La vida pública y la vida secreta del poeta: Violet y “Robert Frost” en las narraciones de Joyce Carol Oates

La vida pública y la vida secreta del poeta: Violet y “Robert Frost” en las narraciones de Joyce Carol Oates

En ‘El cazador” de Mágico, sombrío, impenetrable de Joyce Carol Oates, Violet, la joven poeta, se cuestiona casi constantemente la relación entre su vida pública y su vida secreta como poeta.

En ‘Mágico, sombrío, impenetrable’, del mismo volumen, el gran poeta americano “Robert Frost”, evade, oculta, rechaza, la vida secreta que pudiera negar, descubrir, desnudar al “sencillo bardo de Nueva Inglaterra”, y que la joven poeta Evangeline Fife se empeña, con ferocidad, en ponerle de frente, en ponerlo delante de su propio espejo.

Son cuentos. Ficciones. La segunda, más precisamente, “una obra narrativa basada en investigaciones histórica”, y, como obra narrativa, hablamos de “Robert Frost”, no de Robert Frost.

Ficciones. Pero ficciones que nos muestran (esa es una de las cosas que hace una ficción, ¿no?, mostrar, no exponer una tesis, pero mostrando contiene a ésta; unas autoras, o autores, de manera más transparente, otras y otros de manera más opaca) esa tensión entre la vida secreta y la vida pública del poeta. Como ficciones las leemos, y como ficciones nos ayudan a pensar este tema nuevamente puesto en la discusión pública.

(Hay otros modos no ficcionales de abordarla, que además abordan distintas dimensiones de manera conjunta o separada: la intimidad, la posición política entre otras.

Está la crítica pública (biógrafos, críticos literarios, periodistas culturales, lectores, movimientos sociales como el feminista) renovando la valoración de Pablo Neruda y su obra, al poner en la discusión pública la confesión en Confieso que he vivido de la violación de una joven empleada doméstica durante su estadía como diplomático en Ceilán; un secreto puesto a la luz por el mismo autor, inadvertido por, al menos, las limitaciones de la época, hasta ahora que vuelve a tensionar la inseparable vida pública y vida secreta de un escritor, de una escritora.

Está la crítica psicoanalítica. En El secreto de Borges Julio Woscoboinik revisa referencias bíblicas de los textos de Borges a propósito de La intrusa, que tiene como epígrafe 2 Reyes I, 26. Pero, nos dice en su indagación psicoanalítica, “consultada la Biblia, nos sorprendimos: ese capítulo solo cuenta 18 versículos”. Consultado Borges por su traductor Norman Thomas Di Giovanni, le aclara que se trata del Segundo Libro de Samuel. “Esta nueva picardía de Borges esconde pudorosamente el siguiente versículo: ‘Angustia tengo por ti hermano mío Jonathan, que me fuiste muy dulce; más maravilloso me fue tu amor, que el amor de las mujeres”. Le atribuye lo que podría ser un secreto deseo homosexual.

Está la crítica teórica que ya tan lejos como en 1866 en una carta de Engels, el amigo y compañero de Marx, reflexiona al respecto: “Permítame mencionar un ejemplo. Balzac, a quien considero un maestro del realismo más grande que todos los Zola del pasado, del presente y del futuro, desarrolla en su Comedia Humana la más extraordinaria historia realista de la sociedad francesa, describiendo, año tras año y a modo de crónica, las costumbres que imperaron de 1816 a 1848. Pinta el creciente empuje de la burguesía que se levanta sobre la sociedad noble … Es cierto que por sus concepciones políticas Balzac era un legitimista. Su grandiosa obra es una permanente elegía sobre la irreparable descomposición de la alta sociedad, sus simpatías están con la clase condenada a perecer. Pero, al mismo tiempo, su sátira jamás es más aguda, ni su ironía más amarga, que cuando hace actuar a los hombres hacia los cuales se siente más atraído: los aristócratas. Las únicas personas de las que habla siempre con admiración no disimulada son sus más enconados opositores, los republicanos, los hombres que en ese tiempo (1830-1836) eran auténticos representantes de las masas populares. Considero que una de las más grandes victorias del realismo, uno de los rasgos más valiosos del viejo Balzac, es que se vio forzado a marchar contra sus propias simpatías de clase y prejuicios políticos; que haya visto lo inevitable de la caída de sus aristócratas predilectos y los haya descrito como hombres que no merecían mejor suerte”).

