Viaje al manicomio, de Kate Millett

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Viaje al manicomio, de Kate Millett

 

“Ésta es la crónica de un viaje a ese estado de pesadilla, esa condición social, esa experiencia de destierro y confinamiento que se asocia con la locura. Voy a contar lo que me sucedió a mí, porque contarlo funciona como una especie de exorcismo, una recuperación y reivindicación del yo —la mente— al revivir lo ocurrido”.

Ya había estado una vez confinada, en dos lugares distintos, por solicitud de su hermana mayor: “Con buena intención, ellos siempre van con buena intención. Y siempre ganan; para cuando te encierran estás loca e incapacitada declarada, marcada hasta el punto de tener un historial psiquiátrico, hundida por la encerrona, y cuando llega la depresión, contrita y deshecha, y más que dispuesta a arrastrarte ante los psiquiatras, tomas lo que te dan; la llegada de la depresión sólo demuestra que estabas loca en el momento en que te acorralaron”.

Y allí dentro, por orden de un médico, “a capricho de ese individuo, uno puede verse sometido a electroshocks, psicocirugía, toda clase de fármacos debilitantes, y periodos de encierro de la duración y la dureza que sea, incomunicación o «inmovilización»”.

Le prescribieron medicamentos que tomó por un tiempo, hasta que decidió “apostar por mi cordura”. Y así fue del litio, a, ya con 45 años, la granja, esa comuna de amor entre mujeres. No se trató solamente de una otra política, una utopía, de otro estilo de vida. “Si lograba dejar el litio unos pocos meses sin tener ninguna crisis, podría demostrar lo contrario y establecer mi cordura. Por absurdo e imposible de probar que sea, levantar el fallo en mi contra equivaldría a recuperar mi identidad, absuelta de la acusación siempre presente y probada de mi locura. Por la que pueden obligarme a cumplir condena en cualquier momento. No es una «enfermedad» sino un delito; porque así es como se contempla. El mantenimiento del litio sólo es una pena en suspenso. ¿Y si soy totalmente inocente y he estado cuerda desde el principio?”. Rechazando el diagnóstico/juicio, rechazaba el tratamiento/condena, pero asumiendo la carga de la culpa para mostrar su inocencia.

Terrible paradoja en la que te envuelven “con buena intención”. “Estamos preocupados por ti”, le había dicho para su primer encierro su hermana mayor Sally, al verla envuelta en la defensa del activista negro de Trinidad Michael X mientras estaba envuelta a la vez con su marido Fumio y su amante Sita.

“¿Cómo decidir qué es locura, qué es cordura, qué es el estrés,la ira, el enfado o la confusión?” La historia se repitió en la granja: su amante, Sophie, le dice que cree que debe volver a tomar litio, que está “rara”, que está perdiendo el control de sí misma, poniéndose furiosa. Pero, “lo que hay de sintético que están ingiriendo todos tan obedientes se ha convertido en una forma de control social, porque este asunto psiquiátrico es en sí mismo una forma de control social y lo dirigen en gran medida las instituciones. No sólo los colegios, las empresas y los hospitales, sino, en última instancia, el Estado”. ¿Una forma de control social? Si, al menos, en muchos casos: de los internos del hospital psiquiátrico de Saint Peter ingresaron “a una mujer porque no quería lavar los platos. Eran granjeros. Yo cuidé a esas ancianas a las que habían encerrado. Y vi que se apagaba la luz en sus ojos”

Una forma de control social que vuelve sobrevolando desde siglos atrás, porque “me ha invadido la historia: la Edad Media, las guerras entre familias, las sagas y el calor de una hora de destrucción, fuego y derramamiento de sangre. Esto es el terror. Y yo soy una bruja. Juana debió de sentir lo mismo ante la Inquisición o la noche en que la entregaron a los ingleses. Así es como fue. Eso es lo que sintió. La oscuridad, y no saber en quién confiar”.

Porque hay algo que debe quedar claro: “todo es un fraude, si no en cada caso —he visto a los

locos y yo también los he encontrado locos—, al menos en el mío. Yo nunca he estado loca. No soy maniaco-depresiva. Ése es el diagnóstico que me impuso un psiquiatra al que un buen día me entregó mi hermana”.

Pero no importa, porque al salir, cargarás con “un estigma que llevarás toda tu vida”. Y así, es ahora su hermana menor, su mejor amiga de toda la vida y su amante de la granja la que vuelven a declararla loca y enviarla a otro viaje a otro manicomio. Pero no pudieron, llamaron ambulancias y patrulleros, y mantenerse firme sabiendo que la ley impide el encerramiento forzoso, la salvó. Por ahora.

Cuando viaja a Irlanda, después de todo esto, invitada a una charla del Partido Laborista de Dublín, allí están los orígenes de su familia y está tramitando la doble nacionalidad, decide quedarse ante la inminencia de una revuelta de los presos políticos irlandeses. Tiene aspecto de terrorista y un libro subversivo que le prestaron de dos sacerdotes que denuncian las torturas en las cárceles y por el que la echan del hotel donde paraba. También, “cometí el error de contarle que estaba loca. O que me habían tomado por tal”, a la patrocinadora de la charla. En el aeropuerto que esperaba, la detienen. La trasladan, sin decirle dónde, a un manicomio, “las prisiones para mujeres”. Incomunicada. Sin que nadie lo sepa, excepto quienes desde Estados Unidos hablaron por teléfono con la policía.

