Infierno XXVI (El Ulises de Dante)

Infierno XXVI (Ulises de Dante)

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Infierno XXVI (El Ulises de Dante)

 

Están aquí, en el Círculo octavo, octavo anillo, donde están quienes ‘hicieron daño al prójimo mediante astuto y fraudulento consejo’. ¿El suplicio? En este octavo anillo ‘brillan multitudes de lenguas de fuego, en cada una de las cuales se encierra un pecador’.

Están allí Diomedes y Ulises y “la pena en ellos es, cual fue la ira”. Tanta es su pena, como tanta fue su ira.

¿Qué purgan? “la inhumana astucia del caballo”, así como “el ardid por el que … el ara de Paladio al fraude abierta”. Purga la astucia del regalo del caballo de madera, para introducirse en Troya. Purga el ardid del regalo a la ciudad para sortear la protección de la estatua de Atenea en su entrada.

Sin embargo, la curiosidad de Dante y de Virgilio no es por el suplicio o el pecado. No es por el fraude y por la astucia, por lo que allí se encuentra Ulises condenado.

Lo interrogan por otra cosa: “dónde acabó, por su querer muriendo”. Lo interrogan por su muerte. Tal vez por haber buscado su muerte.

Y entonces Ulises narra a Dante y Virgilio ‘la historia de sus infelices navegaciones’.

Pero ¿por dónde comienza? No por el principio.

Comienza por antes aún del principio del viaje que lo llevará a su muerte, por la causa, por los motivos que lo llevaron a iniciarlo, y que culminaría en el castigo:

 

“Cuando

de Circe me libré, que me guardara

por más de un año allá junto a Gaeta …

 

ni el halago que a un hijo me sujeta,

ni amor del padre anciano, ni el ardiente

debido a mi Penélope discreta,

 

nada el ansia vencer pudo en mi mente

de recorrer el mundo y verme experto

en leyes y usos de la humana gente”

 

Y en pos de ello es que llegaron al estrecho que era “límite impuesto al nauta y a sus lides”, y lo atravesaron “en pos del sol, de la región sin gente”, pues

 

“Considerad vuestra inmortal esencia:

no a vegetal cual brutos fuisteis hechos,

más a ganar virtud y honor y ciencia”

 

Y emprendieron “el fatal trabajo”, avanzando más allá del límite admitido. Y “gozo al principio fue, más luego llanto” el bajel destruido y todos muertos.

No se trata de la astucia y el fraude, que Dante condena confinándolo al octavo círculo.

Dejando hablar a Ulises con sus propias palabras, encontramos que se trata de esa indiferencia del noble Ulises por sus afectos: hijo, anciano padre, ardiente esposa, ante la ambición de verse experto recorriendo mundo, y considerarse de “inmortal esencia”.

Es el Ulises de Dante el de la indiferencia a los afectos atraído en cambio por el atrevimiento de desafiar a los dioses, quienes, con o sin astucia y fraude, nunca podrán perdonar.

(Edaf. Traducción del Conde de Cheste)

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