Hécuba, de Eurípides

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Hécuba, de Eurípides

Tras la guerra de Troya, su antigua reina Hécuba, esposa del rey Priamo, madre de Polidoro y de Polixena, ahora esclava de los griegos vencedores, sufrirá nuevos y mayores males.

Todos ellos venidos en la estela de la terrible derrota. “¡Mi ciudad sin dicha!”.

Polixena es reclamada para ser inmolada en la tumba de Aquiles. Polidoro había sido enviado de niño durante la guerra con Polimestor con oro para solventar gastos para su protección, pero ahora derrotada Troya, le da muerte este protector para quedarse con su oro. “Madre desolada”.

Rogó Hécuba por su hija: “¡No abusen los poderosos que tienen el mando al regir en lo que es inoportuno, ni creer que ahora que son dichosos han de vivir en dicha siempre!”. Pero nada conmueve la decisión griega. Además, la misma Polixena rechaza todo ruego, vivir como esclava es “estar agobiada de oprobios”: “¡No, y mil veces no! Tengo que ser libre, aún a costa de la muerte: ¡en el Hades no hay esclavitudes!”.

Llora Hécuba: “un mal en pos de otro, infortunio tras infortunio”.

Pide la ayuda del héroe griego Agamemnon que se compadece de ella, pero su ejército aliado de Polmestor, enemigo de los troyanos, no lo permitiría, arrancando nuevas verdades doloridas de Hécuba: “¡No hay en los hombres nadie que sea libre! Esclavos son de los bienes del mundo, o de la suerte. La mayoría de los ciudadanos, las leyes escritas se les imponen. Nadie puede obrar por sus propias convicciones”.

Pero al menos, no impedirá la venganza de Hécuba, aunque duda pueda lograrla: en hembras no fío”. No amedrenta esta sentencia a Hécuba: “¡Aja! ¡No mujeres fueron las que vencieron a los hijo de Egipto? ¿No en Lemnos acabaron con los varones?” Y así fue, y Polmestor se lamenta al ser cegado con la espada de las mujeres: “¡Ay de mi, por una mujer, y esclava, vencido!”.

La venganza de mujer. Rectifica la injusticia.

Pero no olvida que de reina a esclava vino. “¡… A qué abismo llegamos despojados de la antigua gloria! ¿Y así haríamos alarde, los unos de riquezas; de prestancia los otros? ¡Todo eso es nada! ¡Ficciones de la mente; jactancia de la boca! ¡Solo es dichoso aquel que puede un día tras otro evadir la desgracia!”.

Y con eso, esta ley tan temible: “¿Nada hay firme en este mundo! … la dicha que vemos ante nosotros es puramente anuncio de los males que la siguen”.

¿Ley? La justa venganza puede torcerla. Acaso más bien: la acción justa: “acciones malas obraste: tremendos castigos recibes”, y entonces, poder saber que “se van alzando los vientos favorables que nos han de llevar a nuestros hogares. ¡Ah, tornar a la patria, ver libres ya de penas, los felices aposentos de nuestra mansión!”.

Una ley temible parece regir. Acaso, que así sea, pueda ser torcida, y saber que se podrán alzar vientos favorables.

 (Editorial Porrúa. Versión directa del griego con una Introducción de Angel Ma. Garibay K.)

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