La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates

A partir de

La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates

Rebecca, volviendo como cada día de la fábrica donde trabajaba por el camino que bordeaba el río, tres kilómetros que le llevaban cuarenta minutos, hasta su casa, percibió que un hombre la seguía. Ya sabía que en Chautauqua Falls los hombres se habían reído cuando escucharon la noticia de aquel que arrojó a su esposa al río y la mató arrojándole piedras porque “la muy zorra trataba de dejarme”. Rebecca pensó: defenderse con el metal afilado que llevaba en su bolsillo. Correr y ocultarse. Nadar hasta la otra orilla si la arrojaba al río. Darse vuelta y enfrentarlo. “No era una joven tímida, ni tampoco débil. Ni por su cuerpo, ni por sus instintos. No era una mujer muy femenina. No había nada suave, resignado, enternecedor en ella … En esencia, despreciaba lo femenino. La excepción era su apego a Tignor … despreciaba la debilidad en la mujer, en lo más hondo de su alma. Se avergonzaba y se enfurecía. Porque se trataba de la debilidad antigua de las mujeres, la debilidad de Anna Schwart, su madre. La debilidad de una raza vencida”.

La excepción a su desprecio por lo femenino, entonces, era su apego por Niley Tignor, su esposo. Pero su esposo desaparecía por días y hasta semanas, de repente aparecía a la salida de la fábrica, le hacía un gesto y ella apuraba el paso hacia él. Por eso, “había llegado a odiarlo, tanto le había desgarrado el corazón. También su orgullo. Conciente de que debería dejar a Tignor, coger al niño y marcharse, sencillamente. Pero le faltaba la fortaleza. ¡Amor! La debilidad suprema. Y ahora, el hijo que era, ya para siempre, el vínculo entre ellos”.

A veces, odiamos en los otros, “la debilidad de Anna Schwart, su madre”, lo que odiamos en nosotros mismos.

Antes de descubrirlo en sí misma, lo supo al ver a su padre. Su padre, Jacob Schwart que en Alemania había sido profesor de matemáticas, en la casa se escuchaba ópera y se reía, después se transformaría en un hombre vencido, cobarde. Había hecho cosas de las que no se hablaban para juntar la plata para las visas y los pasajes a Estados Unidos huyendo de los nazis. Había soportado la humillación de trabajar de sepulturero y las burlas contra él y sus hijos en la escuela de “los otros”, los estadounidenses: “judíos, teutones, nazis”, “¡hija de sepulturero!”. La última esperanza fue el anuncio de la llegada de su familia, los Morgenstern, que nunca llegaron. Y entonces, Rebecca preguntó que había pasado. Y la apartaron sin decirle nada. “Rebecca se le quedó mirando y vio cómo la odiaba. Siempre se preguntaría qué veía en ella Jacob Schwart, qué había en ella, una niña de cinco años, que su padre despreciaba tanto. Tendrían que pasar años para que pensara ‘se odia a sí mismo en mi’. Y aún más para concluir “es la vida lo que detesta, en todos sus hijos’”.

Pero se había ido de Milburn donde había crecido, huyendo de su familia, de su vida allí. Se fue finalmente también de Chautauqua Falls huyendo de su marido y su violencia, de su vida allí, con su hijo. Para seguir adelante. Para una nueva vida.

Y lo que se odiaba de los otros en cada cual, podía ser cambiado. En su nueva vida Rebecca fue Hazel Jones, y Niley fue Zacharias. Hazel protegió a su hijo, con amor y cuidados. Repararía en él sus dolores. Lo alentaba cuando descubrió lo que le gustaba la música, el jazz que escuchaba en la radio. Con seis años lo inscribió en clases de piano. El profesor fue burlón cuando le dijo que “estaba destinado para el piano”, destinado por quién fue la burlona pregunta, “por lo que todos llevamos dentro de nosotros, y que no conocemos hasta que lo exteriorizamos”. Y después Hazel conoció al pianista de jazz Chet Gallagher, y en su piano tocó Zacharias. “Aquello era el milagro: que el sonido pudiera sacarse del silencio, del vacío. Que él pudiera ser el instrumento de aquel sonido”. Nunca olvidó aquella vez. No solo el sonido que extraía con sus seis años al piano. Sino que supo que “un hombre podía amar. Que un hombre puede amar. Con su música, con sus dedos, un hombre puede amar. Un hombre puede ser bueno, no tiene por qué hacerte daño”. Hazel fue feliz. Una nueva vida. “’Nadie te puede seguir hasta aquí’. Desde Milburn quería decir. Desde aquella vida. Cumpliría pronto 27 años, la hija del sepulturero que habría tenido que estar muerta a los 13 años”. Pero. Chet quería casarse con ella, vivir con ella, saber qué hacía cada día. “Una mujer abre su cuerpo a un hombre y el hombre lo poseerá como si fuera suyo. Una vez que un hombre te ama de esa manera, llegará a odiarte. Con el tiempo. Un hombre nunca te perdonará su debilidad al quererte”.

Y Zacharías fue el “notable joven pianista” de música clásica, Beethoven, Schubert. Lo mismo que escuchaba Rebecca con su madre en la radio, recordando Anna Schwart sus años jóvenes, antes de los nazis, tocando el piano en su casa, riendo con Jacob. Rebecca lo había sabido casi sin creerlo, Hazel dedica los conciertos de Zacharias a su madre. Otra manera de volver a conectarse con ella sin ella.

Aunque. Puede haber muchas vidas dentro de una vida. Puede volverse a empezar. Y puede ser todo mejor; tal vez si, y solo si, encontramos lo que todos llevamos dentro en nuestro interior.

(Alfaguara. Traducción de José Luis López Muñoz)

Un comentario en “La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates

  1. Muy conmovedor relato. Deja abierta la pisibilidad de reconstruirse a partir de atreverse a cierta autonomia y a establecer nuevos vinculos, desde otra posicion

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