Una letra femenina azul pálido, de Franz Werfel

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Una letra femenina azul pálido, de Franz Werfel

Leónidas “se consideraba a sí mismo un auténtico favorito de los dioses … veía el universo como una organización cuyo único sentido y objetivo consistía en rescatar de las profundidades a ciertos favoritos de los dioses como él, para luego elevaros a las alturas y dotarlos de poder, honores, gloria y lujo. ¿No era acaso su propia vida la prueba definitiva de esta complaciente interpretación del mundo?”.

Y como no. De joven pobre, un “don Nadie”, hijo de un oscuro profesor, preceptor para apenas subsistir en una familia de deslumbrante inteligencia, en especial la hija menor, Vera de la que locamente se enamoró y por timidez jamás lo demostró, llegó a alto funcionario, de esos que realmente gobiernan el Estado incluso por sobre los pasajeros Ministros, y a elegido de la riquísima heredera Amelie Paradini.

Pero, descubrió, cuando Vera apareció por segunda vez en su vida dieciocho años más tarde, después de un breve amorío a los pocos años de casarse con Amelie, con su carta de letra azul pálido en la que él leyó que le decía discretamente que tenían un hijo, cómo lo habían encumbrado los dioses: siendo siempre otro que él mismo.

Al baile en el que conoció a Amelie cambiando para siempre su vida, solo pudo ir vistiendo el frac de otro, un despreciable compañero de estudios judío que se había suicidado dejándoselo en herencia, y al probárselo “vio en el espejo que le quedaba perfecto y lo convertía en un joven bien parecido”.

No fue él quien sedujo a Amelie, sino que él fue el resultado del capricho de Amelie que rompió todas las normas de aquellos años treinta casándose con un oscuro funcionario y profesor, y pasó a ser de su propiedad.

Cuando se re-encontró con Vera y la pudo seducir al fin fue porque le habló como el alto funcionario rico que era entonces y ya no aquella “nulidad” de preceptor apabullado con aquella inteligencia.

La imposibilidad de confesarle a su mujer la culpa que lo atenazaba desde que leyó en esa carta lo que leyó, se debía a que “nunca había poseído ese coraje radical y casi impúdico para buscar la verdad, lo cual se debía probablemente a su origen humilde y a su pobreza de otros tiempos. El miedo, el afán de prosperar y una trémula sobrevaloración de las clases altas habían marcado su juventud”.

No tenía, en fin, más que “una capacidad de imitación extremadamente acomodaticia que, sin duda, tiene sus raíces en la debilidad de mi carácter”.

Tal vez un sarcasmo de los dioses, que se cobraban con su interior dominado por la culpa, con su carácter débil, con su nulidad, el encumbramiento exterior, apenas un reflejo en un espejo, que le habían regalado. Un regalo envenenado: la imitación, peor, la conciencia de la imitación.

(Anagrama. Traducción de Juan José del Solar)

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