Ya podemos destacar dos aspectos. La distancia entre la vida pública y la vida secreta del poeta. La diferencia en estas tensiones según se trate de poetas hombres o poetas mujeres. Agreguemos un tercer aspecto, la diferencia del signo de esta tensión entre vida pública y vida secreta según sea un poeta o una poeta.

(Hay que distinguir entre vida secreta y demonios de escritores y escritoras. Demonios, aquello que Vargas Llosa eleva a la dignidad de motores de la creación.

En ‘Mágico, sombrío, impenetrable’, Emily Dickinson prueba la existencia, y necesidad, de claves en la obra de un poeta; en este caso, lo secreto no es ominoso. “Robert Frost” hablando con Evangeline Fife: “En la poesía grande de verdad hay siempre algo ‘revelador’ (una palabra, una frase, una ruptura en el ritmo, un pie quebrado) que es inesperado. Ningún versificador corriente es capaz de hacerlo. En la obra de Emily Dickinson todos los poemas, casi sin excepción, contienen ese elemento ‘revelador’”. Lo revelador es a la vez una clave secreta. Para Emily Dickinson, el abuso sexual de familiares, como por ejemplo Dana Hart muestra en uno de sus textos en los que le da voz.

La propia Joyce Carol Oates trata de la vida secreta de un escritor, en este sentido de “demonios”, cuando lo aborda no ficcionalmente, sino como ensayo crítico en una conferencia del 2008 “La vida (secreta) del escritor: heridas, rechazo e inspiración”, que estaba “centrada sobre todo en las heridas, especialmente en la niñez. Los escritores de los que me ocupo -Samuel Beckett, las Brontë, Emily Dickinson, Ernest Hemingway, Sam Clemens, Eugene O’Neill entre otros- son brillantes ejemplos de individuos que convirtieron sus heridas en arte; no son escritores geniales porque estaban heridos, sino porque, después de estar heridos, supieron transformar su experiencia en una cosa rica, extraña, nueva y maravillosa”).

Está entonces, la distancia entre la vida pública y la vida secreta.

Violet, la joven “Poeta Residente Caldwalder” de “la pequeña universidad junto al río Misisipi”, aceptó la residencia con emoción y orgullo. Su vida pública, la llevó allí: sus libros; los deberes que tenía allí como Poeta Residente: “inspiró en los otros [los estudiantes de la universidad] la avidez por la poesía y una paciencia con las técnicas poéticas”, les transmitía también sus consejos: “escribid todos los días”. Y cumpliendo esos deberes, y conociendo sus libros, “los jóvenes poetas”, los estudiantes que la escuchaban, “parecían agradecer tales consejos”.

Pero, había una vida secreta: “Extraño que no me resultase nada difícil cumplir con mis obligaciones de poeta residente. Muchos más difícil que ocuparme de mis responsabilidades de hija”.

Otra vida secreta se superponía de manera doble. Por un lado, estaba la del presidente de la universidad, Robert Flint, que se presentaba con todos sus títulos, presidente de la universidad, graduado en la Universidad de Virginia Occidental, Vanderbilt, Oxford, profesor, decano, rector, con título de Ingeniero, Economía, Historia. También le contaba, como agregando al pasar “que era un cazador de ciervos que no había tocado un rifle en veinte años”. A la vez que le contaba todo esto, “me tocó el trasero. Entendí: un cazador es cazador de por vida”. Y la vida secreta de Robert Flint, se superpuso a la de Violet, con sus encuentros secretos.

“Sólo entonces entendí. Había acudido a aquella ciudad en la orilla del Misisipi para enamorarme de un individuo llamado Robert Flint que era el presidente de una universidad local y cazador de toda la vida. De la misma manera que mi padre se estaba muriendo en el Este del país, yo estaba tomando posesión de mi propia vida, en tanto que mujer, en la región central de Estados Unidos. Esa era la historia: la biografía (secreta) (de la poeta)”.

