La literatura y (contra) la crueldad contra los animales

Estaban los chiquillos prestos a contemplar un ahorcamiento en una ciudad medieval inglesa, “amaban la violencia” y esperaban, como todos, ese cruel espectáculo. “Dos perros aparecieron en la plaza del mercado, ladrando y corriendo … El más pequeño de los chiquillos se desahogó lanzando una piedra contra uno de los perros, que se alejó aullando”. “Se morían de risa a la vista de un lisiado y si se topaban con un animal herido lo mataban a pedradas” (Ken Follett, Los pilares de la tierra).
Entre tantos castigos, “recuerdo que un día regresábamos a casa cuando el señor Gordon acertó a ver a jun hombre de vigorosa estatura que conducía un coche pequeño tirado por un caballo de patas delgadas y cabeza inteligente y noble. No bien estuvo cerca de la tranquera, el animal giró hacia ese lado. El hombre, sin una palabra de aviso, le dio un tirón tan brusco que casi lo hizo caer en tierra sobre sus patas. El caballo se irguió de nuevo, y se disponía a reanudar la marcha cuando el cochero empezó a castigarlo furiosamente. Tales eran los golpes que caían sobre el pobre animal, que casi le partían la quijada. Resultaba espantoso ver ese espectáculo. Me daba cuenta de cuánto sufriría el caballo por los golpes que le daban en su boca delicada”. (Anna Sewell, Azabache).
Por la fiebre del oro, unos hombres secuestran al fuerte y feliz perro del juez Miller, Buck. Primero, le enrollan “una fuerte soga alrededor del cuello. -Retuércela y lo ahogas bien -dijo Manuel … la soga le ciñó el cuello impidiéndole casi respirar. Se abalanzó furioso contra el hombre, que le hizo frente, lo agarró por el cuello, con una hábil maniobra, lo tiró de espaldas. Luego la soga se ciñó sin piedad mientras Buck se debatía desesperado, con la lengua fuera y jadeando inútilmente”. Después, lo metieron en una jaula. Más tarde lo soltaron. Se abalanzó de nuevo contra los hombres y, “en el mismísimo momento en que sus fauces se disponían a cerrarse sobre el hombre, recibió un golpe que detuvo su cuerpo y le hizo apretar fuertemente las mandíbulas en una dentellada de dolor. Giró en el aire y cayó al suelo. Nunca en su vida le habían pegado un garrotazo y no comprendía lo que pasaba … Entonces el hombre avanzó y le descargó deliberadamente un golpe terrible en el hocico. Todos los dolores que acababa de sufrir no fueron nada comparados con la refinada crueldad de éste”. (Jack London, La llamada de los salvaje).
Allí, en el colegio militar, “Cava nos dijo: detrás del galpón de los soldados hay gallinas. Mientes, Serrano, no es verdad. Juro que las he visto. Así que fuimos después de las comidas, dando un rodeo para no pasar por las cuadras y rampando con en campaña. ¿Ves? ¿Ven?, decía el muy maldito, un corral blanco con gallinas de colores, qué más quieren, ¿quieren más? ¿Nos tiramos ala negra o a la amarilla? La amarilla está más gorda. ¿Qué esperas, huevas? Yo la cojo y me como las alas. Tápale el pico, Boa, como si fuera tan fácil. No podía; no te escapes, patita, venga, venga. Le tiene miedo, lo está mirando feo, le muestra el rabo, miren, decía el muy maldito. Pero era verdad que me picoteaba los dedos. Vamos al estadio y tápenle el pico de una vez a esa. ¿Y qué pasa si el Rulo se tira al muchacho? Lo mejor, dijo el Jaguar, es amarrarle las patas y el pico. ¿Y las alas, qué me dicen si capa a alguien a punta de aletazos, qué me dicen? … ¿Ya Jaguar, salió, salió? Silencio, que me cortan, tengo que concentrarme … Cava la tenía por los sobacos, el Rulo le rogaba no muevas el pico que de todas maneras te lo embocan y yo le amarraba las patas”. (Vargas Llosa, La ciudad y los perros).
Allí, en los frigoríficos y fábricas de alimentos de Chicago, “había unos cuatrocientos kilómetros de vía férrea dentro del recinto de los Stock-Yards. Cada día los trenes conducían sobre diez mil reses, otros tantos cerdos y cerca de la mitad de cabezas lanares, es decir, de ocho a diez millones de seres vivientes sacrificados y transformados en alimento para el hombre anualmente. A poco que el observador fuera fijándose, podría notar cierto movimiento lento pero constante de toda aquella masa, y advertir el sentido y dirección de la marea hacia los mataderos. En efecto, el ganado iba siendo conducido por grupos desde los cercados a unas salidas que comunicaban con unos caminos de quince pies de anchura y que, en plano inclinado, van elevándose sobre el nivel de los cercados. Por estos caminos la corriente de animales era siempre continua, y era cruel ver a los pobres seres marchar, apretándose unos contra otros, hacia su fin, completamente inconscientes de la suerte que les aguardaba. Aquello era un verdadero río de muerte”.
