Villette, de Charlotte Brontë

A partir de

Villette, de Charlotte Brontë

“’Y ésta no es época de milagros’, pensé yo”; además que “las fantasías son engaños de Satanás”, como siempre la reconvenía su Razón. Aunque nada hay tan abrumador “mientras la Libertad nos preste sus alas y la Esperanza nos guíe con su estrella”, la alentaban su Imaginación y sus Sentimientos.

Pero ¿cuál de los tres términos, las tres posibilidades, las tres espadas del Destino -los imposibles milagros, las satánicas fantasías rechazadas por la Razón, las aladas Esperanza y Libertad alimentadas por la Imaginación y el Sentimiento- se impondrán en una vida?

Tal vez ninguna de estas tres, sino una muy otra, que la sostendría, aunque no fuera capaz de reconocerla, ni de nombrarla, y se iría descubriendo ante cada ocasión que se presentase.

Fue Lucy Snowe a lo de la señora Bretton, su madrina, y por ese mismo año llegó también la pequeña Paulina Mary, Polly, para su criada Harriet era Missy, tras la muerte de su madre, la señora Home, amiga de su madrina, que la recibió porque el padre de la niña había quedado devastado y lleno de remordimientos. Pero Polly sufría, siempre esperando el regreso del papá, siempre murmurando “papá, papá” entre dientes, bajito, para sí misma, como rezando.

Lucy y Polly debían dormir en la misma habitación, y “yo, Lucy Snowe, me declaro inocente de esa maldición, una imaginación encendida y desbordante, pero siempre que abría una puerta y la encontraba sola en un rincón, con la cabeza apoyada en su mano diminuta, tenía la sensación de que aquel cuarto no estaba habitado sino embrujado por algún fantasma … Me di cuenta de que la suya era una naturaleza de ideas fijas, que delataba esa tendencia monomaníaca que siempre he considerado la mayor desgracia que puede abatirse sobre hombre o mujer … Paulina, toda lánguida, sin mirar apenas y sin contar, cuando yo, que tenía los ojos puestos en ella, percibí en su iris y en su pupila una sorprendente transformación. Las naturalezas impulsivas, peligrosas —sensibles las llaman—, ofrecen a menudo un curioso espectáculo a quienes un temperamento más frío impide participar en sus tortuosos caprichos”.

Llega de visita imprevista el papá, Polly está feliz, atenta a él, tranquila. Hasta la llegada de John Graham Bretton, que con sus dieciséis años le dice a Polly con sólo seis años, que “me convertiré en su amigo predilecto; me atrevo a decir que pronto me preferirá a su papá”. Cuando el papá volvió a irse siendo un gran sufrimiento para su hija, y después de rechazarlo, Polly aceptó los cuidados de Graham. Hasta que el padre se instala en el Continente, la manda ir con el, y Polly sufre por tener que dejar a Graham.

Después le tocará a Lucy dejar la casa de su madrina, y “permitiré que el lector me imagine, durante los ocho años siguientes, como una barca dormitando en medio de una idílica bonanza, en un puerto de aguas apacibles y cristalinas, con el timonel tendido en la pequeña cubierta, el rostro vuelto hacia el cielo y los ojos cerrados: sumido, por así decirlo, en una larga plegaria. Se supone que un gran número de mujeres y jovencitas pasan la vida de esa manera, ¿por qué no incluirme a mí? Así, pues, imagíname ociosa, regordeta y feliz, tendida sobre una cómoda cubierta, al calor de un sol constante, mecida por brisas de suave indolencia. Sin embargo, no puedo ocultar que, de ser así, en algún momento yo debí de caer por la borda, o el bote se hundió. Recuerdo demasiado bien un período, un largo período, de frío, peligro y discordia. Y aún hoy, cuando tengo pesadillas, siento el azote salobre de las olas en mi garganta y su helada presión en mis pulmones. Sé incluso que hubo una tormenta, que no se limitó a durar un día o una hora. Pasaron días y noches en los que no salieron ni el sol ni las estrellas; arrojamos con nuestras propias manos los aparejos por la borda; una violenta tempestad se abatió sobre nosotros; y toda esperanza de salvación se desvaneció. Finalmente, el barco se hundió y la tripulación pereció”.

