ARTE Y LITERATURA. Cabeza de Cristo, Rembrandt. Elías Ambrosius, Elías Kaminsky, Mario Conde. Leonardo Padura

Entre 1648 y 1653 el Rembrandt llegó a manos de la familia Kaminsky. Un pequeño cuadro, más un estudio que una obra terminada, la “cabeza de un hombre, a todas luces judío, que de una manera muy naturalista pretendía ser una representación del Jesús cristiano, aunque con la evidente intención de resultar más humano y terrenal que la figura establecida por la iconografía católica de la época”.

-Rembrandt era magnético -comenzó Elías [Kaminsky]-. Y un poco dictador con sus discípulos. Los obligaba a pintar según sus ideas, que a veces parecen bastante claras, pero otras son como tanteos, según lo que se ve en su trabajo. Rembrandt era un buscador, se pasó la vida buscando, hasta el final, cuando estaba en la fuácata y se atrevió a pintar los hombres sin ojos de La conjura de los bátavos… Lo que sí tenía muy claro era la relación entre el ser humano y su representación en un cuadro. Lo veía como un diálogo entre el artista, la figura que representaba y el modelo. Y también como la captación de un instante que se fugaba hacia el pasado y exigía una fijación en el presente. Todo el poder de sus retratos está en los ojos, en las miradas. Pero a veces iba más allá… y hasta llegó a pintarlos sin ojos, y eso le dio más fuerza al cuadro. Pero la mirada es lo que hace notable ese estudio de retrato de un joven judío, que quizás fue su discípulo. Ese pedacito de tela es una obra maestra. Más que los ojos, en ese retrato, igual que en el de su amigo Jan Six y en algunos autorretratos, Rembrandt buscaba el alma del hombre, lo permanente, y lo encontró… Quizás eso fue lo que ese judío hereje [Elías Ambrosius, un aprendiz] aprendió de su maestro y trató de hacer con su pintura… Digo yo.

-¿Por pintar era un hereje? -quiso aclararse Conde.

—Sí, ese hombre violó una ley muy rígida en esa época… Aunque quizás, como mi tío, murió sin sentir remordimientos… Nadie te puede obligar a pintar. Y si él lo hizo está claro que había ejecutado su libre albedrío. Y lo había hecho nada más y nada menos que al lado de Rembrandt. O eso me imagino

Conde asintió, bebió su café y encendió su cigarro.

-Aquel judío pudo ser condenado por pintar personas. Y a ti, que casi no eres judío y te cagas en las condenas, no te interesa pintar personas. Está cabrón eso… [Mario Conde se refiere a las pinturas de Elías Kaminski, que pintaba ciudades, paisajes de las ciudades, sin gente, como después de una devastación].

-Uno no sabe por qué es pintor o por qué no lo es. Y tampoco por qué termina pintando de una forma y no de otra, por más explicaciones que le des a la cuestión… A mi madre le gustaba mi pintura A mi padre, no. Para él la gente siempre era lo más importante”.

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