“… Iban llegando los cerdos al fin de su viaje; en medio de cada uno de ambos espacios se hallaba en pie un negro, alto y vigoroso, con el pecho y los brazos desnudos. En aquel momento los negros descansaban, porque la rueda estaba detenida mientras otros obreros la limpiaban. Sin embargo, al cabo de uno o dos minutos empezó a girar lentamente, y los negros de uno y otro lado reanudaron su trabajo. Cada uno de ellos tenía a mano cadenas que aseguraban por un extremo a una pata trasera del puerco que tenían más cerca, y que enganchaban por el otro extremo a uno de los anillos de la rueda. Cuando ésta giraba, el animal era violentamente arrastrado y quedaba suspendido en el aire cabeza abajo. Al mismo tiempo, un grito de angustia, un gruñido intenso y terrible atronaba los oídos; los visitantes se estremecían de espanto; las mujeres palidecían y trataban de retroceder. Al primer clamor del animal seguía otro aún más angustioso, más fuerte y más continuado; porque, una vez en aquel camino de muerte, el cerdo ya no paraba hasta perecer. Cuando el anillo adonde estaba enganchado llegaba, por el movimiento de rotación de la rueda, a lo más alto de ésta, pasaba a un trole y el animal, oscilando cabeza abajo como un péndulo, marchaba colgando del cable movible a lo largo de la cámara. En seguida, otro cerdo era enganchado y suspendido del mismo modo, y luego otro, y otro, hasta formar una doble fila, todos colgando de una pata trasera, pataleando y gruñendo desesperadamente. El ruido resultante era tremendo, aterrador y capaz de romper los tímpanos de los visitantes. Parecía que la sala no era suficiente para resistir tal estruendo, y que techo y muros se iban a venir abajo. Se percibía toda clase de gruñidos, unos agudísimos, otros  graves y sordos, todos alaridos de agonía. De cuando en cuando había un momento como de calma, pero en seguida se reproducía el fragor aun más horripilante. Esto era demasiado para algunos de los concurrentes. Los hombres se miraban unos a otros y reían nerviosamente para ocultar su impresión; las mujeres crispaban las manos, cambiaban de color y no podían contener las lágrimas. Entretanto, los obreros allí empleados, sin detenerse ante estas cosas, continuaban su trabajo. Ni los alaridos de los cerdos, ni las exclamaciones y lágrimas de los visitantes les preocupaban en lo más mínimo. Uno por uno, los animales colgados, conforme iban pasando delante de ellos, recibían una rápida y tremenda cuchillada que les abría el pecho; manando sangre y gruñendo y pataleando todavía, continuaban marchando arrastrados por el cable movible hasta que caían sumergidos de un golpe, y los más de ellos aún en el estertor de la agonía, en un inmenso tanque de agua hirviendo. Todo esto se hacía tan metódica y maquinalmente que el espectador, en medio del horror que experimentaba, quedaba fascinado. Era aquello una matanza a máquina y la preparación de cerdos por medio de matemática aplicada. Y, sin embargo, aun las personas menos sensibles no dejaban de pensar en los pobres cerdos. ¡Eran estos tan inocentes, habían llegado allí tan confiados, eran tan humanas sus protestas y tenían tanta razón en ellas! En verdad, los pobres animales no habían hecho nada para merecer tal fin; era añadir el insulto a la injuria engancharlos, colgarlos y degollarlos con tal sangre fría, sin mostrar por ellos la menor compasión, sin la menor excusa y sin el homenaje de una lágrima. De cuando en cuando, alguno de los visitantes lloraba, pero la máquina de matar continuaba funcionando, hubiera o no espectadores. Era aquello como un horrible crimen cometido en una mazmorra y sepultado después en el olvido. No se podía contemplar largo tiempo esta escena sin sentirse inclinado a filosofar, sin empezar a encontrar símbolos y semejanzas, sin oír el alarido universal de toda la especie porcina. ¿Era posible creer que en ninguna parte de la tierra, o más allá de la tierra, no haya un paraíso para los puercos, donde vean recompensados todos sus sufrimientos? Cada uno de estos pobres animales era una criatura completa, un ser sensible. Los había blancos, negros, pardos y manchados; unos eran viejos, otros jóvenes; unos grandes y delgados, cuales monstruos por lo gordos. Y todos y cada uno tenían una individualidad, una voluntad y esperanzas y deseos; cada uno de ellos estaba en la plenitud de la confianza en sí mismo, de su importancia y de su dignidad. Confiados y tranquilos seguían su camino e iban cumpliendo su misión, en tanto que una sombra negra los amenazaba y un destino horrible les aguardaba al paso. De repente, aquella sombra se lanzaba sobre ellos y los amarraba; inexorable, implacable, sorda a sus alaridos y protestas, ejercía sobre ellos su cruel voluntad, como si los deseos, los sentimientos de aquellos seres no existiesen en absoluto. Y los degollaba y contemplaba inalterable mientras de ellos se escapaba la vida”. (Upton Sinclair, La jungla).

Es el horror.

Y como todo, viene con sus consecuencias, admoniciones, esperanzas acaso.

  • “No tiene la menor importancia matar a un hombre en el barrio situado a espaldas de los Stocks-Yards, en donde todos han tomado tal costumbre de matar animales, que no pueden menos de ejercitarla un poco sobre sus amigos y hasta, si llega el caso, sobre sus padres. Hay que felicitarse de que el progreso de los métodos modernos haya limitado a un pequeño número de hombres la función penosa y necesaria de matar para todo el resto del mundo civilizado”. Upton Sinclair
  • “Recuerde que seremos juzgados según nos comportamos con nuestros semejantes, ya se trate de seres humanos o de animales”. Anna Sewell

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