La tragedia de Romeo y Julieta, de Shakespeare

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La tragedia de Romeo y Julieta, de Shakespeare

 

El apasionado y enamoradizo Romeo cree amar absolutamente a Rosalina. Hasta que aparece Julieta.

Sufre. “El amor es humo engendrado por el hálito de los suspiros. Si lo alientan, es chispeante fuego en los ojos de los enamorados. Si lo contrarían, un mar nutrido con lágrimas de amantes. ¿Qué otra cosa más? Cuerdísima locura, hiel que endulza y almíbar que amarga”. Unidad de contrarios.

Se desconcierta. Él, un Montesco enamorado de una Capuleto. La afirmación engendra su negación. “Mi único amor, nacido de mi único odio”. “Prodigioso principio de amor que tenga que amar a un aborrecido adversario”. Aún así, se casarán en secreto.

Es que todo, todo, es su contrario. “La tierra que es madre de la Naturaleza, es también su tumba”, reflexiona Fray Lorenzo. “Dentro del tierno cáliz de esta débil flor, residen el veneno y el poder medicinal”.

Pero, para que triunfe su “amor infinito”, deberá vencer otro obstáculo, tal vez mayor que el de las rivalidades familiares: ir contra el consejo prudente de Fray Lorenzo: “ama, pues, con mesura, que así se conduce el verdadero amor”.

Vencido por el “amor infinito”, el prudente consejero devendrá su aliado. Con Romeo condenado al destierro tras dar muerte a Teobaldo, su familia arregla el casamiento de Julieta con Paris. El fraile la aconseja: que finja su muerte, así toda la familia irá a visitar su tumba y en ese momento, Romeo se la llevará a Mantua.

Sigue el plan. Su familia, al verla muerta justo antes de la boda con Paris, con todos los preparativos dispuestos para la ceremonia, se lamenta: “Todo aquello que dispusimos para la fiesta, desviándose de su oficio, sirva para el negro funeral … todas las cosas cambian en su contrario”.

También en su contrario se volverá el astuto plan. Antes que Fray Lorenzo pueda avisar a Romeo de su ingeniosa estratagema, un amigo le informa de la muerte de Julieta: decide ir a su tumba con un veneno para morir junto a ella. Julieta despierta, lo ve muerto y con su daga se mata.

Todo se vuelve su contrario: el amor, castigo. No para los amantes, sino para las familias rivales: “¡Capuleto! ¡Montesco! ¡Mirad qué castigo ha caído sobre vuestros odios! ¡Los cielos han hallado modo de destruir vuestras alegrías por medio del amor!”.

Sí, el amor vence al odio, ¡pero de qué extrañas, mortales, maneras! También, lo infinito, el amor infinito, a lo moderado, al “verdadero amor”; lo apasionado, a lo prudente. Aunque, a costa involuntariamente de sí mismo.

Temer, no al odio o al amor, no a lo infinito o a lo moderado, no a lo apasionado o a lo prudente, sino, a esa terrible ley por la cual todas las cosas se cambian en su contrario. ¿Será posible burlarla?

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