Prometeo liberado (el Prometeo de Percy Bysshe Shelley)

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Prometeo liberado (el Prometeo de Percy Bysshe Shelley)

Es el Todopoderoso, Júpiter, un “rey cruel”, porque en respuesta a “los ritos, oraciones, alabanzas y esfuerzos de los hombres, al sacrificio de sus almas partidas”, solo da “miedo, desprecio y vana esperanza”.

Es Prometeo, Júpiter, “tu enemigo”, que, con angustia, resiste “tu inútil venganza”: haberlo encadenado. Inútil porque Prometeo conoce el secreto, aquel “capaz de transferir el cetro de los Cielos”.

Todopoderoso entonces Júpiter, sí, pero “el miedo a que esto ocurra atormenta al Supremo”.

Resistente Prometeo, sí, barrera al triunfo tirano del rey cruel, pero, “¿te jactas del saber que has inculcado al hombre? En él se ha despertado una sed que rebasa esas aguas efímeras, sed de una fiebre ardiente, de esperanza, amor, duda, deseo que lo consumen”.

Lo consumen: “los iguales se asesinan”, los que quieren salvar a otros “aumentan mil veces su dolor y el de todos los hombres”.

¿No hay esperanzas? Júpiter lo atormenta, Prometeo otorgándole el conocimiento lo condena a esa sed insaciable.

Después de estos esfuerzos derrotados de los hombres por “Libertad, Esperanza, Muerte, Triunfo”, “un sonido volaba en las almas … el sonido era el Alma del Amor”.

¿Será el Amor o será la voluntad de resistencia para “ser lo que hace mi destino que sea, el salvador y el amparo del hombre que sufre”?

Pero, ¿alcanza esa voluntad? ¿Qué extraña clase de dios es este Titán encadenado?

En el origen, todo era “Luz y Amor”.

Después, Saturno, negó a los primeros seres “el innato derecho de su esencia, el poder, el saber, el control sobre los elementos, la razón que ilumina este oscuro universo, la propia potestad, la gloria del amor”.

Después, entonces, Prometeo dio a Júpiter “la fuerza del saber y el dominio sobre el enorme cielo”, a cambio de que “el hombre sea libre”.

Pero después, Júpiter reino y trajo a los hombres el hambre, el dolor, los padecimientos.

Después, entonces, “Prometeo vio esto y despertó”: legiones de esperanzas dormidas; y les dio domeñar el fuego; domar el hierro; “la palabra, que creó el pensamiento como única medida del universo” (aunque “la Ciencia sacudió los tronos de la tierra y el cielo sin hundirlos”); la música que eleva el alma; la escultura; la medicina; la astronomía; el dominio del mar; el encuentro entre los pueblos; las ciudades. “Así son los consuelos que Prometeo otorgó al hombre”, y “por los que, encadenado, sufre un atroz destino”.

¿Un dios que da, pero no tiene; que da y no basta porque resulta todo en su contrario? Da el consuelo a los hombres y sufren, da el poder a Júpiter y teme. Da el poder, y no lo tiene: está encadenado. Solo la hora señalada, “el espíritu de la hora” llegará y destronará a Júpiter y liberará a Prometeo y vendrán otros tiempos, con “todo lo que alivia y mejora la vida humana, libre”.

No es el Prometeo de Platón, la sola condición de posibilidad de vivir, que no basta. No es el Prometeo de Robert Graves que rivaliza, desafía, se venga, da pero no toma. Es el Prometeo que da todo sin tener nada, terminando todo en su contrario. Prometeo, tener todo y nunca alcanzar nada.

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