El asco, de Horacio Castellanos Moya

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El asco, de Horacio Castellanos Moya

Tras 18 años en Montreal, Edgardo Vega tuvo que volver a San Salvador por la muerte de su madre. No quería, no, de ninguna manera, tener que volver a “este horrible país”. Es que, “no me fui como exiliado, ni buscando mejores condiciones económicas, me fui porque nunca acepté la broma macabra del destino que me hizo nacer en estas tierras”. Es que “este país es una alucinación, sólo existe por sus crímenes”.

Allí, donde todo, todo, es un asco. Un asco total, que detalla a su único amigo con el que se reencuentra, Moya.

Son un asco sus compañeros del colegio de los hermanos maristas, “esos gordos homosexuales”, una escuela abyecta “para la sumisión del espíritu”

Son un asco las gentes que aquí viven, “una raza podrida, la guerra trastornó todo … gente cuyo máximo ideal es ser sargento … todos quisieran ser militares … para poder matar con toda impunidad, todos traen las ganas de matar en la mirada, en la manera de caminar, en la forma  en que hablan, todos quisieran ser militares para poder matar, eso significa ser salvadoreño, Moya”. Y la plata, lo otro que les importa únicamente. Y ser administradores de empresa.

Y son un asco las universidades, que ni enseñan Historia ni Literatura, apenas Administración de empresas.

Y los políticos para quienes “los cien mil muertos apenas fueron un recurso macabro para que se repartieran un paquete de excrementos”. Y los votantes, que hicieron el político más popular al que mató al arzobispo.

Y su hermano y su familia, un energúmeno al que solo le interesa su negocio y el futbol, y el “ir a joder en la noche”; sus hijos solo frente al televisor todo el día; su señora, solo interesada en las páginas de sociales de los diarios.

Y los diarios, apenas rejunte de promociones. Y el transporte público, que transporta como ganado a la gente. Y los médicos, que siempre recomiendan una operación para enriquecerse. Y los lugares de pase. Y las comidas típicas como las pupusas. Y el arte, en se país que es emblema de la “degradación del gusto”. Y la literatura con sus “escritores regulares, medianos” en medio de una cultura ágrafa, donde nadie lee. Y los “desmovilizados” siempre prestos a lanzarle una granada a cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento. Y el “pasar del terror de la guerra al terror de la delincuencia”.

Acaso, más que este asco irrefrenable, total, que le produce su país, se trate de aquella duda, mezclada con reproche, constante, que le hace a Moya: “no entiendo qué hacés vos aquí, Moya, esas es una de las curiosidades que más me inquietan”.

Acaso, en esa duda y ese reproche, su decepción: “Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, para creer que se puede cambiar algo en este país”.

Acaso, el proclamado asco esconda la decepción, más difícil de proclamar, de sostener, de aceptar.

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