Píldoras de la crítica. La novela histórica, verosimilitud y sentido. Noé Jitrik

Píldoras de la crítica. La novela histórica, verosimilitud y sentido. Noé Jitrik

(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)

“Eso que se llama ‘novela histórica’, que para algunos es un género, para otros un subgénero, para otros, entre los que me cuento, una ocasión para entrar en la literatura latinoamericana”.

El “principio básico de la novela histórica: se vuelve al pasado para tratar de hacer inteligible un presente. Esto supone que hay una finalidad en el proyecto pero también una interpretación: el pasado fue de esta o de otra manera pero el presente desde el que se escribe es de tal o cual modo y es lo que importa”.

La novela histórica, “resurge cada tanto, de modo tal que se puede incluso hablar de ‘períodos’”.

  • Un “período del Centenario y que encierra textos tan diversos como La guerra gaucha y el ciclo de la ‘Revolución Mexicana’ o las novelas de Payró en la Argentina y, en todo caso, las prolongaciones evocativas de los principios del naturalismo.
  • Un “período que podemos llamar ‘romántico’”.
  • Un período que parte entre 1920 y 1930 con Escenas de la guerra del Paraguay y que llega hasta 1960.
  • Un período el actual [del momento que se escribe este texto], que comienza “hacia 1970 y pondría en Yo, el Supremo una de sus manifestaciones iniciales, desencadenantes y aun modelizadoras … secuela de ese proyecto tan grandioso y significativo que los académicos designan como “novela de dictadores” y que de pronto pareció una realidad con libros como El otoño del Patriarca, La novela de Perón, El recurso del método y tantas otras”.

Pero, más importante que una periodización es entender la novela histórica “según tres actitudes narrativas fundamentales acerca del ‘referente’:

“1. Hay quienes se sienten capaces de enfrentarse con el pasado lejano. Son los cultores de la “novela histórica”.

2. Hay quienes se sienten capaces de enfrentarse tan sólo con sus propios fantasmas, sociales o personales. Son los que hacen “novela situada”, pero libre.

3. Hay quienes se sienten capaces de enfrentarse con una falta de proyecto en el orden del referente. Son quienes intentan “construir” imaginariamente lo que para los otros está dado en el exterior”.

Si hay tantos períodos y estilos diferentes, ¿se puede hablar de una “ortodoxia” de la novela histórica?

Sí, se puede. “Ante todo, en un acuerdo bastante perfecto, intelectual y filosóficamente hablando, entre novela, como aparato productor de ficción, e historia, como depósito de verdad fáctica pero también, como quería Hegel, de ‘sentido’. En esta relación, la ficción desempeña el papel de instrumento y la historia el de la luz”.

Y hay que aclarar: “cuando digo ‘ficción’ no digo ‘imaginación’. Digo, tan sólo, un aparato, una construcción muy propia del siglo XIX y mediante la cual se trata de afirmar un principio anterior todavía, el de la verosimilitud que, articulado como requisito de la representación, parece la garantía de toda literatura. Como sabemos, la literatura – y la representación – no pertenece al orden de la naturaleza y las diversas vanguardias de este siglo han demostrado que la palabra literaria, en todas sus formas, bien puede constituirse fuera de la representación, por lo tanto, de la verosimilitud. En esa falta de sustento que supone esa desviación respecto de una norma multisecular, la ficción tambalea. Porque la ‘ficción’ es un artefacto creado, datado y se lo puede definir como un coagulado que partiendo de una experiencia de la realidad, o de sus comportamientos, se fija respondiendo a normas de verosimilización y luego es tomada por diversos relatos porque sirve a los fines de su sintaxis narrativa”.

Las vanguardias entonces -la desreferencialización- subvirtieron todo, también la novela histórica “actual” [esa de 1970] que es, entonces, heterodoxa: ya no se trata de  “esa relación o ajuste perfecto entre Historia y Novela Histórica”.

Dos ejemplos:

Uno, en Roa Bastos “pareciera que tiene más importancia el paradigma “dictador-dictar-escribiente-escritor-escribir”, porque establece conexiones con otros discursos, que trazar una imagen verosímil”.

Otro, el Bolívar de García Márquez “sigue siendo el mismo de Cien años de soledad-, sus tics verbales tal vez reaparezcan pero aquí serían reveladores de que lo que más importa no es aquel viejo acuerdo entre novela e historia sino otra cosa, lo que provisoriamente al menos llamaremos ‘escritura’”. Pero esto no es todo: aquí “la relación entre pasado referencial y presente es también muy diferente, como si el análisis del presente no llevara hacia zonas de descubrimiento sino tan sólo de angustiosa verificación. La historia, así, se convierte en un inventario de calamidades inmodificables. Es un trauma y a la literatura no le queda sino insistir sobre ello, pero no puede, como sí lo hizo la novela romántico- naturalista, proponer, así sea simbólicamente, ninguna posible reconquista del sentido”.

Pero [no todo es negro], “una escritura menos determinada, ella sí descubridora de registros, ella sí capaz de dar cuenta de lo que es un mundo aparentemente ininteligible”.

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