Terminó trabajando como dama de compañía para cuidar de la reumática, irritable y excéntrica señora Marchmont. “Así fue como dos sofocantes habitaciones contiguas se convirtieron en mi mundo; y una vieja inválida en mi señora, mi amiga, mi… todo. Servirla era mi deber; su dolor, mi sufrimiento; su alivio, mi esperanza; su ira, mi castigo; su estima, mi recompensa. Olvidé que había campos, bosques, ríos, mares y un cielo que cambiaba al otro lado de los cristales empañados de su habitación de enferma; casi me alegraba de no recordarlo. En mi interior, todo se empequeñeció para amoldarse a mi suerte. Dócil y callada por costumbre, disciplinada por el destino, no reclamaba paseos al aire libre; y mi apetito parecía conformarse con las minúsculas raciones que servían a la inválida … Y habría seguido arrastrándome a su lado veinte años más, si su vida de sufrimiento se hubiera prolongado ese período. Pero no estaba escrito que fuera así. Era como si el destino quisiera empujarme a la acción … Había querido llegar a un acuerdo con el Destino: escapar a grandes sufrimientos sometiéndome a una vida de privación y pequeños sacrificios. Pero el Destino no podía aplacarse así; y tampoco iba a aprobar la Providencia aquella pereza timorata, aquella cobarde indolencia”.

Así que, tras la muerte de la señora, se marchó de allí, arriesgadamente. “¿Qué hacía yo sola en el inmenso Londres? ¿Qué haría a la mañana siguiente? ¿Cuáles eran mis perspectivas en la vida? ¿Qué amigos tenía en el mundo? ¿De dónde venía? ¿Adónde debía ir? ¿Qué debía hacer? Mis lágrimas empaparon la almohada, mis brazos y mis cabellos. Un oscuro intervalo, dominado por los más amargos pensamientos, siguió a aquel arrebato; pero no me arrepentía del paso que había dado, ni quería desandarlo. La vaga convicción de que era mejor seguir adelante que retroceder, y de que podía seguir adelante… de que con el tiempo se abriría un camino, por angosto y difícil que fuera”.

Y decide abandonar Londres hacia el Continente, sin destino definido. En el barco, conoce a la joven Ginevra Fanshawe, que estudia en un colegio en Villette, y su tío rico Monsieur de Bassompierre se ocupaba de ella en Francia. Había algo audaz, atrevido en todo esto, es que “siento que los peligros, la soledad y un futuro incierto no son males abrumadores mientras el cuerpo esté sano y las facultades en uso, y, sobre todo, mientras la Libertad nos preste sus alas y la Esperanza nos guíe con su estrella”. Y allí, con determinación, se hizo contratar como institutriz por madame Beck en su pensión para señoritas, internado y colegio, todo a un tiempo. Representó algo especial, algo que tenía Lucy, aunque a ella misma le costaba reconocer en ella misma; allí, “era como si estuviera planteándose un desafío entre cualidades opuestas, y de pronto comprendí la indignidad de mi apocamiento, la cobardía de mi falta de ambición. —¿Seguirá adelante o retrocederá? —inquirió madame, señalando con la mano primero la pequeña puerta que comunicaba con su vivienda, y luego la gran puerta doble que conducía a las aulas. —En avant —respondí yo”. Y de institutriz pasó a profesora de inglés.

