Drácula, de Bram Stoker

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Drácula, de Bram Stoker

¿Qué hacemos cuando nos vemos enfrentados a lo inexplicable, algo extraordinario, que es además amenazante y terrorífico?

No se trata solo de aquellas amenazas exteriores, ese Castillo de Drácula empinado sobre un precipicio en Transilvania, rodeado de lobos, de repentinas tormentas, del temor de quienes viven en sus alrededores que al solo nombre del Conde Drácula se santiguan, advirtiendo algo a Jonathan Harker, el joven abogado londinense que fue enviado para concretar la venta de una propiedad en la capital de Inglaterra que el Conde había encargado.

Se trata también de “acontecimientos extraordinarios que le hacen dudar a uno si está loco o cuerdo”, negándose, al principio, a ver lo evidente, por inusual que sea.

Tal vez, lo más temible sea la negación de su presencia inusual. Jonathan, los primeros días de su estancia en el Castillo creía que se trataba de un sueño. Hasta que las evidencias se impusieron: vio con sus propios ojos el alucinante lugar donde el Conde dormía, que no comía, que no se reflejaba en el espejo, que reptaba por los muros del Castillo, sus ojos rojos en la oscuridad, su dominio sobre los lobos, su fuerza descomunal.

El capitán del barco “Demeter’ que transportó la carga, unos ataúdes, que envió Drácula a Londres, que se trataba de supersticiones de su tripulación. Hasta que las evidencias se impusieron: uno a uno fueron muriendo.

Mina, la prometida de Jonathan, al ver los dos pequeños orificios y el hilillo de sangre que corría el cuello de su amiga Lucy, creyendo que se trataba de una herida al abrocharle un chal una noche helada. Hasta que las evidencias se impusieron: una sombra negra reclinada sobre ella esa misma noche.

El deterioro de la salud de Lucy, decidió al dr. Seward a recurrir a su amigo el profesor van Helsing. “Siempre hay una causa para todo”, afirmó, y se dedicó a aclarar el misterio, y enfrentarlo.

Acaso lo más grave no sean ni las amenazas exteriores ni negarse a ver lo evidente, sino la paralización de nuestra voluntad. “Tenía muchas dudas y todo me parecía irreal; no estaba seguro de nada, ni siquiera confiaba en la evidencia de mis propios sentidos. Y al desconfiar de todo, no sabía qué hacer. De modo que únicamente me quedaba seguir trabajando en lo que hasta entonces había sido la rutina de mi vida. Más la rutina dejó de serme útil y empecé a perder la confianza en mí mismo. No sabe usted bien, doctor, lo que es dudar de todo, incluso de uno mismo”, le confesaba derrotado Jonathan a Seward.

La sabiduría de van Helsing, su bondad, amistad, resolución, ayudaría ante esa parálisis: “He aprendido a no menospreciar las creencias de nadie, por muy inverosímiles que puedan parecer”. No rechazaba a quienes se santiguaban. No rechazaba las supersticiones, las historias legendarias de vampiros. No rechazaba las evidencias, hechos que, por más increíbles que sean, suceden ante nuestros ojos. Les habló, entonces, de los no muertos. De la temible historia de Drácula. De su ida a Londres para continuar sorbiendo la sangre de inocentes.

¿Es algo así posible? Van Helsing así lo cree: “Usted es un hombre inteligente. Razona bien y es bastante ingenioso. Pero tiene demasiados prejuicios. No permite que sus ojos vean ni que sus oídos oigan, y todo lo que no forma parte de su vida cotidiana carece para usted de importancia. ¿No cree que hay cosas que usted no puede comprender, pero que sin embargo existen? ¿Qué algunas personas ven cosas que otras no pueden ver? No obstante, hay cosas antiguas y nuevas que los ojos humanos no pueden captar, solo porque conocer -o creen conocer- algunas cosas que otros hombres les han enseñado. Ese es el defecto de nuestra ciencia, que quiere explicarlo todo. Y si no puede explicarlo, entonces dice que no hay nada que explicar”.

Y no solo les habló y los convenció. También reunió a todos los afectados: Mina, la prometida de Jonathan y amiga de Lucy, su prometido Arthur, su amigo Quincy, el dr. Seward. Los preparó para asumir un “deber sagrado”, una “tremenda lucha que nos aguardaba para librar al mundo de este monstruo terrible”.

Defiende, tajante, que “tradición y superstición lo son todo”. Allí están, para permitirnos entender aquello que escapaba a nuestras vidas cotidianas. Incluso, ante estos fenómenos, la ciencia se niega a sí misma rechazando las evidencias: ese “siglo XIX, científico, escéptico y positivista” ha llegado a “rechazar una creencia que veíamos justificadamente ante nuestros propios ojos”.

Tradiciones y supersticiones, no solo las de los vampiros, aquellas nacidas en tiempos inmemoriales, también otras más recientes, pueden tener claves de comprensión de nuestros tiempos, hechos de materias ordinarias y extraordinarias. “Quiero que usted crea”, insiste Van Helsing.

(Planeta. Traducción Juan Antonio Molina Foix)

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