Píldoras de la crítica. La lectura es creación dirigida. Jean Paul Sartre

Píldoras de la crítica. La lectura es creación dirigida. Jean Paul Sartre

(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)

“El acto creador no es más que un momento incompleto y abstracto de la producción de una obra; si el autor fuera el único hombre existente, por mucho que escribiera, jamás su obra vería la luz como objeto; no habría más remedio que dejar la pluma o desesperarse. Pero la operación de escribir supone la de leer como su correlativo dialéctico y estos dos actos conexos necesitan dos agentes distintos. Lo que hará surgir ese objeto concreto e imaginario, que es la obra del espíritu, será el esfuerzo conjugado del autor y del lector. Sólo hay arte por y para los demás.

La lectura, en efecto, parece la síntesis de la percepción y la creación; plantea a la vez la esencialidad del sujeto y la del objeto; el objeto es esencial porque es rigurosamente trascendente, impone sus estructuras propias y reclama que se le espere y se le observe; pero el sujeto es esencial también porque es necesario no sólo para revelar el objeto -es decir, para que haya un objeto- sino más bien para hacer que este objeto sea absolutamente -es decir, sea producido-. En pocas palabras. el lector tiene conciencia de revelar y crear a la vez, de revelar creando, de crear por revelación. No se debe creer, en efecto, que la lectura sea una operación mecánica. y esté impresionada por los signos como una placa fotográfica suele estarlo por la luz. Si el lector está distraído o cansado, si es tonto o aturdido, la mayoría de las relaciones se le escaparán y no logrará que el objeto «prenda», en el sentido en que se dice que el fuego «prende» o «no prende»; sacará de las sombras frases que parecerán surgir al azar. Si el lector está en las mejores condiciones posibles, proyectará más allá de las palabras una forma sintética de la que cada frase no será más que una función parcial: el «tema», el «asunto» o el «sentido». De este modo, desde el principio, el sentido ya no está contenido en las palabras, puesto que es el sentido, por el contrario, lo que permite comprender el significado de cada una de ellas. Y el objeto literario, aunque se realice a través del lenguaje, no se halla jamás en el lenguaje; es, al contrario, por naturaleza, silencio e impugnación de la palabra. Así, las cien mil palabras de un libro pueden ser leídas una a una sin que surja el sentido de la obra; el sentido no es la suma de las palabras, sino la totalidad orgánica de las mismas. Nada se consigue si el lector no se pone de rondón y casi sin guía a la altura de este silencio. Si no lo inventa, en suma, y si, a continuación, no coloca y mantiene en él las palabras y frases que evoca. Y, si se me dice que valdría más llamar a esto una reinvención o un descubrimiento, responderé que, ante todo, una reinvención semejante sería un acto tan nuevo y tan original como la invención primera. Y, sobre todo, cuando un objeto no ha existido nunca antes, no cabe hablar ni de reinventarlo ni de descubrirlo. Porque el silencio de que hablo es, en efecto, la finalidad perseguida por el autor o, por lo menos, el silencio que éste nunca ha conocido; el silencio del autor es subjetivo y anterior al lenguaje, es la ausencia de palabras, el silencio indiferenciado y vivido de la inspiración que la palabra va a particularizar después, mientras que el silencio producido por el lector es un objeto. Y en el interior mismo de este objeto hay aún otro silencio: lo que el autor no dice. Se trata de intenciones tan particulares que no podrían tener sentido fuera del objeto que la lectura pone de manifiesto: sin embargo, son estas intenciones las que procuran densidad y aspecto singular al objeto. No basta decir que no han sido expresadas: son precisamente lo inexpresable. Y, por ello, no cabe encontrarlas en ningún momento definido de la lectura; están en todas partes y en ninguna: la cualidad de maravilloso de Grand Meaulnes, el babilonismo de Armance, el grado de realismo y de verdad de la mitología de Kafka… He aquí cosas que nunca se dan; es necesario que el lector lo invente todo en un perpetuo adelantamiento a la cosa escrita. Sin duda, el autor le guía; los jalones que ha colocado están separados y hay que llegar hasta ellos e ir más allá. En resumen, la lectura es creación dirigida. Por una parte, en efecto, el objeto literario no tiene otra sustancia que la subjetividad del lector; la espera de Raskolnikov, es mi espera, una espera que yo le presto; sin esta impaciencia del lector, no quedarían más que signos languidecientes; el odio del personaje contra el juez de instrucción que le interroga es mi odio, requerido, captado por los signos, y el mismo juez de instrucción no existiría sin el odio que le tengo a través de Raskolnikov. Es ese odio lo que le anima, lo que constituye su carne. Pero, por otra parte, las palabras están ahí como trampas para suscitar nuestros sentimientos y reflejarlos sobre nosotros; cada palabra es un camino de trascendencia, fundamenta nuestros afectos, los nombra, los atribuye a un personaje imaginario que se encarga de vivirlos por nosotros y que no tiene otra sustancia que esas pasiones prestadas; les proporciona objetos, perspectivas, un horizonte. Así, para el lector, todo está por hacer y todo está hecho; la obra existe únicamente en el nivel exacto de sus capacidades; mientras lee y crea, sabe que podrá siempre ir más lejos en su lectura, crear más profundamente, y, de este modo, la obra le parece inagotable y opaca como las cosas …

Ya que la creación no puede realizarse sin la lectura, ya que el artista debe confiar a otro el cuidado de terminar lo comenzado, ya que un autor puede percibirse esencial a su obra únicamente a través de la conciencia del lector, toda obra literaria es un llamamiento. Escribir es pedir al lector que haga pasar a la existencia objetiva la revelación que yo he emprendido por medio del lenguaje. Y si se pregunta a qué hace llamamiento el escritor, la respuesta es sencilla. Como no se encuentra nunca en el libro la razón suficiente para que el objeto estético se manifieste, sino solamente requerimientos para que el mismo sea producido, y como tampoco hay motivo bastante en el espíritu del autor y su subjetividad, de la que no puede salir, no puede explicar el paso a la objetividad, la aparición de una obra de arte es un acontecimiento nuevo que no podrá explicarse con los datos anteriores. Y ya que esta creación dirigida es un comienzo absoluto, ha de ser realizada por la libertad del lector en lo que esta libertad tiene de más puro. Así, el escritor recurre a la libertad del lector para que ella colabore en la producción de la obra”.

Jean Paul Sarte. ¿Por qué escribir?, en ¿Qué es la literatura?

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