Se impuso a todas las adversidades: las desconfianzas, las pruebas que le pusieron, los desprecios, las amistades interesadas, las exigencias del trabajo. Pero cuando el trabajo llegó a su pausa con las vacaciones, estos triunfos para una joven de veintitrés años que llegó sola a un país extranjero del que no conocía la lengua que aprendió a hablar, sintió un gran malestar. “Cuando disponía de mucho tiempo libre para contemplar la vida como deben contemplarla las personas de mi especie, tenía la impresión de que no era más que un desierto baldío: arenas color pardo rojizo, sin prados verdes, ni palmeras, ni un pozo a la vista. No conocía ni osaba conocer las esperanzas propias de la juventud, que tanto animan y alientan a seguir adelante. Si alguna vez llamaban a la puerta de mi corazón, una barra inhóspita impedía su entrada. Cuando se alejaban, así rechazadas, lágrimas de tristeza corrían por mis mejillas; pero no podía evitarse: me faltaba valor para dar cobijo a semejantes huéspedes”. El sentimiento de soledad se imponía sobre sus triunfos, que no podía valorar. Pero allí estaban.

Y sus triunfos no estaban en haber logrado imponerse a todo aquello. “Aquella tarde se apoderó con más fuerza que nunca de mi alma la convicción de que el Destino era de piedra y la Esperanza, un falso ídolo, ciego, sin sangre en las venas y con un corazón de granito. Sentí, asimismo, que la prueba que Dios me había impuesto estaba acercándose a su clímax, y que era yo quien debía enfrentarme a ella con mis propias manos, por muy débiles, ardientes y temblorosas que fueran”. Estaban, una vez más, en sí misma.

Abandonó la escuela, caminó por aquí y por allá, cayó desmayada. Al despertar, estaba en la casa del dr. John que atendió algunas veces a las internadas de la escuela y se había enamorado de Ginevra Fanshawe, y de su madre, y su alegría y esperanzas se renovaron: eran la señora Bretton, su madrina, y su hijo Graham, a los que no veía hacía ya diez años. Y se enamoró de él, y él se ocupaba de ella. Hasta que se reencontró allí con Missy y su papá, que había tomado el Francia el nombre de su esposa, Bassompierre, y dejó de ocuparse de ella.

Por casi dos meses volvió a su aislamiento en la escuela, y a sus clases, y a su soledad. “El mundo puede comprender muy bien que alguien muera por falta de alimentos; pero muy pocas personas son capaces de entender que alguien enloquezca de aislamiento”. Y, otra vez, volvió a recurrir a su propia fortaleza, tan vilipendiada por ella misma: “Si la vida era una lucha, parecía ser mi destino librarla sin ayuda de nadie. Pensé en cómo levantar mi cuartel de invierno… cómo abandonar un campamento donde escaseaba la comida y el forraje. Tal vez para lograr ese cambio debía ganarse otra batalla; de ser así, tenía ganas de enzarzarme en ella: demasiado pobre para perder, Dios podía destinarme a la victoria”. Y, al menos en parte, la obtenía: “soy una persona que prospera: antaño señorita de compañía de una anciana dama, luego niñera—institutriz, ahora profesora”.

Y después, Monsieur Emanuel, profesor de literatura, severo, de educación jesuita, confrontándola por ser una inglesa protestante, burlón, pero bueno, con el que una y otra vez pelearían y se harían amigos, terminaría por poner en pie un colegio para entregárselo a Lucy como directora, y le pide poder acompañarla.

Queda un fondo de amargura y resignación, una herida: el amor que quiso y no fue, imposible de ser cicatrizada, ¿acaso compensado, equilibrado?, por los logros de, por así llamarlo, la vida cotidiana: de haber prosperado.  

Fue entonces, más que el Destino con sus tres términos, sus tres posibilidades, sus tres espadas que se le iba presentando en cada ocasión, algo muy distinto lo que fue guiando los pasos de Lucy:  Su decisión. Y su manera de afrontar cada situación: “se trataba de un juego en el que no tenía nada que perder, y podía ganar”.

Y ganó.

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