Rey de Picas. Una novela de suspenso, de Joyce Carol Oates

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Rey de Picas. Una novela de suspenso, de Joyce Carol Oates

“Sucedió y fui yo el agente. Pero no fui yo la causa de que sucediera”. Aunque el famoso escritor de novelas de misterio Andrew J. Rush, tiene, literariamente, un doble que oculta con el llamativo pseudónimo de Rey de Picas; tiene, humanamente, una válvula de escape en ese otro que le habla y que escribe los horrores que Andrew no puede escribir; tiene, psiquiátricamente, una disociación, discute, consigo mismo, con su hija Julia y sus estudios en lingüística y teoría literaria (con los que había “aprendido a ‘deconstruir’ la literatura en lugar de disfrutar de ella, o en lugar de reaccionar ante ella de manera emocional” analizándolas con filo), con, indirectamente, la rica heredera ya de edad avanzada y escritora frustrada C. W. Haider, sobre la ficción y la vida. Porque lo que podríamos llamar un criterio de valoración de una novela es “que te hacen pensar”, como le decía Julia cuando leía con atracción y repulsión, por su “sadomachismo”, porque es un machista patológico, un despiadado, a Rey de Picas. Pero, sobretodo, le perturba porque encuentra en las novelas del desconocido Rey de Picas fragmentos de su historia familiar.

Y viéndose en esas odiosas novelas, “me siento de lo más rara”. Andrew, temiendo lo descubra, quiere aplacarla. “Julia, muchas personas están convencidas de que aparecen en obras de ficción. Es como ver un reflejo en un espejo, creyendo que eres tú cuando no es verdad”.

¿No es verdad? ¿El espejo no refleja la imagen de la persona real que se observa? ¿No refleja la literatura la realidad representándola? “¡Vamos papá!”, responde Julia, “Si te pusieras delante de un espejo y vieras lo que refleja, serías tú”. Si, ¿pero es uno mismo? ¿el reflejo, la representación, es la realidad misma, traspuesta, es otra cosa? Andrew “quería replicar a Julia: Pero en la vida real soy tu padre, que te quiere mucho. Y a fin de cuentas sigues viva”.

¿Es la ficción el reflejo en el espejo? Más aún, ¿no es todo -escritoras y escritores, novelas, argumentos- un infinito juego de dobles, reflejos, desdoblamientos?

Escritoras y escritores en un juego de espejos, reflejos, doblamientos. A Andrew, autor de novelas superventas “de suspense y misterio con un toque macabro”, lo llaman “el Stephen King de los caballeros”; a Rey de Picas, autor de novelas “más vulgares, más viscerales, más francamente estremecedoras” lo llaman “un Stephen King más visceral, que no da cuartel”. Andrew, después que lo demandara por plagio la escritora frustrada C.W. Haider, fue a visitarla secretamente al hospital donde terminó tras perder el pleito presentándose a la enfermera como su sobrino, Stephen King, “el mismo nombre, sí. Pero no la misma persona”. Y, cuando irrumpió un día en su casa -con imprevisibles consecuencias posteriores- y lo recibió el mayordomo, fue el editor y escritor Steven King. 

Novelas en un juego de espejos, reflejos, doblamientos. Cuando Andrew J. Rush, alentado por Rey de Picas que le hablaba, se introdujo en lo de C. W. Haider y descubrió sus escritos, manuscritos, sus desconocidos libros autopublicados, se vio que se trataba de una escritora frustrada, sí, pero que había incursionado en terreno enemigo. “Abrigaba esperanzas de abrirse paso en el campo -dominado por varones- de la literatura popular estadounidense de misterio y horror, cosa que muy pocas mujeres han logrado, y desde luego ninguna escritora con el ego de un hombre”, como lo tenía C. W. Haider. Y en sus escritos descubrió algo más: “los sorprendentes paralelismos entre los escritos de la señora Haider y los de sus contemporáneos famosos”: ‘Encrucijada’ autopublicado en 1999 por la señora Haider, ¡el mismo título de la novela que Andrew J. Rush escribía en ese momento!, ‘El fulgor’, publicado en 1974, con el mismo argumento de ‘El resplandor’ de Stephen King de 1977, ‘El yo en la sombra’ inédito de 1983 en el que una escritora que escribe novelas de misterio tiene un pseudónimo o alter ego hombre que escribe novelas de horror con más éxito y la escritora quiere matarlo quemando esas obras de su alter ego, igual que ‘La mitad oscura’ de Stephen King (y que, agreguemos, ‘Rey de Picas’ de Joyce Carol Oates), ‘Hermanas brujas del condado de Hécate’ de 1979, anterior a ‘Las brujas de Eastwick’ de John Upidke. Además, encontrará entre las valiosas primeras ediciones firmadas por sus autores en la biblioteca de la señora Haider, ‘El demonio de la perversidad’ de E. A. Poe: “¿ficción con forma de memorias, o memorias con forma de ficción?”: todo doblándose, desdoblándose, confundiéndose.

Argumentos en un juego de espejos, reflejos, doblamientos. Cuando C. W. Haider demandó a Andrew J. Rush, ante el tribunal denunció, además del plagio, e igual que su hija Julia contra Rey de Picas, que le robó “cosas que me han sucedido a mí y a mi familia, y las tergiversa convirtiéndolas en ficción”. La misma demanda había interpuesto contra Stephen King y otros renombrados escritores. También de lo mismo lo recriminó su esposa, Irina, mejor escritora que él cuando de jóvenes se conocieron y enamoraron, hasta que, ya casados, ella pasó a mecanografiar los escritos de él, a corregirlos, a darle ideas para sus libros, a mejorarlos; hasta que, no se contuvo más: “Te apoderas de mis ideas. No me queda nada que sea mío”. Y es que, como dice Julia, “esa persona, Rey de Picas, es como un vampiro que se alimenta con la vida de papá”.

Tal vez todos somos dobles de otros: escritores, novelas, argumentos, que se duplican, hasta el infinito.

Y pasó, en este infinito juego de reflejos, dobles, espejos, disociaciones, desdoblamientos, lo que le pasó al juez que dictaminó contra C. W. Haider cuando ella con violencia se negó a aceptar el veredicto, que se confundió y retiró rápidamente porque ejerciendo “sus funciones en una zona residencial poco importante no está acostumbrado a una realidad física brutal … solo a palabras. Pero ahora las palabras habían estallado para transformarse en realidad física insoslayable”.

Sí, puede un escritor vampirizar, vargasllosianamente “saquear”, la vida, pero la “realidad física (es) insoslayable». La ficción no es la vida, pero la vida, acaso, sea menos vida sin la ficción.

 [Lejos, hagamos una excepción, de, como se ha dicho, “una novela de suspenso” (acompaña al título, pero diría que como distractor), “un thriller”, “una magnífica novela negra psicológica”, una profunda reflexión sobre la relación entre realidad y ficción, sobre la “angustia de la influencia”. Una de esas novelas “que te hacen pensar”. Magnífica, sí].

(Alfaguara. Traducción de José Luis López Muñoz)

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