Prometeo mal encadenado (el Prometeo de André Gide)

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Prometeo mal encadenado (el Prometeo de André Gide)

Cuando Prometeo descendió de las altas montañas, lo hizo en un bulevar de Paris con un restaurante particular. Su mesero servía malas comidas para disponer a que la gente allí reunida solo conversara. Pasaba la gente por allí y “lo que buscan es su personalidad”, le explicó el mesero, por eso quería ayudar en esa búsqueda.

Y lo hacía porque creía en la importancia de “una acción completamente gratuita … un acto que no está motivado por nada. Interés, pasión, nada. Un acto desinteresado; nacido de sí mismo; un acto también sin finalidad; es decir, sin dueño; un acto libre; un Acto autóctono”.

Sienta a Prometeo con Cocles y Damocles. Cuentan su extraña historia. Pero Prometeo “no sabría que decir. Cada uno tiene su historia; yo no tengo ninguna”, les dice. Le insisten que algo ha de tener. ¡Ah, sí! Un águila.

Un águila que, fea y flaca, al comerle el hígado a Prometeo se va volviendo bella y fuerte.

Se decide Prometeo a hablar. En una conferencia: “Prometeo liberado hablará de su águila”.

Comienza de modo sencillo y sentencioso: “Primer tema: se debe poseer un águila. Segundo tema: todos tenemos una, por cierto”.

Y, se preguntarán, ¿por qué poseer un águila? Porque “no tengo amor por los hombres, solo por aquello que los devora”.

¿Y qué devora a los hombres? “Habiendo creado al hombre a mi imagen y semejanza, ahora entiendo que en cada hombre hubiese algo sin romper su cascarón; había un huevo de águila en cada uno de ellos … hice que rompiera su cascarón la devoradora creencia en el progreso … la enferma esperanza de algo mejor. La creencia en el progreso creó su propia águila. Nuestra águila, señores, es nuestra razón de ser. La felicidad del hombre iba disminuyendo y disminuyendo, lo que acabó por darme lo mismo: el águila había nacido”.

No solamente esa desesperanzada creencia. Lo que sea: una pena, una obsesión, una búsqueda.

Lo importante es que “deben amar su águila”. Sepámoslo, como le dijo Prometeo a Cocles y Damocles, que “el secreto de sus vidas está en el compromiso” con su propia águila, aquello que te devora, lo que sea; librado cada persona a su propia águila.

No es el Prometeo de Platón, la sola condición de posibilidad de vivir, que no basta. No es el Prometeo de Robert Graves que rivaliza, desafía, se venga, da pero no toma. No es el Prometeo de Percy Bysshe Shelley que da todo sin tener nada, terminando todo en su contrario. No es el Prometeo de Esquilo que, aun sabiéndolo necesario, no destrona al tirano. No es el Prometeo de Mary Shelley que, usando ambiciosamente la razón apartándose de su naturaleza apacible, crea monstruos. Es el Prometeo que se enfrenta solo a sus propios demonios. Prometeo, tener todo y nunca alcanzar nada.

Ya no la búsqueda de una ciudad con moral y justicia de Platón. Ya no un desafío a la tiranía de Esquilo. Ya no la impotente rivalidad con el poder de Robert Graves. Ya no la decepción de las luchas de los iguales por igualdad y libertad de Percy Bysshe Shelley. Ya no las desesperanza de las promesas de la razón de Mary Shelley.  Todas acciones, aunque derrotadas, de una vida otra para todos. Ahora, la aceptación de los demonios de cada cual, solos, librados frente a lo que nos devore a cada cual.

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