Diálogos. ¿Por qué escribir?, de Philip Roth

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Diálogos. ¿Por qué escribir?, de Philip Roth

 

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

 

El lugar, que parece tan distante planteárselo hoy, aunque no está ausente. “El escritor norteamericano a mediados del siglo XX  está ocupadísimo tratando de entender, describir y luego hacer creíble buena parte de la realidad norteamericana. Causa estupor, asquea, enfurece y finalmente incluso azora a la magra imaginación de uno. Una y otra vez la realidad supera nuestro talento, y la cultura vomita una y otra vez  casi a diario figuras que son la envidia de cualquier novelista”.

Y aunque se ubica así en la novela realista, no se distrae sabiendo que “la principal preocupación  de un escritor es su lengua: muchos escritores morirán buscando la siguiente palabra”; así como que “la intrigante cuestión biográfica (y cuestión crítica por cierto) no es que un autor escriba sobre algo de lo que le ha sucedido, sino cómo escribir sobre ello”. Y su ángulo de entrada es definido: “miren la traducción de La Ilíada de Robert Flages. ¿Cuál es la primera palabra? ‘Cólera’. Sí es como empieza toda la literatura europea; cantando la viril cólera de Aquiles, que quiere que le devuelvan a su novia”. Y el procedimiento para acceder a esta realidad, desde este ángulo, es “esta pasión por la especificidad … Sin una representación fuerte de la cosa –animada o inanimada-, sin la representación crucial de lo que es real, no hay nada. Su concreción, su foco desvergonzado en todas las mundanidades, su fervor por lo singular y una profunda aversión por las generalidades son el nervio de la ficción”. Y su función, la “función escrutadora” (y nada más).

El escrutar, ya no el de la novela, sino el del novelista: “mire, el sucio secretito ya no es el sexo; el sucio secretito es el odio y la cólera”.

Pero no se trata del tema, sino en saber “cómo tratarlo”, buscar la vivacidad, establecer el tono, encontrar el punto de vista narrativo, “la manera de asirlo”.

La llave, tal vez: “un escritor necesita volverse loco porque eso le ayuda a ver. Un escritor necesita sus venenos. El antídoto de sus venenos suele ser un libro”.

Sus personajes, en este mundo que encoleriza, deben ser “tal como están en la realidad”, y conjugan, sin embargo, “la vulnerabilidad de hombres vitales y tenaces”, “hombres valientes abatidos por la vida”, “empalados” en “la lucha social del momento presente”, sabiendo que “todas las garantías son provisionales” y que lo imprevisto está sucediendo ahora. También definidos por el exceso, el juego desvergonzado. Con sus procedimientos, como que “la manera de determinar la perspectiva moral del lector es el cambio de una voz a otra en el interior del relato”; o que “una de las maneras de insuflar vida a los personajes en la ficción es a través de lo que dicen”, al mismo tiempo que “cualquier señal que emitan las palabras que utilice se derivan de la especificidad del encuentro que las produce”.

Los modos, variados de acuerdo a sus temas, sus objetivos, su momento, personal y también histórico. “Imaginar la historia de un modo distinto a cómo ha ocurrido”, ucrónicamente. También en comedias trágicas, desafiar los mandatos sociales y familiares. También ir de “los placeres novelísticos de la amplificación” a relatos cortos que no pierdan “la profundidad de la historia y la intensidad”.

Los combates, contra las restricciones morales, contra el analfabetismo estético, contra los prejuicios, contra la mala crítica, como sus personajes, “consagrados a lo contrario de lo que se ordena”. Contra sí mismo, como escritor: Alejandro Portnoy “puede estar esforzándose por librarse de la ataduras de la conciencia moral, pero yo intentaba librarme de una no menos generalizada conciencia literaria que habían conformado mis lecturas, mi formación y un sentido del decoro en la prosa y de la decencia en la composición hacia los que había gravitado como graduado y joven profesor de inglés”.

Una energía así desplegada, y en treinta y un libros exteriorizada, que parece extraer, a la vez, de la cólera y de la mansedumbre que dice suavemente, casi dulcemente, “aquí estoy”.

 

(Literatura Random House. Traducción de amón Buenaventura, Jordi Fibla y Miguel Temprano García)

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