República, X (El Ulises de Platon)

Republica X (el Ulises de Platon)

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República, X (El Ulises de Platon)

 

“No voy a contarte –expliqué- un relato de Alcínoo”, los libros IX a XII de La Odisea de Homero, de los viajes fabulosos de Ulises. No, Sócrates le relata a Glaucón, algo más fabuloso acaso, un “viaje de mil años”, el que hizo Er, hijo de Armenio quien “había muerto en una batalla. Diez días después, cuando recogieron los cadáveres ya corrompidos, lo encontraron intacto y lo llevaron a su casa … resucitó y refirió lo que había visto”.

Que su alma salió de su cuerpo y viajó.

De la tierra llegó a “un lugar maravilloso donde se veían dos aberturas en la tierra, próximas una a la otra, y dos en el cielo, enfrente de aquellas”.

Estaban entre esas aberturas los jueces que pronunciaban sus sentencias. Los justos iban hacia la derecha, los injustos a la izquierda.

Se encontraban allí, además, en ese espacio intermedio entre la tierra y el cielo, las almas que subían de la tierra, en un viaje de mil años, “cubiertas de inmundicia y polvo”, y las almas que descendían del cielo “puras y sin mancha”. Unas y otras se juntaban “como en una asamblea del pueblo en fiesta” e intercambiaban noticias de sus lugares de procedencia.

Había otro grupo, de tiranos, sacrílegos, parricidas, que eran rechazados en los umbrales de las aberturas, destinados al Tártaro.

Aquellas almas así reunidas, después de unos días se ponen en marcha hacia un lugar de luz donde está suspendido el huso de la Necesidad, y con ella sus hijas las Moiras: Láquesis que canta las cosas pasadas, Cloto que canta las presentes, y Atropo las futuras.

Ante ellas se presentan todas: “almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera de índole perecedera y entrar de nuevo en un cuerpo mortal”. Cada alma escogerá en cuál y así “cada cual es responsable de su elección. ¡La Divinidad no es responsable!”. Láquesis entonces, “colocó en el suelo, delante de ellos, los modelos de vidas en número muy superior al de los presentes. La variedad era infinita”.

Terrible momento. Terrible decisión. “Según parece, querido Glaucón, aquel es el momento crítico para el hombre” (y, para Sócrates, debemos saber “discernir entre la vida dichosa y la miserable”).

Y es el momento que cierra los viajes del heroico Ulises, la saga que comenzó Homero y con él creíamos terminada, aunque no, nos encontramos que después del Ulises mortal seguimos brevemente los pasos del alma de Ulises.

Le tocaba a ésta elegir en qué cuerpo mortal entrar de nuevo.

¿Qué elegiría el héroe que había logrado la anhelada vuelta a casa y consumar la anhelada venganza junto a su hijo Telémaco? ¿Qué elegiría el vencedor en desafíos imposibles?

“Habiendo renunciado a toda ambición, en recuerdo de sus antiguos sinsabores, anduvo buscando por largo rato la vida tranquila de un simple particular, hasta que dio con ella en un rincón, desdeñada por los demás y entonces la escogió alegremente”.

Pero, ¿qué hay, Ulises? ¿renuncia a la ambición? ¿imposibilidad de regresar a casa? ¿de cumplir los anhelos? ¿O se trata, y entonces hay las infinitas posibilidades, de que somos “almas pasajeras”?

(Eudeba. Traducción directa del griego por Antonio Camarero)

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