre perdido? Pero… ¿por qué no habría de poder resucitar?”. No pudo: “solo, en tierra extraña, lejos de tus parientes y amigos, y sin saber lo que has de llevarte hoy a la boca, vs y pones allí tu último billete, el último, el ultimísimo”.

¿Y por qué no puede resucitar? Por eso, porque pone allí su último, su ultimísimo billete, porque se ha convertido en esclavo de sí mismo.

 

(Aguilar. Traducción: Rafael Cansinos Assens)

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