El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl

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El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl

No se trata de una ficción literaria. Sino que “este texto, el informe del prisionero n° 119.104, no pretende contar mis vivencias en el campo de concentración. Mi intención es describir, en virtud de mi experiencia y desde mi perspectiva de psiquiatra, cómo vivía el prisionero normal en el campo y cómo esa vida influía en su psicología”.

Por eso nos relata aquello de “ser un número”, ser un “cadáver viviente … la vida del exterior, al menos hasta donde se podía vislumbrar, surgía como la visión de un hombre muerto que se asomara desde el otro mundo”, por eso, el día de la liberación “fui avanzando, poco a poco, hasta volverme otra vez un ser humano”.

Con esto bastaría para asomarse a aquel infierno con “el sufrimiento omnipresente”; reducidos a ser solo un cuerpo; la idea del suicidio, y su concreción; la apatía generalizada que llevaba a una especie de muerte emocional; el hambre; los sueños como refugios, los recuerdos del pasado como refugios; la falta de sentimientos, la anulación de la sexualidad; el ansia de cualquier privilegio por mínimo que sea; el agradecimiento por el alivio más insignificante; la irritabilidad; el complejo de inferioridad; las inspecciones al barracón, los golpes, los insultos, las humillaciones, las torturas, los sádicos, los hornos crematorios, las enfermedades, la suciedad, los piojos. Y la terrible expresión del Vae victis, ‘¡Ay de los vencidos!’. Reducidos a “un pensamiento obsesivo: seguir vivos”. Reduciéndolos: “no teníamos tiempo ni ganas para consideraciones morales o éticas”. Pero no sólo una reducción, una esperanza que cobija, que otorga sentido a la vida: “seguir vivos para volver con la familia o salvar a un amigo”. O escribir una obra científica. O volver a ver a tu amada. Tareas concretas que constituyen el destino de cada cual.

No, claro que no es una ficción literaria. Pero en medio del horror, emergía la grandeza humana, en actos sencillos. También en formas que parecían delirios. Pero que contenían un lirismo que entremezclaba realidad e irrealidad. No en vano evoca a Dostoyevski. “Si alguien nos hubiera preguntado si la afirmación de Dostoyevski que define al hombre como un ser que puede acostumbrarse a todo era cierta, habríamos contestado: ‘Sí, el hombre puede acostumbrarse a todo, pero no nos pregunte cómo lo hace’”. Al ‘Cantar de los cantares’: ‘Ponme de sello tu corazón … pues fuerte es el amor como la muerte’, al recordar a su esposa sosteniéndolo. Al cuento ‘Muerte en Terán’, para entender el providencial abandonarse al destino. A ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann que captó la importancia de la fortaleza interior, psicológica, para la salud física. A Rilke: ‘¡Por cuánto sufrimiento hay que pasar!’.

Y no son solo referencias posteriores a escritores. “Acuden a mi mente detalles de una especial e íntima grandeza humana: como, por ejemplo, la muerte de una joven en el Lager, que yo mismo presencié. Es una historia sencilla, hay poco que contar y puede parecer invención, pero para mi es puro lirismo.

La joven sabía que iba a morir en unos días. No obstante, se encontraba serena e incluso animada.

– Estoy agradecida de que el destino se haya mostrado tan cruel conmigo. En mi vida anterior fui una niña consentida y no tomaba en serio mis deberes espirituales -me dijo, señalando por la ventana del barracón-. Ese árbol es el único amigo que me queda en esta soledad. -Por la ventana se veía sólo la rama de un nogal con dos brotes de flor-. A menudo hablo con el árbol -añadió-.

Yo estaba atónito; no sabía cómo interpretar sus palabras. ¿Estaba delirando? ¿Sufría alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el árbol le contestaba.

– ¡Sí!

– ¿Y qué le dice?

– Me dice: ‘Estoy aquí, estoy aquí, yo soy la vida, la vida eterna’”.

Puede parecer invención.

Y también, recordando a su amigo Otto al que le dictó su testamento cuando creía que moriría, para su mujer: “dile, en primer lugar, que hablábamos de ella todos los días, a todas horas. Recuérdalo. En segundo lugar, dile que la he amado más que a nada en el mundo”.

Concluye con una invocación de la tragedia, tantos años después: “¿Dónde estás ahora, Otto? ¿Estás vivo? ¿Qué ha sido de ti desde esa última hora que lloramos juntos? ¿Has encontrado a tu mujer? ¿Recuerdas que te hice memorizar, palabra por palabra, mi testamento, a pesar de tus lágrimas de niño?”.

Lirismo, tragedia, que “puede parecer invención” en el horror de la realidad.

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