Capitanes intrépidos, de Rudyard Kipling

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Capitanes intrépidos, de Rudyard Kipling

 

El joven Harvey Cheyne dejaba Estados Unidos con su madre con destino a Europa en el paquebote al que “entraba a bocanadas la niebla del Atlántico del Norte” para completar su educación. Su altanería se explicaba fácilmente: “este muchacho dispone de doscientos dólares al mes y todavía no tiene dieciséis años”, y con eso, se creía autorizado para todo: “es inútil prohibirme que haga lo que me dé la gana”, decía a los de a bordo; otros como él, sus iguales en aquel viaje de primera clase, pero inferiores.

Conocería otras gentes, desiguales en sus condiciones, pero en nada inferiores. Fue tras caer al océano y ser rescatado por Manuel, pescador de la goleta ‘We´re here’ de Gloucester. Ya a bordo, Dan el grumete le espetó: “¡Pronto! Papá espera”. Se trataba del capitán de la embarcación pesquera, Disko Troop. “Harvey no podía comprender ahora que se le obligara a hacer algo por gusto ajeno”. Menos, que esa gente no aceptara el dinero que Harvey aseguraba que su rico padre les pagaría por llevarle a Nueva York, aunque él fuera el heredero de treinta millones de dólares y aquellos pescadores no ganaran ni cincuenta dólares al mes. Es que debían llegar a los bancos de pesca del bacalao, y tardaría no menos de cuatro meses.

Y allí, y en ese largo tiempo, al principio a la fuerza, Harvey aprendió.

Aprendió los elementos de las embarcaciones, “adelante el cabrestante y su aparejo … atrás las berlingas de mesana … cada cuerda de abordo tiene su razón de ser…”. A trabajar. La ruda vida del pescador de alta mar. A ganarse su vida, diez dólares y medio al mes. Algo más, al pescar su primer pez, algo que uno no se pregunta: “miró el enorme pez con orgullo indescriptible. En los mercados había visto ejemplares así, pero nunca se le había ocurrido cómo podrían llegar allí. Ahora lo sabía”.

Conoció que “había materia para una discusión interminable, como se acostumbra entre pescadores, sin que al final nadie pruebe nada”. Que una discusión podía cambiarse por cantos comunes, narraciones, supersticiones con sus temores aparejados. Que la muerte ronda y hay funerales y entierros en alta mar. Que un encuentro de embarcaciones en los bancos de pesca conforman una ciudad flotante: “más pequeñas las he visto, porque aquí nos juntamos mil hombres … oyó todos los idiomas hablados desde Labrador hasta Log Island, incluso el portugués, el napolitano, el sabir, el francés y el galés; con canciones y juramentos de todas clases”, con sus leyes, “la ley del banco prohíbe severamente más de un anzuelo por cuerda … es crimen incalificable cortar el cable de otro”.

También, “empezó a aprender el lenguaje de las olas … el curso de los vientos … la espléndida ascensión del rojo sol; el repliegue y amontonamiento de las brumas matinales … el deslumbramiento del mediodía; el beso de la lluvia … el gris de las cosas a la caída de la tarde y los millones de arrugas del mar al claro de la luna”.

“Era la experiencia de un mundo distinto al de tierra firme”.

Un mundo distinto que lo haría distinto a él. Vueltos a tierra firme, en el reencuentro con los suyos, “el padre se dio cuenta que conocía muy poco a su hijo; lo único que recordó fue un muchacho pálido y descontento que se complacía en dar rabietas a sus papás … Ahora ese joven pescador se le presentaba serio y formal, mirándole con firmeza y serenidad y hablando en tono seguro”. También el padre aprendió algo.

Y supo ver “algo que parecía prometer que el cambio sería duradero y que seguiría siendo él mismo, nuevo”.

Distinto y a la vez igual, como vamos siendo cada uno, cada vez que nos topamos con “un mundo distinto”, tal vez a la vuelta de la esquina.

 

(Zigzag. Traducción de Henriette Morvan)

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