Humillados y ofendidos, de Dostoyevski

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Humillados y ofendidos, de Dostoyevski

Iván Petrovich, Vania, escribe estas memorias, esta autobiografía, esta novela del último año recién pasado, y la muestra al hombre que lo adoptó, Nikolai Serguieyich Ijmeniev, a su mujer Anna Andreyevna, y a su hija, para él una hermana a la que amaba y se habían dado el sí secretamente, Natascha. Ijmeniev “esperábase algo de una sublimidad incomprensible … y en vez de eso se encontró con cosas que ocurrían diariamente y que todo el mundo sabía las mismas cosas que sucedían constantemente en torno nuestro. ¡Si al menos mi héroe hubiese sido un hombre de excepcional interés! … pero no, yo sacaba a relucir a un pobre diablo de empleado … y todo dicho en el lenguaje en que todo el mundo se expresa”. Igualmente la aprueba: “Por esa historia se ve que hasta el hombre más caído y humilde sigue siendo un hombre y merece el nombre de nuestro hermano”. Aunque, algo le preocupa: “Tienes talento … Pero el talento no es todavía dinero en mano”.

El dinero. Entremetido en historias comunes, como estas que nos cuenta en sus memorias Vania. Entremetido con violencia chocando y corroyendo los valores del mundo que vivían, provocando ofensas y humillaciones.

El dinero impide el amor de Natascha con el joven príncipe Alioscha, hijo del príncipe Piotr, calculador, libertino, malvado, que quiere casar a su hijo con Katia, por sus millones.

El padre se decide a destruir ese amor: iniciará una querella contra Ijmeniev a quien había nombrado administrador de sus propiedades, calumniosa acusándolo de mala administración e incluso de robo, hasta despojarlo de todo, ofendiéndolo y humillándolo. No sería la única ofensa que sufriría el honrado administrador: la hija abandonó el hogar para irse con Alioscha. Deshonraba el hogar, y confirmaba las calumnias que habían sembrado las comadres de su comarca de que ese amor fue secretamente alentado por Ijmeniev para encumbrarse, y que el príncipe Piotr dio por buenas para mancillar al viejo administrador. El padre, desgarrado, humillado y ofendido, maldijo a la hija, se dijo que jamás la perdonaría.

Humillación y ofensa sobre humillación y ofensa. El príncipe Piotr humilla a su hijo Alioscha, riéndose de sus ideas, de sus proyectos, de su amor por Natascha, para debilitar su amor. Lo hace también arteramente, presentándose como un padre bondadoso consintiendo el casamiento con Natascha, para solo ganar tiempo y se enamore de Katia. Alioscha lo hará, humillando y ofendiendo a Natascha.

Natascha sufre, y cuenta solo con la compañía de Vania. El padre, sufriendo, se rehúsa a perdonarla. Natascha, sabiéndose culpable, se resiste a acercarse al padre a pedirle su perdón.

Con las humillaciones y las ofensas, por la acción corrosiva del dinero sobre los valores más nobles y puros, ¿es posible el perdón que redima?

El perdón. La pregunta por el perdón. En un mundo de humillaciones y ofensas, es la verdadera pregunta. ¿Es posible el perdón que redima?

Natascha lo duda. Si va a pedirle perdón a su padre, siempre quedará un fondo de reproche, y “exigirá de mí una sumisión imposible; exigirá que reniegue de mi pasado … Pero yo no puedo renegar de eso … Lo que fue tenía que ser”.

¿Es así? ¿tiene realmente que ser lo que fue?

Una inesperada historia real los salvará. Nelly, la huérfana que Vania tomó bajo su protección, les cuenta su historia: la madre ofendió a su padre, el abuelo de Nelly, que nunca la perdonó, ambos murieron en la miseria y en la pena de no haberse vuelto a ver. Mientras les contaba su historia, Nikolai Serguieyich Ijmeniev y Anna Andreyevna se decidieron a salir al encuentro de su hija. Se vieron, se abrazaron, se perdonaron.

Es posible el perdón. Pero, ¿redime realmente, restablece la justicia? Han triunfado tanto unos como otros. Triunfó el amor de los Ijmeniev perdonándose y volviendo a reunirse. Pero triunfó también el malvado príncipe Piotr, alejando a su hijo Alioscha de Natascha y casándolo con Katia.

Y es que, en la vida, a diferencia de los cuentos, no hay absoluto, no hay ese anhelo de “y vivieron felices para siempre”, se entremezclan penas y alegrías, humillaciones y reparaciones, vencen a la vez los malvados y los bondadosos. Aunque es, ese absoluto, un anhelo siempre presente: Natascha mira a Vania, sabe de ese amor que siempre le tuvo y postergó, rememora este último año recién pasado: “¡Vania, mira, todo ha sido un sueño! … ¡Hubiéramos podido vivir siempre felices juntos!”.

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[Por último, es probable que sea como decía Katia mientras lloraba debatiéndose entre el amor que sentía por Alioscha, la culpa por llevar la infelicidad a Natascha, o a sí misma, y hasta al propio joven príncipe: parece estar el tercer concierto de Beethoven sonando de fondo como una melodía que todo lo acompaña, “respirando esos mismos sentimientos que yo experimento ahora”,

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