Patrimonio (una historia verdadera), de Philip Roth

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Patrimonio (una historia verdadera), de Philip Roth

Cuando Philip Roth se enteró y tuvo que comunicar a su padre Herman que a sus 86 años un tumor crecía en su cabeza, consultaron a distintos médicos qué hacer. Hubo miedo, desconcierto, reencuentros, atribuciones de ideas, temores y deseos.

Tuvo Herman días de furia: “quizá estuviera furioso por las preguntas que no llegó a hacerle al doctor Benjamin, ni al doctor Meyerson, ni a mí, su hijo, el escritor sabiendo que ninguno de nosotros, a pesar de nuestros años de estudio, de nuestros títulos de lo bien que nos expresábamos y de las palabras tan bonitas que utilizábamos, iba a encontrar más sentido que él a todo aquello. ¿Por qué tenemos que morir?”.

No había respuesta.

Pero sí había un viaje por el tiempo de Herman, contando una y otra vez innumerables historias de su niñez de niño judío hijo de migrantes recién llegados a Estados Unidos, de su barrio, de sus trabajos, de su mujer, de su familia, con “aquella saga de vueltas y revueltas, el modo que el destino en la Tierra de una familia de emigrantes como otra cualquiera seguía teniéndolo fascinado, en el octogésimo octavo año de su vida … Era su Deuteronomio, la historia de su Israel … su texto sagrado”.

Y sí había el salir a la superficie de una verdad sencilla, después de bañarlo cuando ya no podía Herman hacerlo solo. Esa verdad sencilla que le decía que “podría aducírseme que no es gran cosa, en un hijo, proteger con ternura a su padre cuando éste ya ha perdido todo su poder y está casi destruido (pero) Mi padre no era un padre cualquiera, era el padre, con todo lo detestable y todo lo digno de amar que hay siempre en un padre”.

Y sí hubo, sobre todo, y más allá de las humillaciones morales, los dolores físicos, las pequeñas pasadas de cuenta, los miedos, esa emoción acaso siempre tardía: “Voy a sentirme muy raro y muy solo sin él … No era que no hubiese comprendido que el contacto con él era intrincado y profundo: lo que hasta entonces no había comprendido era todo el alcance de su profundidad”.

Y algo más, ese encuentro silencioso, esa convergencia, esa desviación apenas en la continuidad entre padres e hijos. Para Herman, “no hay que olvidar nada. Ese es el lema de su escudo de armas. Estar vivo, para él, es estar hecho de recuerdos. Para él, quien no está hecho de recuerdos, no esté hecho de nada”. Y entonces Philip, acompañando su deterioro, se propone “recordarlo todo con precisión, para poder recrear en mi mente el padre que me creó, cuando él ya no esté. No hay que olvidar nada”.

(Seix Barral. Traducción del inglés por Ramón Buenaventura)

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