Distancia de rescate, de Samanta Schweblin

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Distancia de rescate, de Samanta Schweblin

Ahora está Amanda, “pero es verdad, ¿no? Que me voy a morir”, y David, el hijo de Carla, que fue la gran amiga, quizá el gran amor de su madre, que le dice que siga describiendo lo que vio aquel día en la casa de Amanda: “el punto exacto está en un detalle, hay que ser observador”. Y sigue. Hablando de Nina, su hija, a él, a David, seis años después de que se madre, Carla, le dijera a su amiga que era un monstruo. Pero tiene que hablar con él, tiene que contarle.

Tantos miedos, chicos, grandes circunstanciales, casuales, causales, que vamos teniendo en la vida.

Carla le contaba los suyo a Amanda, las dos conversando, cerca de la pileta.

Cuando a Carla, recién nacido David, se lo acercaron, “estaba convencida de que le faltaba un dedo. La enfermera dijo que a veces pasa con la anestesia, que uno se persigue un poco, y hasta que no conté dos veces los diez dedos de las manos no me convencí de que todo había salido bien. Qué no daría ahora porque a David simplemente le faltara un dedo”.

Cuando su marido Omar consiguió el padrillo para sus yeguas, que era de lo que vivían y se perdió, Carla logró encontrarlo. “Pude agarrarlo de la rienda. Qué alivio, me acuerdo perfecto, suspiré y dije en voz alta, «si te perdía, perdía también la casa, desgraciado». Ves, Amanda, eso es como el dedo que pensé que le faltaba a David. Uno dice «perder la casa sería lo peor», y después hay cosas peores y uno daría la casa y la vida por volver a ese momento y soltar la rienda de ese maldito animal”.

Cosas peores. El caballo tomando un agua que lo envenenó y lo mató, y David, muy chiquito, chupando el pasto mojado con la misma agua. “Es que a veces no alcanzan todos los ojos Amanda. No sé cómo no lo vi, por qué mierda estaba ocupándome de un puto caballo en lugar de ocuparme de mi hijo”.

Amanda, mientras siguen charlando, “espío otra vez a Nina, que ahora da unos pasos hacia la pileta”, piensa mientras la escucha, “me pregunto si podría ocurrirme lo mismo que a Carla. Yo siempre pienso en el peor de los casos. Ahora mismo estoy calculando cuánto tardaría en salir corriendo del coche y llegar hasta Nina si ella corriera de pronto hasta la pileta y se tirara. Lo llamo ‘distancia de rescate’, así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería”.

Pero se ocupó de su hijo, consultando a una curandera, que la puso ante una terrible decisión que tomar. Y sobrevivió. Y ahora habla con Amanda que habla de Nina su hija, y sus miedos, y lo que pasó. “La distancia de rescate está ahora tan tensa que no creo que pueda separarme más de unos pocos metros de mi hija. La casa, los alrededores, todo el pueblo me parece un sitio inseguro y no hay ninguna razón para correr riesgos”.

Pero los corre, se queda. Pero los riesgos no están allí, están más próximos. Pero siempre hay un miedo peor acechando. “Pienso una y otra vez en lo insólito de mi miedo”.

Lo insólito. Pero está aquella agua, que mató al padrillo, que casi mata a David, que mató a los patos, los perros. Algo nada insólito allá en el campo; algo ahora habitual, que, de tan habitual, se nos escapa, hasta que nos puede enfermar y nos puede matar.

Entonces, la distancia de rescate, esa aprehensión acaso necesaria, que “es porque tarde o temprano sucederá algo terrible. Mi abuela se lo hizo saber a mi madre, toda su infancia, mi madre me lo hizo saber a mí, toda mi infancia, a mí me toca ocuparme de Nina”, ¿sirve para algo? “Pero se les escapa lo importante”.

¿Y qué es lo importante?

Miedos, miedos, miedos, próximos, distantes, ordinarios, insólitos, acechantes, presentes, tan presentes, tan próximos, tan ordinarios, que se nos escapan, se nos escapa lo importante, y así, nos dominan y se nos imponen.

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