El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina

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El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina

 

Era Lucrecia la mujer de Malcom, que andaba, con Tousssaint y Daphne en el oscuro negocio de los objetos de arte.

Era Lucrecia, el amor de Santiago Biralbo, pianista de jazz.

No un amor cualquiera. “Pensó  que únicamente había aprendido a tocar el piano cuando lo hizo para ser escuchado por ella y observado por ella … Ella me inventó”.

No era, tampoco, una cualidad de ella la que le hacía sentir esto tan intensamente. “Me di cuenta de que yo siempre había notado en él esa cualidad inmutable de quienes viven, aunque no lo sepan, con arreglo a un destino que probablemente les fue fijado en la adolescencia”.

Por eso, cuando la amenazante y peligrosa persecución de Toussaint, Lucrecia le dijo a Biralbo, “te mentí”, el no dudó en pedirle: “quiero que me mientas”. Y la perdió, y se perdió.

Y años después, solo atinaba a decir, a decirse, “hasta de los nombres es preciso despojarse, porque también en ellos habita una clandestina posibilidad de memoria, y hace falta arrancársela entera para poder vivir”.

Fijado en un amor -adolescente-, y por eso intenso pero ligero; engañándose a sí mismo –arrancarse la memoria-, porque así, inevitablemente, seguirá allá, inventado por otros.

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