Diálogos. Escribir. Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa

Diálogos. Escribir. Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

Podemos recorrer su orden. La vocación. El origen de los temas. La forma. El estilo. La técnica, con su desglose: el narrador, el espacio, el tiempo, el nivel de la realidad. Los procedimientos y recursos técnicos, también con su desglose: la muda y los saltos cualitativos, la caja china o muecas rusas, el dato escondido.

O podemos quedarnos con lo “misterioso”. ¿De dónde sale la vocación del escritor? No es ni destino fatídico, a la manera romántica, ni decisión sartreana. Es “una disposición” que viene de la infancia al fantasear. Al imaginar. Personas, situaciones, anécdotas, mundos diferentes. Esa propensión que descansa – insistamos- en la imaginación: “esa propensión a apartarse del mundo real, de la vida verdadera, en alas de la imaginación”. Disposición que necesita saltar el “abismo” que lleva a la literatura.

Imaginación que es rebeldía. “Estoy convencido de que quien se abandona a la elucubración de vidas distintas a aquella que vive en la realidad manifiesta de esta indirecta manera su rechazo y crítica de la

vida tal como es, del mundo real, y su deseo de sustituirlos por aquellos que fabrica con su imaginación y sus deseos”.

Sí se requiere “disciplina y perseverancia”. Pero su hálito de vida, de nuevo, es la imaginación.

Y ella, tiene como fermento nuestros demonios (fantasmas obsesiones). “Difícil que se llegue a ser un creador –un transformador de la realidad- si no se escribe alentado desde el propio ser por aquellos fantasmas (demonios) que han hecho de nosotros, los novelistas, objetores esenciales y reconstructores de la vida en las ficciones que inventamos”.

Y por esto, aunque esencial, distintiva “el gran triunfo de la técnica novelesca”, se reduce a “alcanzar la invisibilidad ser tan eficaz en la construcción de la historia a la que ha dotado de color, dramatismo, sutileza, belleza, sugestión, que ya ningún lector se percate siquiera de su existencia, pues, ganado por el hechizo de aquella artesanía no tiene la sensación de estar leyendo, sino viviendo una ficción”.

Hechizarnos. Hacernos creer que vivimos otra vida.

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