El nervio óptico, de María Gainza

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A partir de

El nervio óptico, de María Gainza

 

Porque como decía Cezanne “lo grandioso acaba por cansar”, María, cuyo “nombre contiene al mar como un llamado”, une a los grandes,

(los une, ya veremos,

  • Pero sabiendo que “al confiar la pintura a una sensación visual Monet tocaba solo la epidermis de las cosas”: no todo está en la impresión bella;
  • Pero aunque Courbet “estudió a Tiziano Zurbarán, Rembrandt y Rubens. De ellos adoptó la técnica pero dejó de lado los valores tradicionales a los que la técnica servía”: no todo está en la técnica;
  • Pero sabiendo que tampoco está en las explicaciones intelectuales de un Rothko: “olvidaba que los elementos más poderosos de una obra con frecuencia son sus silencios”,

-¿dónde entonces está lo grande, cómo no cansarse?-),

une entonces, decíamos, a los grandes, con nuestra sensación: el síndrome Stendhal, esa nerviosidad física que la estremece al ver, por ejemplo, a Dreux.

Pero no, no todos padecemos esa elegante enfermedad.

Lo une entonces, a algo más próximo a nosotros: esas experiencias que cada uno vive y cada grande la representa –si logramos establecer nosotros esa conexión-, como María lo hace: su gusto por Hubert Robert, pintor de las ruinas griegas es lo que comparte con su madre, emblema de “las ruinas del patriciado argentino”. Encuentra al pintor japonés Fujita –sus viajes y persecución de fama y grandeza y su ambición devoradora de su propio talento- en su amiga Alexia que viajó, rozó algo así como la fama, prometió talento en un libro siempre por llegar. Y así.

Pero hay algo más. Ni la elegante enfermedad. Ni la conexión con nuestras pequeñas vivencias cotidianas.

Sino, finalmente, el inevitable encuentro de cualquiera de nosotros, de todos nosotros,  en la sala de espera de una clínica, de un hospital, esperando, enfrentando, temiendo, evitando, retrasando, la muerte; y disputando -¿vanamente en este encuentro de grandes y pequeños en esa sala de espera, establezcamos o no esa conexión?- sobre el Greco, pintor sagrado que une y tensiona “la carne y el espíritu”.

Tensiones -también encuentros-, de lo grande/los grandes/lo sublime con lo pequeño/cotidiano; de la carne con el espíritu; que se resuelven allí donde terminamos todos.

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