Nuestra Señora de Paris, de Víctor Hugo

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Nuestra Señora de Paris, de Víctor Hugo

 

“La vida humana es una mezcla de bien y de mal; el dolor está siempre junto a la alegría”, y sobre esta mezcla actúa “la fuerza irresistible del destino”, la poderosa y terrible fatalidad.

La bella, la cándida y crédula, la bondadosa Esmeralda, como una mosca se vería enredada en la telaraña de Dom Claudio Frollo, finalmente enredado también en su propia telaraña.

Ella, gitana, protegida de la Corte de los Milagros -a la vez taberna y cofradía de los hampones de Paris-, bailarina, de bella voz, que alegraba al pueblo con sus espectáculos en las plazas, y que con su constante amor por el capitán de arqueros Febo de Chateaupers, enfureció al severo sacerdote de Notre Dame Claudio Frollo que se había enamorado de aquella inocente, perdiéndose.

Era Esmeralda, sobre todo “una criatura celestial, una bailarina de las calles de Paris. ¡Tanto y tan poco!”, lo uno y su contrario; el pueblo admiraba su belleza y su arte, y, por gitana, la tenía a su vez por una hechicera.

Era Cuasimodo, el campanero de Notre Dame, niño expósito, deforme, jorobado, sordo, con un solo ojo, tanto que al contemplar las figuras grotescas grabadas en la Catedral se decía “quisiera ser de piedra como tú”; recogido y adoptado por Claudio Frollo y por eso fiel y de buen corazón con quienes le demostraban algo de afecto, “la más hermosa fealdad”. Con las campanadas, Notre Dame parecía cobrar vida, “y todo esto provenía de Cuasimodo. En Egipto le hubieran tenido por un dios del templo; la Edad Media le creería su demonio, pero en realidad era su alma”. También entonces, “tanto y tan poco”.

Era la propia Notre Dame, a la vez, “reposada grandeza … una y múltiple … doble carácter: el de la variedad y el de la eternidad”, “sinfonía de piedra”. También “tanto y tan poco”. Y era Paris sobre la que se erguía, “tanto y tan poco”, con sus “pozos de civilización y al mismo tiempo albañales”.

Era Claudio Frollo sacerdote rígido, hombre severo y agresivo, sabio, devoto entregado a la ciencia, hasta que conoció a Esmeralda: “Desde entonces hubo en mí un hombre que yo no conocía … ¡Oh, qué hueca resuena la ciencia cuando viene a chocar contra ella con desesperación una cabeza llena de pasiones”. Tanto y tampoco, lo uno y su contrario.

El sacerdote, arcediano de Notre Dame, comprobó que “todo mal pensamiento es inexorable y trata de convertirse en hecho … ví que la fatalidad era más poderosa que yo”. La mosca y la araña anidaban en su ser, lo sabía, se decía “¡Claudio, tú eres la araña! ¡Tú eres la mosca también”, para concluir, rendido, que “ese es el símbolo de todo”.

Por eso tejió la telaraña contra Esmeralda en la que él mismo terminaría atrapado, “la red fatal en la que  el desgraciado arcediano había prendido a la gitana y se había prendido él mismo”. A ella, llevándola a la muerte por la horca, por gitana y hechicera, y a él a la muerte en manos de su fiel Cuasimodo, quien al contemplar después los cadáveres se lamentaría, “¡Oh, todo cuanto amé!”.

El amor, también tanto y tan poco, “origen de todas las virtudes en el corazón del hombre, se convertía en cosa horrible en el corazón del sacerdote”.

¿Pero dónde reside la fatalidad? ¿Acaso en la fuerza terrible del destino? ¿O más bien en ese choque incesante de fuerzas contrarias que hierven en nuestro interior?: “¡tanto y tan poco!, araña y mosca, todo a la vez, todo entremezclado en nosotros, fragua de la fatalidad.

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