Evangeline Fife, tenía o había tenido un poster de Robert Frost en sus veinte años, y se había especializado como profesora de Literatura Inglesa en “el poeta más destacado de la época” y ahora iba a entrevistarlo a sus setenta y siete años. Llegó a su residencia, el poeta dormía, le tomó furtivamente unas fotos “¡voy a robarle el alma! Es lo que merezco”. “Se le conocía ya como el yanqui sabio, que también era una persona ocurrente: un norteamericano de ‘andar por casa’ que tenía además don profético”. La primera impresión, sin palabras, ya revelaba su vida secreta. “Muy a la manera de una colegiala, permanecí inmóvil delante del poeta, cuyos ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo con la profesionalidad de un tasador de piedras preciosas. Siempre se produce un momento de ansiedad hasta que una mujer descubre cuál ha sido el juicio del varón: ‘¡Sí! Pasas la prueba’”. Pasando a la entrevista, el poeta buscó humillarla: quiso se siente a su lado, ella se sentó en una silla húmeda, él insistió: “¿su trasero, querida amiga? ¿su delicioso traserito? Sus bragas blancas de algodón, ¿están húmedas?”. Le hacía “chistes” que Evangeline “reía sin ganas”: “Un bravucón es alguien que te obliga a reírle los chistes, incluso aunque no sean tales chistes”.  Ella no se amedrentó. Quiso sacarlo de su lugar del “bardo popular de Nueva Inglaterra”, y llevarlo a sus “poemas sombríos”, que tenían la clave de su vida secreta: su supremacismo blanco y americano cantando el “destino manifiesto” de Estados Unidos; el deseo del suicidio; los horrores de su vida familiar: el abandono, por sus enfermedades mentales, de su hermana Jean, después de su hija Irma que temía que la secuestraran y la violaran, a lo que el respondía “sin el menor miramiento que dada su ausencia de atractivo no corría el menor peligro de que la violaran, que no iba a interesar sexualmente a ningún hombre, que ‘nadie pagaría ni veinte centavos por echar un polvo con ella’”; el desprecio y humillación de su hijo, al que puso nombre de mujer, Carol, que escribía poemas que rechazaba, “Carol era débil e inmaduro. No era un hombre. ¿Cómo iba a escribir auténtica poesía? Era un simple versificador”.

Evangeline, ataca: “Señor Frost, ¿es posible que haya engañado a su público y que usted no sea un sencillo bardo de Nueva Inglaterra sino algo muy distinto? ¿Un emisario de ‘lugares oscuros’, un poeta americano que ve y defiende lo peor que hay en nosotros sin disculparse en lo más mínimo, de hecho, con algo que puede calificarse de orgullo?”.

Vidas secretas, cosas que ocultar, no demonios, como decíamos.

Está, también, la diferencia según se trate de un escritor o de una escritora.

Violet, siendo felicitada, recibiendo los agradecimientos de los estudiantes que la escuchaban, pensaba: “¡No merezco vuestra admiración! Ahora no escribo poesía. Ya no soy poeta. Soy una hipócrita y una mentirosa y en lugar de una buena persona soy una infame y deberíais despreciarme porque me escondo aquí, en la otra orilla del río Misisipi, mientras en el Este mi padre muere”.

“Robert Frost”, al contrario que Violet, contraataca: “Usted no es nada. La gente como usted no existe. A usted no la han llamado nunca ‘el poeta norteamericano más grande del siglo XX’… No ha ganado nunca un premio Pulitzer, y menos aún varios… y no los ganará jamás. Nunca ha provocado las lágrimas de su público ni lo ha forzado a aplaudir, ni le ha hecho disfrutar… Nunca ha logrado que se pusieran en pie para rendir homenaje a su genio. Apenas si se merece besar el borde de la túnica del genio. O… alguna parte de la anatomía del poeta. Todo lo que puede hacer, lo que puede hacer gente como usted, gente insignificante y despreciable, enanos espirituales, es carroñar en los detritos de la vida del poeta sin entender que su vida, en realidad, carece de importancia para el poeta … No consigue darse cuenta de que solo la poesía cuenta, la poesía que perdurará mucho después de que el poeta haya desaparecido”.

Hay una diferencia sustantiva sobre cómo asume, cómo afronta, esa tensión entre la vida pública y la vida secreta de un poeta, según sea hombre o mujer.

Hay, también, una diferencia de signo. Violet no asume “con orgullo” como “Robert Frost” sus “lugares oscuros”. Al padre lo llamaba por teléfono; pero el padre no quería recibirla ni atendía sus llamados. Era más una culpa que cargaba, algo de muy distinto signo que la agresión más o menos justificada ante sí mismo de “Robert Frost” contra su hermana, contra su hija, contra su hijo.

