Flush, de Virginia Woolf

Flush de Virginia Woolf

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Flush, de Virginia Woolf

 

“Universalmente se reconoce a la familia de la que descendía nuestro biografiado como una de las de más rancia estirpe … Sir Philip Sidney atestigua que en la época de la reina Isabel existía una aristocracia entre los canes. «… Los galgos, los spaniels y los sabuesos vienen a ser, entre los perros: los primeros, como lores, los segundos, Caballeros, y los últimos, como terratenientes». Esto escribió Sir Philip en La Arcadia”. Así, tal cual, igualito que entre nosotros.

Nuestro spaniel, Flush, pertenecía a una rica familia, los Mitford, que, de todos modos, no fue tan cuidadosa en eso de no mezclar razas y ser catalogada como mestiza, aunque si acertaban a casarse bien y asegurar la riqueza necesaria para que no los discriminaran por mestizos.

Su ama, Miss Mitford, después de terminar las interminables obligaciones domésticas, salía a lo que más le gustaba, pasear al fresco con sus perros. Los spaniels son comprensivos por naturaleza; y Flush, como lo prueba su biografía, poseía el don —casi excesivo— de captar las emociones humanas”, así que ese momento de Miss Mitford era de gran alegaría para él.

El llamado atávico, más que oír el grito de “¡span!” y salir a la caza del conejo, lo hizo padre joven. Sabemos que “si un hombre se hubiera conducido así en 1842, su biógrafo le hubiese hallado quizás alguna disculpa; de haber sido una mujer, no habría habido disculpa posible y su nombre habría desaparecido, borrado por la ignominia. Pero el código moral de los perros —se le considere mejor o peor— es, desde luego, muy distinto al nuestro, y aquella acción de Flush no necesita encubrirse ahora púdicamente, ni le incapacitó entonces para disfrutar de la compañía de las personas más puras y castas”.

Fue Miss Mitford a visitar a su amiga Miss Barrett, a su casa lujosa en la lujosa calle Wimpole, solo Flush, pudo, después de percibir aquel lujo con sus ojos, percibir con su olfato la decadencia ruinosa que también allí se desplegaba. Pero Miss Barrett lo había dejado allí, tan necesitada de dinero estaba. Y conoció también llevado a Regent’s Park, las diferencias entre perros, los allí admitidos con sus cadenas, los que estaban sueltos, pero alejados en sucios arroyos.

Mucho más aprendió allí, inteligente como era. Entre habitaciones lujosas con fuego en el invierno, protegidos del frio y protegiendo a Miss Barrett de sus dolencias que la obligaban a esta más encerrada que fuera, Flush “la primera lección que aprendió en la escuela-dormitorio, consistió en sacrificar, en controlar los instintos más violentos de su ser”, que lo llamaban a correr afuera entre el sol y la lluvia, el frio y el calor. Tal vez la más dolorosa de las lecciones. Pero era también amor, “Flush le había sacrificado su valor como prueba de estima, como le había sacrificado el sol y el aire”.

Enamorada Miss Barrett, visitada por Mr Browning, recuperada de sus dolencias, se fue distanciando de Flush, “ensimismada en sus propias emociones”. Se distanciaron, se reencontraron, hasta que lo inesperado terrible: se robaron a Flush, se vio encerrado y en tinieblas.

Tal vez ese robo provenía de las mismas espaldas de la calle Wimpole, en el barrio de Saint Giles, donde “ se encontraban unos barracones en ruinas en los cuales vivían unos seres humanos amontonados en una sola habitación que daba al establo, insuficiente éste también para las vacas. «Dos habitantes por cada siete pies cuadrados» … un dormitorio situado encima de un establo, y donde se apiñaban dos o tres familias, teniendo en cuenta además que el establo no tenía ventilación y que a las vacas las ordeñaban, las mataban y se las comían debajo del dormitorio”.

Estaba Miss Barrett dispuesta a pagar las diez libras de rescate. Pero Flush no lo sabía, y atravesaba Flush “los peores momentos de su vida”.

Y en esas terribles circunstancias que vivía, sin saberlo, se vio entre medio de una guerra odiosa. “Wimpole Street estaba decidida a enfrentarse con Whitechapel. El ciego míster Boyd mandó recado de que, a su juicio, sería un «pecado horrible» pagar el rescate. El matrimonio Barrett estaba en contra de su hija y eran capaces de cualquier traición con tal de salvaguardar los intereses de su clase. Pero lo peor de todo —esto sí que era terrible— fue que míster Browning puso todas sus energías, toda su elocuencia, toda su sabiduría y toda su lógica de lado de Wimpole Street y contra Flush. Si miss Barrett cedía ante Taylor, escribió, dejaba libre el campo a la tiranía, cedía a los chantajistas, favorecía con ello el predominio del mal sobre el bien, de la delincuencia sobre la inocencia”. Miss Barrett fue valiente y decidida: por el amor de Flush, enfrentaría a los de su clase.

Lo hizo, fue a aquel barrio siniestro. “Más vio, mientras estuvo en el coche frente a la taberna, que en cinco años de permanencia en el dormitorio trasero de Wimpole Street … estaba viendo «los rostros de aquellos hombres». Habían de ponérsele otra vez ante los ojos de la imaginación cuando estuviera escribiendo, sentada en un soleado balcón de Italia. Le iban a inspirar los trozos más vívidos de Aurora Leigh”. Y por su valentía y decisión, Flush fue liberado, apareció en su casa, tal habían sido sus padecimientos que al verla, anotó Miss Barrett, “«No mostró tanto entusiasmo por verme como yo esperaba». En efecto, sólo le interesaba una cosa en el mundo: agua limpia”.

Huyeron, huyeron de todo eso, a la Italia soleada, sin perros aristócratas. A una nueva vida. Miss Barrett era ahora Mistress Browning, que “no se cansaba nunca de alabar a Italia a expensas de Inglaterra. «… nuestros pobres ingleses», exclamaba, «necesitan que los eduquen en la alegría. Que los refinen al sol, y no al calor de las chimeneas». Aquí, en Italia, se encontraban la libertad, la vida y la alegría que engendra el sol”. Sus dolencias inglesas se transformaron en vitalidad italiana; su aristocrática enfermedad, en democráticos placeres cotidianos; el rigor paterno, en suaves blanduras de adulta autonomía.

Descubrieron algo más, con el amor que unía a la dueña y a su perro, algo sustancial los separaba, más bien, los distinguía (algo que “a la biógrafa” preocupa repetidamente en sus escritos). ¿Qué era? Que en ese nuevo mundo que descubrían “lo que mistress Browning veía, él lo olía; ella escribía; él, en cambio, olfateaba”. Y las palabras, ya sabemos… “Ni una sola de sus innumerables sensaciones se sometió nunca a la deformidad de las palabras”.

Ah! Donde sea que sea, el sol, el mar, la libertad, la vida, la alegría, las sensaciones. ¿Estaban allí para cambiarla y revivirla, o cambiada y revivida –interiormente- fue a su encuentro?

Un comentario en “Flush, de Virginia Woolf

  1. Excelente critica social. Profundo planteo: lo que nos permite una mirada diferente es lo que aparece desde afuera o es lo que tramitamos desde adentro. Ademas, cuantas sensaciones trascienden la palabra pero se manifiestan de a lguna otra forma

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