Bellefleur, de Joyce Carol Oates

A partir de

Bellefleur, de Joyce Carol Oates

Tantas historias que les contaban a los niños Bellefleur, aunque escabrosas muchas de ellas, extrañas, insólitas, extraordinarias, decían que igual tenían que contarlas, “para comprender los mecanismos secretos del mundo”. ¿Acaso no se confundían con la historia del mundo, al menos del Nuevo Mundo, desde que llegara Jean- Pierre Bellefleur expulsado de Francia tras la Revolución Francesa por su propio padre el duque Bellefleur, y llevando ya siete generaciones en estas tierras?

Dueños de una riqueza inconmensurable, dos millones de acres, puestos a producir, fábricas, negocios variados, después paulatinamente perdidos, como se fue perdiendo, deteriorando más bien, esa extraña casa en la que vivían, el Castillo Bellefleur en el valle de Nautanga con sus ochenta y cinco habitaciones. Con sus extrañas situaciones. Como la indagación sobre “la maldición Bellefleur”. Como la Sala Turquesa, en la que una vez uno de los Bellefleur, Samuel entró, nunca más volvió a salir, entraron a buscarlo y nunca más lo encontraron. O los sonidos de los “Espíritus de los muertos”. O el retiro a las montañas de Jedediah, uno de los primeros Bellefleur para unirse a Dios, quería verlo, ver Su cara.

Un Castillo en medio de unos Estados Unidos que nacía con la guerra civil, si, se decía, hasta el mismo Abraham Lincoln estuvo allí, para huir de sí mismo, de las horrorosas decisiones que tuvo que tomar. Extraña familia aristocrática. Un Castillo. Sucesos extraordinarios. El despotismo aristocrático, contra sus trabajadores. Pero no solo eso, contra sí mismos. El peso de los “lazos de sangre” que reclamaban contra cualquiera de la familia que no se quisiese reconocer como “un Bellefleur”.

Sucesos extraordinarios. Pero, pensaba uno de los niños, Raphael, cuando regresaba al Castillo después de sus habituales huidas solitarias al estanque: “¡qué irreal, qué poco interesante era el mundo al cual regresó! Un mundo irreal, desprovisto de interés. El castillo. Los Bellefleur. Su gente”.

Sí, poco interesante. Aún cuando el tatarabuelo Raphael en su momento se lamentara por esa tirantez entre el exigente “mundo del tiempo, de la carne, del poder” versus la “santidad de la montaña … el castillo fuera del tiempo”. Acaso fuera lo que decía Vernon, el Bellefleur poeta: “la vida de un hombre que vale es una permanente alegoría”.

Pero esta alegoría, como “los niños sabían muy bien que los antiguos relatos de fantasmas y espíritus eran absurdos”. Sí, absurdos. Por eso, otro de los niños Bromwell, que de adulto sería astrónomo molecular, se encerraba en la Torre con su telescopio y sus experimentos, y con esos intereses, “relega a la periferia de su mente el tema de la familia. El tema Bellefleur. La familia y la sangre y los sentimientos y el orgullo de la familia. Y la responsabilidad y las obligaciones y el honor. Y la historia” de la familia Bellefleur.

Es que incluso la decisión de Leah Bellefleur de recuperar, y lo logró, la riqueza familiar resulta inútil entre tantas cosas embrujadas, fantasmas, espíritus. Tal vez haya que hacer como el propio Bromwell, y relegarla a la periferia de su mente.

(Javier Vergara. Traducción: Raúl Acuña)

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