Allí, “lo realmente erróneo es la medicación: la medicación como curación, como el método oficial que impera hoy en día, es lo insidioso, el verdadero mal. En general se defiende porque al apaciguar a los internos facilita el trabajo de las enfermeras auxiliares y los celadores. En realidad hace mucho más, actúa en sentido contrario a la cordura; provoca visiones, alucinaciones, paranoia, confusión mental. Nada cuesta más que mantenerse cuerdo contra la arremetida de un fármaco”. Litio, que ahí llaman Pryabil. Thorazine. Prolixin.

Pero no es todo, porque “el mismo manicomio es una insensatez, una anomalía, un cautiverio aterrador, una privación irracional de todas las necesidades humanas; conservar la razón dentro de un lugar así supone una lucha abrumadora. Al cabo de cierto tiempo, muchas víctimas se derrumban y aceptan que están locas; se rinden”. Ella, se refugia en el recuerdo de su amor por Sophie, aunque la haya entregada, porque “amar es de por sí cordura, el resto es

locura”.

Y el resto es todo ese estar allí, cada día, aceptar, resistir pasivamente, adaptarse.

Pero, ¿qué puede una mujer sola contra “la organización que me metió aquí: la policía, la psiquiatría, la familia, la propiedad, la religión, la medicina estatal. La red”? Un red que construye malévolamente “un antimundo, al otro lado del espejo de la razón, su oposición y ahora su reemplazo. Ahora serás examinada y condenada por pruebas de la razón que son en sí mismas irracionales, que serán sopesadas y evaluadas por reglas de la lógica ilógicas. Y seguro que con los fármacos no las pasas. No es de la mente o de la razón de lo que se trata, sino del control”.

Pero no, no una mujer sola “una vieja bruja entre las monjas, toda tu historia de combatiente por la libertad estadounidense acabada, la liberación de la mujer y otras ideas”, a la que había que hacer “acabar aquí, tullida y endeble … aplastadas como celofán bajo la fuerza de esta piedra”.

Por eso está allí. “Respetabilidad, siempre hay que mirar por la respetabilidad. El manicomio es mejor que la cárcel porque no hay que informar; ni siquiera se habla de él. Es un secreto íntimo y vergonzoso que suele guardarse. No puede publicarse en el periódico que han encerrado a alguien en un manicomio; es demasiado triste, demasiado escandaloso; sería un golpe bajo. Mientras que la noticia de la cárcel no sólo añadiría leña al fuego sino que sería cómica, maravillosa”.

Pero la encuentran sus amigas finalmente. Y es escandaloso. Y la liberan.  Y al salir, “¿qué sucederá? Lo contaré, de algún modo lo contaré. Estos lugares me han enseñado compasión, y la realidad de estar en el infierno, en el foso, en mi propia persona”.

Y vuelta a Nueva York. Deprimida visita al médico para que le dé un medicamento. Le dice que es maníaco- depresiva, ahora le llaman trastorno afectivo bipolar. “Pero ¿y si sólo fuera una mujer arruinada y desinflada, censurada por otros e insegura de mi arte? Enfrentada con mis amigos, triste ante la idea de perder a mi amante, asustada de mi futuro sin nada en el banco o la perspectiva de un empleo. Entonces ya no estaría química y fatídicamente abrumada por la enfermedad; sólo deprimida”.

Y esta alternativa no es más tranquilizadora: “Durante la depresión desaparece el mundo. El lenguaje mismo. No hay nada que decir. Nada. Ni comentarios triviales ni anécdotas. Nada puede arriesgarse a ser dicho. Porque la voz interior es suficientemente apremiante en su propio discurso: ¿cómo viviré? ¿Cómo me las arreglaré en el futuro? ¿Por qué debería continuar? No hay nada ante mí, estoy perdiendo facultades, me hago vieja … La pérdida de lenguaje es de suma importancia y representa un gran pesar. El lenguaje en realidad no desaparece sino que viaja hacia dentro y hacia abajo. Marchitándose por el camino, volviéndose repetitivo”. Pero será el trabajo, manual, de redecoración de ambientes, la que le devolverá la alegría.

Pero, ¡ay!, qué importante, triste admisión: “Ya no caigo en la sofistería de que tengo razón y ellos están equivocados: nunca estuve loca, me volvieron loca”.

Por eso, retrocedamos un poco, “¿por qué llamar a esto depresión? ¿Por qué no llamarlo dolor? Has permitido que tu dolor, incluso tu indignación, se convierta en una enfermedad”.

No lo permitas. “Es la integridad de la mente lo que deseo reivindicar, su carácter sagrado e inviolable. No niego en absoluto la desdicha y el estrés de la vida en sí: los sufrimientos de la mente a merced de la emoción, las circunstancias que nos llevan a declararnos la guerra unos a otros, los divorcios y los antagonismos en las relaciones humanas, la multitud de temores, los obstáculos a la confianza, las crisis de decisión y elección. Intentamos sortearlo, buscamos consejo para protegernos, incluso nos exponemos al inevitable desequilibrio de poder inherente en la terapia para combatirlo; todo ello es la materia de la condición humana. Pero

cuando tales circunstancias se convierten en síntomas y se diagnostican como enfermedades, creo que entramos en un terreno muy incierto”.

Dolor digamos entonces, y con dolor te hacen pagar tu dolor. Pero pueden devolver la crónica de un viaje, y transformarlo.

(Seix Barral. Traducción de Aurora Echevarría)

 

 

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