Una culta mujer norteamericana, de John Cheever

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Una culta mujer norteamericana, de John Cheever

 

Cuando Georgie su marido llegó a Venecia en vez de irse al Lido y pasarse una semana en la playa como él quería, Jill lo llevó a cada museo, a cada monumento, a ver cada pintura, pero él se dio cuenta que “no había el menor síntoma de afecto en la manera que Jill tenía de enfrentarse con los tesoros venecianos”.

Y aunque no le interesaba seguía cada una de sus explicaciones. Lo mismo cuando presentaba su casa a sus invitados, “¿no es maravilloso, no es el período más maravilloso de la arquitectura doméstica norteamericana?”, les preguntaba Jill. Y Georgie era “lo bastante inteligente como para no esperar que ella dejara de considerarse una mujer culta, porque aquello era la fuente de gran parte de su vitalidad y de su alegría”.

Cuando Georgie se encargaba de las tareas domésticas sabía que a Jill “la habían educado para ser una intelectual, en muchos ambientes se seguía poniendo en duda su emancipación, y puesto que él poseía mayor flexibilidad y ocupar una posición tradicional más sólida, era lógico que cediera en materias de poca importancia como las faenas domésticas”.

Cuando pensaba en el sexo entre ellos, la tibieza y la total ceguera del amor, no podía evita preguntarse mientras sacaba brillo a los tenedores, “¿por qué daba la impresión de existir cierta contradicción entre esos atributos y la posesión de una mente clara?”

Cuando su hijo Biber murió de una pulmonía, Jill escribió a su madre, tan culta como ella, que le dijo que no podría volver de Italia, que en unos meses fuera a verla y juntas visitarían los museos y la pintura de Paris.

Cuando una noche de amor Jill empezó a recitarle en francés sobre la biografía crítica de Flaubert que estaba escribiendo, Georgie se levantó amargado y se fue. “La inteligencia es lo que está en la palestra”, pensó ella.

Cuando Georgie le contó de su amante, ella no le creyó, agregando “las mujeres como yo no están nunca celosas”.

¿Pero es la inteligencia de esta mujer culta, tan culta, lo que está en la palestra?

Era una niña aún cuando su brillante madre le contó que durante la guerra, había trabajado en una cantina y se había entregado a muchos soldados solitarios. La confesión “tuvo un efecto terrible … ¿era Jill capaz de crear, sin ayuda, lazos de amor y de sabiduría entre aquella desconocida que le había dado la vida y la vida misma tal como ella la veía, manifestándose en los campos y en los bosques, maravillosa y delicada?”.

En lugar de esto decidió que su madre “no había dicho lo que había dicho y selló con un beso su negativa a enfrentarse con la realidad”.

No, no estaba la inteligencia en la palestra. A veces, las razones son más sencillas, aunque más secretas.

 

(Literatura Random House. Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea)

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