En general, la vida secreta, de un poeta, de cualquiera de nosotros, probablemente sea siempre ominosa. Decía Freud: “lo inconciente individual, sistema en el que se halla contenido en germen todo lo malo existente en el alma humana”. Todos los horrores allí depositados. Están sí los mecanismos de la represión para afrontarlos (o padecerlos si allí nos quedamos fijados, etc.). Pero también, “nosotros, los hombres, con las grandes aspiraciones de nuestra civilización, y bajo el peso de nuestras íntimas represiones, hallamos la realidad totalmente insatisfactoria y mantenemos por lo tanto una vida imaginativa, en la cual gustamos de compensar los defectos de la realidad por medio de la producción de realizaciones de deseos … El hombre que alcanza grandes éxitos en su vida es aquel que por medio del trabajo logra convertir en realidad sus fantasías optativas. Donde esto fracasa a consecuencia de las resistencias del mundo exterior y de la debilidad del individuo, surge entonces el apartamiento de la realidad; el individuo se retira a su satisfactoria fantasía y, en el caso de enfermedad, convierte su contenido en síntomas. Bajo determinadas condiciones favorables le será aún posible hallar otro camino que partiendo de dichas fantasías le conduzca de nuevo a la realidad, salvándole de extrañarse de ella duraderamente por medio de la represión a lo infantil. Cuando la persona enemistada con el mundo real posee aquello que llamamos dotes artísticos y cuya psicología permanece aún misteriosa para nosotros, puede transformar sus fantasías no en síntomas, sino en creaciones artísticas, escapando así a la neurosis y volver a encontrar por este rodeo la relación con la realidad”.

Pero, sigamos con Freud, mantengamos la idea de lo inconsciente como sede de “todos los males”, asimilémoslo a lo secreto de que aquí estamos hablando, extendámoslo a “lo ominoso”. “Lo ominoso de la ficción -de la fantasía, de la creación literaria- merece de hecho ser considerado aparte. Ante todo, es mucho más rico que lo ominoso del vivenciar: lo abarca en su totalidad y comprende por añadidura otras cosas que no se presentan bajo las condiciones del vivenciar. La oposición entre reprimido y superado no puede transferirse a lo ominoso de la creación literaria sin modificarla profundamente, pues el reino de la fantasía tiene por premisa de validez que su contenido se sustraiga del examen de la realidad. El resultado, que sueña paradójico, es que muchas cosas que si ocurrieran en la vida sería ominoso no lo son en la creación literaria, y en esta existen muchas posibilidades de alcanzar efectos ominosos que están ausentes en la vida real”.

Bien. Pero, si como vimos hasta acá con Violet y “Robert Frost”, es al revés, si está presente en la vida real (en la vida secreta del poeta) y ausente en la creación literaria (en su vida pública), ¿qué?

Podemos, entonces, tener al poeta entero. No al medio poeta, el poeta haroldbloomiano, ese Robert Frost (¿sin comillas?) que “rivaliza con Wallace Stevens por el puesto de gran poeta americano de este siglo … hijo de Emerson … si existe un lema en particular que declare la dialéctica de los mejores poemas de Frost, ese lema ha de hallarse en una formulación de ‘confianza en uno mismo’ de Emerson”; sino en el poeta entero de Evangeline que mantiene el goce oírlo recitar sus propios poemas y que, cuando se va, y “Robert Frost” se pone de pie, avanza hacia su jardín, “ya e la hierba le fallaron las piernas, empezó a caer y no pudo detener la inercia de la caída, que le precipitó a plomo contra el suelo, contra la contundente dureza de la tierra debajo de la hierba, se había pasado toda la vida evitando los insignificantes demonios que le tocaban los tobillos, las piernas, los despreciables demonios que le maldecían en voz baja, que le decían que era malo, que era perverso, que era cruel, que era él mismo … El resultado es que estaba tumbado en la hierba. Los jejenes se lanzaban contra sus ojos húmedos. Había caído desde una gran altura, como una estatua derribada”. Una estatua derribada.

Un poeta entero. Que está hecho de elogio y también de crítica. Saberse sus poemas de memoria y acorralarlo ferozmente. Amarlo y odiarlo, sucesivamente, simultáneamente, alternativamente. Como todos los que nos atraen con admiración.

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