El final de don Quijote

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El final de don Quijote

“Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente la vida de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller, y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero”.

En un puesto de libros viejos a la salida de un Metro, una chica, unos veinte años, le cuenta al librero, tomando un ejemplar de Don Quijote de la Mancha, que con el final “se lo lloró todo”.

Del final de don Quijote no se habla tanto; sí de la amistad, y del humor, y de la locura, y de la racionalidad de la locura, y de la ficción entrometiéndose en la vida, y de tanto y de tantísimo más.

Pero hay esa emoción, sí.

¿Y qué lloramos cuando lloramos el final de don Quijote?

¿Sus tristezas?

“… no dejaba don Quijote sus tristezas”, aunque sus amigos intentaban animarlo.

¿Su amarga lucidez final, rechazando lo que amó?

“Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías”.

¿Lo tardío de su amarga lucidez final?

“Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde”.

¿Decir/descubrir/afirmar su, una, identidad como última voluntad?

“Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte … ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano”.

¿El rechazo de la lectura como voluntad (confundida así con la locura) de vivir una vida imaginaria (en esta vida que la rechaza)?

“Ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído”.

¿La amistad ilimitada de sus amigos?

“¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuesa merced con eso? … Calle por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos”.

¿La pérdida de un hombre bueno, un hombre, pero un hombre con muchas vidas mezcladas en una vida, y que, en el vaivén entre unas y otras, siempre permanecía, dándoles unidad, su bondad?

“Porque, verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuanto le conocían”.

¿La pérdida de un personaje, de su propia vida y de nuestras lecturas, que devino autor de nuestras vidas y nuestras escrituras?

Murió. “Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero”.

Algo de todo eso; y, sobre todo, una emoción que todo libro nos trae, conduciendo toda, cualquier, lectura.

2 comentarios en “El final de don Quijote

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