Lo recuerdos del porvenir, de Elena Garro

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Lo recuerdos del porvenir, de Elena Garro

Y llegó a Ixtepec el general Francisco Roas a poner orden. “Era alto y violento. Su mirada amarilla acusaba a los tigres que lo habitaban”.

Trajo el miedo. Por su culpa se habían ido los zapatistas. Fuera con las presidencias de Obregon, o de Calles, o de  Por su culpa se perseguiría a los cristeros. Eran los suyos “hombres taciturnos que surtían a los árboles de ahorcados”.

¿A quiénes colgaban? “Están ahí por pobres”, decía la vieja y piadosa Dorotea. Generales ateos, revolucionarios, de un lado, y del otro lado porfiristas católicos, se habían unido para terminar con los indios, para terminar con el reparto de la tierra, para terminar con los agraristas, con los campesinos.

Pero también a los comunes del pueblo, a los de Ixtepec que habían invadido, que se habían hecho cristeros o no, pero entre ello se protegían de la violencia militar. ¿Quiénes eran? Eran la viuda Elvira Montufar, una mujer que es una denuncia por cada mujer, con su “malestar de los años pasados junto a su marido. En ese tiempo oscuro, la viuda se había olvidado hasta de su propia imagen. ‘¡Qué curioso no sé qué cara tenía de casada!’ … La única memoria que tenia de esos años era que no tenía ninguna … Cuando se casó, Justino acaparó las palabras y los espejos y ella atravesó unos años silenciosos y borrados en los que se movía como una ciega”. Eran el loco lindo de Juan Cariño que andaba de levita, banda presidencial y se hacía llamar presidente, y que recorría las calles para atrapar las palabras peligrosas y encerrarlas en el diccionario, para que no hicieran ningún daño. Pero junto a todos ellos, también a las queridas de los oficiales, que habían llegado como tales secuestradas y secuestradas las mantenían sometidas.

“Por su culpa mi tiempo estaba inmóvil”; “el tiempo de los fusilamientos”; “el tiempo quieto” con su “multiplicación de horrores” con “la suerte de sangre que pesaba sobre nosotros”.

¿Y qué es este tiempo quieto? Es “la desdicha (que) como el dolor físico iguala los minutos. Los días se convierten en el mismo día, los actos en el mismo acto y las personas en un solo personaje inútil. El mundo pierde su variedad, la luz se aniquila y los milagros quedan abolidos … El porvenir era la repetición del pasado … Como en las tragedias, vivíamos dentro de un tiempo quieto … Habíamos abolido el tiempo”.

Y la tragedia de Ixtepec sería de la de Julia la querida del general Francisco Rosas, obligada a ser su querida; la del general Francisco Rosas, sabiendo que nunca llegaría a su querida; la de los Moncada, unos, Juan el más joven de los hermanos, muertos contra su voluntad por aquellas fieras de uniforme; otros, Nicolás el hermano más grande, muertos por su voluntad en manos de aquellos ocupantes armados; otros entregados, ¡ay Isabel, la hermana tan querida! a sus brazos; otros enloquecidos, los padres, don Martín y doña Ana.

Tal vez la tragedia del castigo de la enloquecida violencia. Tal vez, la tragedia de la ilusión de Nicolás, Isabel y Juan de poder irse de Ixtepec, de creer que tanta violencia era irreal y había otra realidad más allá, más real, pero quedar allí atrapados. Tal vez la tragedia de comprobar así, la inmovilidad del tiempo, la repetición fatídica del tiempo, la imposibilidad del porvenir.

La tragedia del castigo, la tragedia de la ilusión, la tragedia de la repetición.

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