Diálogos. Vivir para contarla, Gabriel García Márquez

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Diálogos. Vivir para contarla, Gabriel García Márquez

 

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

 

En esos años en que “mis energías estaban concentradas a fondo en la tozudez de aprender a escribir” conocemos que fue en el juego entre la técnica, el tema, la respiración. Y un descubrimiento.

La técnica vendría de sus lecturas, con las que buscaba “desentrañar los misterios más recónditos de su estructura”, así que “por lo mismo, mi biblioteca no ha sido nunca mucho más que un instrumento de trabajo”. Faulkner y Joyce fueron fundamentales. También Virginia Wolff, y en otro sentido, Kafka, pues después de leer ‘La metamorfosis” comprobó que “nunca más volví a dormir con la placidez de antes”. La técnica vendría también de las conversaciones con los amigos y sus críticas. Y vendría del ejercicio del periodismo, no solo porque “novela y reportaje son hijos de una misma madre”, sino porque la urgencia de rellenar espacios vacíos lo obligaba a escribir, cuentos, notas, reportajes, que afilaban su estilo, sus temas, sus destrezas.

Podía haber, adicionalmente, una fórmula: “quienes me conocieron a los cuatro años dicen que era pálido y ensimismado, y que solo hablaba para contar disparates, pero mis relatos eran en gran parte episodios simples de la vida diaria, que yo hacía más atractivos con detalles fantásticos para que los adultos me hicieran caso”.

El tema. La historia de su familia, en la realidad y en sus memorias, que rescató en el viaje con su madre a la casa de los abuelos en Aracataca para venderla, mejor material que invenciones artificiosas.

La respiración es cosa aparte. “Con ‘La hojarasca’ me estaba sucediendo lo mismo que con ‘La casa’: empezaba a interesarme más la técnica que el tema. Después de un año de haber trabajado con tanto júbilo, se me reveló como un laberinto circular sin entrada ni salida … Solo me faltaban comprobaciones de datos y decisiones de estilo antes del punto final, y sin embargo no la sentía respirar”.

¿Cómo salir del laberinto?

Tres caminos podríamos decir: un propósito; una mirada autocrítica; un descubrimiento.

El propósito: escribir “una epopeya como la que yo soñaba”, hecho de otros materiales que las clásicas, casi en un procedimiento de invertirlas: escribiéndola con la historia “de mi propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo”.

La mirada autocrítica: “no me servía para nada la elaboración con recursos artificiales, sino la carga emocional que arrastraba sin saberlo y me había esperado intacta en la casa de los abuelos”.

El descubrimiento. Tal vez hoy una perla de nuevo hundida en el mar: “Hoy, repasando mi vida, recuerdo que mi concepción del cuento era primaria a pesar de los muchos que había leído desde mi primer asombro con ‘Las mil y una noches’. Hasta me atrevía a pensar que los prodigios que contaba Scherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes. Por lo mismo, me parecía imposible que alguien de nuestro tiempo volviera a creer que se podía volar sobre ciudades y montañas a bordo de una estera, o que un esclavo de Cartagena de Indias viviera castigado doscientos años dentro de una botella, a menos que el autor del cuento fuera capaz de hacerlo creer a sus lectores”.

Reencontraría esa posibilidad también con Kafka: “No era necesario demostrar los hechos: bastaba con que el autor lo hubiera escrito para que fuera verdad … Era de nuevo Scherezada pero no en su mundo milenario en el que todo era posible, sino en otro mundo irreparable en el que ya todo se había perdido”.

Tal vez con este descubrimiento, pudo sentir “un trance de inspiración, esa palabra abominable pero tan real que arrasa todo cuanto encuentra a su paso”.

Acaso, técnica, tema, respiración, cobren el soplo de vida con un autor, en trance de inspiración, capaz de hacernos creer a los lectores lo imposible.

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