El cuento de la criada, de Margaret Atwood

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

 

“Tendréis que perdonarme. Soy una refugiada del pasado y, como otros refugiados, repaso las costumbres y hábitos que abandoné o que me obligaron a abandonar”.

Nada muy exótico. Comprar revistas femeninas. Pertenecer, como su madre, como su amiga Moira, a un movimiento feminista. Trabajar. Poder conversar con alguien. Enamorarse, amar. “Ahora, aquella libertad parece una quimera”. Y lo peor no es solo eso, lo peor es caer en la cuenta de la importancia que tenía aquello, porque antes, con su pareja, Luke, “pensábamos que teníamos problemas. ¿Cómo íbamos a saber que éramos felices?”.

Todo cambió de repente. “Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente, ametrallaron el Congreso y el ejército declaró el estado de excepción”. Y desde entonces, “las mujeres ya no podemos tener nada de nuestra propiedad. Es una nueva ley”. Una crisis de magnitud los había asolado: la tasa de natalidad había caído bajo cero.

Todo cambió de repente. Estaban ellos: Los Ángeles, los Comandantes, los Guardianes, los Ojos. Estaban ellas: Las Esposas, las Hermanas que llamaban Tías, las Marthas, las Criadas, las Econoesposas. Estaban también, las Prostitutas. Y las No Mujeres. Cada una con tareas definidas: las Esposas, eso mismo: ser esposas, y la crianza de las hijas. Las Hermanas, el adoctrinamiento. Las Marthas, las tareas del hogar. Las Criadas, la reproducción. Ya no mujeres teniendo que hacer todo. Menos que menos, someterse al “mercado de la carne”. “Para las generaciones venideras, aseguraba Tía Lydia, todo será más fácil. Las mujeres vivirán juntas y en armonía, formando una sola familia”. Por eso estudiosos posteriores afirmaban que se trataba de una sociedad “patriarcal por la forma, pero matriarcal por el contenido”. Y ella, Defred, en su mente dialogaba con su madre de la que nada sabía: “Mamá, estés donde estés, ¿puedes oírme? Querías una cultura de mujeres. Bien, aquí la tienes. No es lo que pretendías, pero existe”.

¿Existe? Las Criadas eran solo un recipiente. Ella añora cosas simples: “Es tan agradable que alguien me toque, sentirte deseada, desear”.  Peor: “Mi nombre no es Defred, sino otro, un nombre que ahora nadie menciona porque está prohibido”.

Sobre todo: esa cultura fue ideada y dirigida por hombres. El Comandante al que estaba asignada Defred le asegura que lo hicieron todo pensando en la seguridad de todos. Y sobre ellas, para que “de este modo estén protegidas, puedan cumplir con su destino biológico en paz? … Lo único que hemos hecho es devolver las cosas a lo que manda la Naturaleza”. Y le pregunta -¿inocente, cínico, insultante?-: “Ahora dime, ¿qué es lo que pasamos por alto?”.

Defred no duda: “El amor. Enamorarse”. Ya había dicho también: la libertad, esa que tenían y no sabían que la tenían y que eran felices. Y agregaba: “-Me gustaría saber. -¿Saber qué? –Todo lo que hay que saber. Lo que está ocurriendo”.

Y dime –ahora-: ¿qué es lo que estamos pasando por alto, en este momento?

(Salamandra. Traducción de Elsa Mateo Blanco)

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