Queja, de Dana Hart

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Queja, de Dana Hart

“¿Qué delito tan grave he cometido, como para convertir mi vida en una novela de Dostoievski?”. No es sólo una pregunta.

“Me alegra que me nombraran ‘Queja’. Pregunté y me dijeron que era porque estaba siempre quejándome, obviamente. No creo que sea cierto. Al parecer llegué quejándome de cosas y así me vieron desde el primer día. La mayoría tiene apodos. Algunos no son nada bellos. Me quedo con el mío”.

Está Queja allí, en la cárcel. “Retrasaron otra vez la votación de la Ley de Indulto, así que sigo aquí, tras las rejas”.

No sólo por las luchas sociales. Por mujer también. “Las mujeres no tenemos futuro. No dentro del patriarcado”.

No sólo por ser mujer. Por ser mujer que se rebela. “Leo. He leído tanto como he podido. Tal vez por eso estoy acá. Por no poder adaptarme”.

Lee: Dostoyevski. “El club de la lucha feminista” de Jessica Bennett. “El síndrome de la impostora”. “Interseccionalidad” de Patricia Hills Collins y Sirma Bilge. “Sin concesiones”, de Charlene A. Carruthers. “Cansadas”, de Nuria Varela. “Mi madre, yo misma”, de Nancy Friday. Simone de Beauvoir. Silvia Federici. Freud.

Por ser mujer, sí. Por ser mujer que se rebela. También, por algo, acaso, más dramático. “Ya se había dicho esto de la juventud, cuando el mundo punk mostró frases callejeras pintadas en las paredes que anti-rezaban: ‘No somos nada’. Pero los punks se olvidaron de rayar en la pared que las mujeres tampoco tenemos futuros”.

Por la falta de futuro. No algo cronológico. Si no, una otra vida. “El porvenir es algo que no se nos legó, que no se nos presenta, socialmente, como una perspectiva. El tiempo es hoy. Las tareas asociadas al cuidado, a la crianza, a la educación, a la asistencia, la mujer obligada a cronometrar al interior del hogar los tiempos de cocina. No hay un mar de grandes oportunidades tocándonos la puerta. Da la idea más bien, de que es todo lo contrario. Que se hace cuesta arriba, como la roca que cargaba Sísifo. La mayoría de las puertas están cerradas, o sale tras ellas un abusador, un violento u otra decepción por el estilo”.

Y en el tiempo de hoy, “es un hecho que los derechos no han sido conquistados para todas las personas”.

Y cada derecho conculcado tiene nombre, ahí en la cárcel. Pero fueron conculcados allí afuera. Y aún así, están aquí adentro, encerradas. Tienen un nombre y una historia padecida. Cotidianos. Históricos. “mi único rol fue de adorno”, recuerda – “tan contestadoras que son las mujeres hoy en día, después se quejan que les pegan y las matan”, le dicen – “¿Cómo voy a parar taxis, cuando me haya vuelto completamente invisible?”, se pregunta – “Y siempre lo hice para defender a otras personas, razón por la cual me llaman ‘Queja’. Pero cuando me pisotean a mí, personalmente, me aplastan, me humillan, me denigran, me resulta cientos de veces más inconveniente responder correctamente”, rememora – “En una reunión de trabajo, nuestro jefe dijo: ‘Pucha, de 5 instructores, 3 son mujeres, o sea, cuento solo con 2, ya que no sé si ustedes el día de mañana quedarán embarazadas o con licencia para cuidar a sus hijos’”, recuerda – “mi ex pareja me impedía salir a la calle con miles de pretextos y excusas, o como cuando me secuestró junto a mis dos hijes más pequeñes durante tres horas llevándonos en su auto mientras me amenazaba diciéndome que: si no era de él, no sería de nadie”, recuerda – “El cuerpo. Es lo primero que te enseñan a destruir. Las amigas de la escuela, tu propia madre y su odio a su cuerpo. Los ejemplos de las revistas. La televisión. Los medios de prensa. Está por todas partes. Somos presas de nuestros cuerpos. O dicho de otro modo, nuestros cuerpos son una presa. Una presa fácil de los depredadores sexuales, sobre todo durante la infancia”, sostiene – “A las mujeres, difícilmente, nos consideran trabajadoras. Es una batalla. A la mujer que trabaja en la casa, lavando las ollas, limpiando los baños, cocinando, criando, cuidando, cambiando pañales, llenando mamaderas, lavando ropa, haciendo las compras, yendo a la feria, remendando la ropa e infinidad de tareas, que se repiten una y otra vez como un ciclo infinito, no se las considera trabajadoras”, se queja – “Transitar. ¡Qué derecho! Aprendemos a caminar cuando tenemos un año o un año y medio. Nos enseñan a poner un pie adelante del otro, a apurar el paso, a no caernos de trompa al suelo. Pero nada nos explican de las primacías de género que se van a desarrollar en torno a nuestros simples pasos … Tener que caminar el doble más de una vez para evitar que me acosen verbalmente varones en una esquina o en un quiosco”, denuncia.

Y tantos y tantos derechos, experiencias de derechos conculcadas, de ella, de Queja, de todas.

Un lenguaje universal. “Escucho a lo lejos, a una mujer, hablando en un idioma que no conozco. No conozco el idioma, pero entiendo perfectamente que se está quejando. Se queja como yo. Podría estar quejándose en chino, en árabe o en inglés y aunque no entendiera nada de las palabras, sabría perfectamente que está quejándose. La queja es el verdadero lenguaje universal.  La queja contra la opresión contra las discriminaciones, que en ocasiones suele venir de los propios pares”.

Un lenguaje. Una acción: cuestionar. “Pretendo organizar un ensayo, una obra que me permita cuestionar qué tan humanas somos para ellos. ¿Qué tan humana soy? Si aquellos derechos considerados como universales, apenas se me brindan”.

Porque sí, las paredes no son solo de esta prisión, Queja. “¿En qué momento el mundo se vuelve un lugar tan hostil, que nos arroja a estas paredes de miseria?”.

Piensa. Actúa. Escribe. Con un lenguaje universal que, hoy, es rechazado, por incómodo. Por incomodar. Por eso lo habla.

(Como excepción, podemos pensar que aquí, y otros textos de la autora, hay cobrando forma, una tradición, una manera, una enseñanza, o nueva, o renovándose.

Si, como decía Harold Bloom, “La obra maestra de Cervantes acaso sea el libro central de la última mitad del milenio, pues todos los más grandes novelistas son hijos de Quijote como lo son de Shakespeare … Shakespeare nos enseña de manera pragmática a hablar con nosotros mismos, mientras que Cervantes nos instruye sobre cómo hablar con los demás”, podemos encontrar, o reencontrar, una tercera: hablarse a sí misma, para hablarnos a todos).

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