Dos años de vacaciones, de Julio Verne

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Dos años de vacaciones, de Julio Verne

No imaginaron los quince niños del exclusivo colegio Chairman de Auckland, Nueva Zelanda, que embarcaron en el yate Sloughi un 14 de febrero 1860, que, solos, sin sus marineros, el barco se desprendería de su amarra, que fuertes vientos se levantarían, que una tormenta los azotaría y que terminarían encallando en una isla lejana y desierta.

Y no imaginamos nosotros, cuando, dos años después, conocimos sus aventuras por las conferencias que compartieron al volver y por la publicación del Diario de aquellos dos años, que esos niños y muchachos de entre 8 y 14 años pudieran afrontar las exigencias que tan inesperados hechos suscitaron.

Exploraron la isla. Inventariaron lo que les serviría del yate encallado. Descubrieron la choza que un náufrago francés que cincuenta y siete años antes construyó allí mismo. Aseguraron su alimentación. Atraparon animales y construyeron un corral para domesticarlos, a un avestruz, para hacerla su cabalgadura. Organizaron un plan de estudios con los libros del yate. Organizaron su funcionamiento, eligiendo un jefe por un período de un año, reelegible, “después de la vida material había que pensar en la vida moral”. Con un mapa intentaron identificar en qué isla estaban y concluyeron sería la Isla de Pascua, o Juan Fernández o Chiloé, en los linderos de Chile. Bautizaron su isla y sus accidentes: Bahía de Sloughi, Cueva del Francés, río Zelanda, Lago de la Familia, al acantilado Montaña de Auckland, el cabo del Falso Mar. Y a la isla, Isla de Chairman. “Aquellos muchachos ya no eran náufragos del Sloughi, sino los colonos de la isla”.

Un mal día, descubrieron por la noche una chalupa y dos náufragos, se apartaron con precaución a esperar la luz del día. Al amanecer, ya no estaban. Y no eran dos. Eran ocho villanos que se habían amotinado del velero americano Severn que había partido de San Francisco. Fueron, por supuesto, atacados al ser descubiertos. Fueron, contra todo pronóstico, vencedores en la contienda, pudiendo más tarde volver a su patria.

“Y como conclusión moral”, ¿por qué no, si todas nuestras lecturas las tienen así explícitas o tácitas, complejas o simples, coincidentes con las nuestras como lectores o no?, “sépanlo todos los niños: con orden, celo, y valor no hay situaciones, por peligrosas que sean de que no pueda uno salir con bien”.

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