La olla repleta de oro, de John Cheever

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La olla repleta de oro, de John Cheever

 

¿Merece nuestra compasión, o nuestra admiración? Ralph Whittemore “era un joven rubio con una incansable imaginación comercial y una fe evangélica en el atractivo y en la magia del éxito en los negocios, y aunque trabajaba oscuramente para un fabricante de tejidos, esto solo le pareció un punto de partida”.

Aunque más bien, toda expectativa se desvanecía inexplicablemente: aquel mejor puesto finalmente lo asignaron a alguien de mayor edad; aquel otro empleo finalmente no se concretó; una “absurda cadena de casualidades”, que el extremadamente rico señor Hadaam que había sido una vez salvada su vida por el tío de Ralph nunca olvidara aquello y quisiera ahora recordarla ofreciendo un gran puesto a Ralph, se desmaterializara por un ataque de apoplejía al anciano millonario; que el emprendimiento que imaginó Ralph no encontrara ni mercado ni financiamiento.

Aún así, “el brillo y el olor, la peculiar fuerza del dinero”, lo mantenía siempre expectante, y “la vida de Ralph seguía estando, como siempre, dominada por las esperanzas”. Por eso siempre renovaba sus expectativas, y sus esfuerzos. Pero, “esta incapacidad para seguir dudando de su buena suerte ponía de manifiesto la existencia de un fallo de su carácter”, y Ralph descubría que “el poder del dinero … su fuerza resultaba especialmente irresistible cuando tomaba la forma de una promesa”.

Y buscaba engañar el curso de las cosas, con pequeñas trampas. Si una ocasión se presentaba favorable, comenzaba a pensar que, si esta vez se daba, todo lo que él aspiraba con ello era poder tener unas camisas blancas, aunque en realidad, “no era un deseo auténticamente modesto sino tan solo una forma de recordar que los dioses de la fortuna son celosos y se los engaña fácilmente con la falsa modestia”. O, también, sentía que “para disfrutar de su parte en la prosperidad general solo necesitaba un poco de paciencia, de iniciativa y de suerte”.

Alice, la amiga de su esposa Laura, presa de las mismas esperanzas, se despojó de ellas: “vivir quince años de promesas, esperanzas, préstamos y a crédito en hoteles que no están hechos para seres humanos, sin verse libre de deudas ni un solo día, y sin embargo fingir, creer que cada año, cada invierno, cada empleo, cada reunión va a ser la definitiva. Vivir así durante quince años y luego darse cuenta de que todo seguirá siempre igual”. Y Laura concluía que “la caza, la búsqueda del dinero que había considerado una actividad tan natural, tan grata, tan justa cuando al principio se consagraron a ella, le parecía ahora una expedición corsaria llena de riesgos”.

La misma fuerza, la de la esperanza contenía a la vez una trampa. Cuando se frustraba, “se sentía tan prisionero de sus planes y sus expectativas”. Y vio, “por un momento, la quimera, la olla llena de oro”.

Una quimera tal vez; una expedición corsaria probablemente; una fuerza irresistible con seguridad, que no está en el fondo de la olla llena de oro, tampoco en una falla de su carácter, sino, renovándose con cada necesidad, cuando toma la forma de una promesa, trayéndote la esperanza con sus fuerza y con su trampa.

 

(Literatura Random House. Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea)

 

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