Tiempo Recios, de Mario Vargas Llosa

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Tiempo Recios, de Mario Vargas Llosa

 

“Esto es lo que soy ahora: un hombre perplejo”.

Lo confiesa Efren García Ardiles a Arturo Borrero Lamas, después de años sin verse, cuando largas discusiones apasionaban a esos amigos, abogados, médicos, sobre las transformaciones en Guatemala mientras jugaban un antiguo juego de cartas, el rocambole, como modo íntimo de mantener las tradiciones, y tras haber embarazado a la hija de Arturo de quince años, Marta Borrero separándolos para siempre hasta esta última conversación.

Transformaciones que acabarían con esas antiguas tradiciones, con esas amistades, con esas discusiones entre ellos, de maneras sangrientas. La United Fruit, la CIA, los dictadores y gobiernos de Honduras, Nicaragua, República Dominicana, el Ejército de Guatemala, el Ejército Liberacionista, la prensa, el Obispo, derrocarían a Arbenz y su Reforma Agraria. Los rencores y rivalidades personales de dictadores serían vehículos de una realidad desquiciada: el Generalísimo Trujillo intervendría no solo en el derrocamiento de Arbenz sino de su sucesor Castillo Armas, por haber hablado mal de su familia y no haberlo homenajeado como creía merecer por su participación en aquel derrocamiento, mediante su jefe de seguridad Abbes García aliado con el jefe de seguridad de Castillo Armas, Enrique Trinidad Oliva. Comunismo y anti-comunismo comprimían las esperanzas democratizadoras moderadas, que, de todas maneras, daban un inesperado impulso a campesinos e indígenas que se tomaban las tierras sobrepasando una Reforma Agraria que se pretendía mansa, reforzando aquel enfrentamiento.

Así, o Washington o Moscú o dictaduras. Arturo se resignaba: “me importa un comino la política”, y se decidía a ejercer la caridad dejando su fortuna para “niños abandonados, madres solteras, viejitos que viven en la calle”.

Efrén, por su parte, concluía desesperanzado: “¿Sabés a que conclusión he llegado con todo lo que me ha pasado, Arturo, con todas las cosas que le pasan a este país? A una idea muy pobre del ser humano. Pareciera que en el fondo de todos nosotros hubiese un monstruo que solo espera el momento propicio para salir a la luz y causar estragos”.

Monstruos a la espera de momentos propiciatorios, aunque no, no en el fondo “de todos nosotros”; esperemos.

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