Nada, de Carmen Laforet

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Nada, de Carmen Laforet

“Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias incompletas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias demasiado oscuras para mí. Su olor, que era el podrido olor de mi casa, me causaba cierta náusea… Y sin embargo, habían llegado a constituir el único interés de mi vida. Poco a poco me había ido quedando ante mis propios ojos en un segundo plano de la realidad, abiertos mis sentidos sólo para la vida que bullía en el piso de la calle de Aribau. Me acostumbraba a olvidarme de mi aspecto y de mis sueños. Iba dejando de tener importancia el olor de los meses, las visiones del porvenir … El resultado parecía ser aquella inesperada tristeza”

Andrea llegó a Barcelona, «había amontonado demasiados sueños sobre este hecho concreto para no parecerme un milagro … ciudad que a mí se me antojaba como palanca de mi vida”, a estudiar Letras. Pero esos sueños… llegó, después de la guerra, a la casa de sus parientes: la abuela, la tía Angustias, el tío Juan y su mujer Gloria con su pequeño hijo, el tío Román. Era una casa aterradora: telarañas en los techos, todo polvoriento, la camita que le habían preparado que parecía un ataúd.

Tuvo prontas señales de lo que la esperaría, ya en la primera mañana su tía Angustias fue clara y directa: “eres mi sobrina; por lo tanto, una niña de buena familia, modosa, cristiana e inocente. Si yo no me ocupara de ti para todo, tú en Barcelona encontrarías multitud de peligros. Por lo tanto, quiero decirte que no te dejaré dar un paso sin mi permiso”. Le advirtió que si avanzaba en su carrera de Letras sería gracias a la caridad de ellos. Le advirtió que no se hiciera amiga de Gloria.

Conoció también la violencia que habitaba esa familia. Román insulta a Gloría, Juan la defiende enfrentando a su hermano y amenaza con matarse mostrando una pistola. Román le aclaró después a Andrea: “no te forjes novelas: ni nuestras discusiones ni nuestros gritos tienen causa, ni conducen a un fin”.

Puede ser, pero, más que tranquilizador, es inquietante: violencia sin sentido entre hermanos.

Pero no era cierto. Tenían una causa, siempre la hay. La guerra, la guerra civil. Román estaba con los rojos, pero pasaba información a sus enemigos: era un traidor. Y cada vez que podía instaba a Juan a pasarse a los nacionales, hasta que aceptó. Un día “la checa” se llevó a Román y lo torturó, se creía que Gloria lo había denunciado. Y Román la insultaba cada vez que podía, y el propio Juan que la defendía en esas ocasiones, le daba palizas.

Andrea al comenzar la Universidad se fue haciendo amigos y, era “como un instinto de defensa: sólo aquellos seres de mi misma generación y de mis mismos gustos podían respaldarme y ampararme contra el mundo un poco fantasmal de las personas maduras”.

Ena, su amiga rica y guapa de la Universidad, deseaba y hasta admiraba la vida que Andrea padecía: “Me gusta la gente con ese átomo de locura que hace que la existencia no sea monótona, aunque sean personas desgraciadas y estén siempre en las nubes, como tú…” Andrea la rebate: “Estás equivocada. Román y los demás de allí no tienen ningún mérito más que el de ser peores que las otras personas que tú conoces y vivir entre cosas torpes y sucias”. Ena, se entregó a la noche. Se distanció de Jaime su novio, esa pareja feliz que había ilusionado a Andrea, para acercarse a Román, con su violín, pero también con su violencia.

Entonces, pensaba Andrea, “me era imposible creer en la belleza y la verdad de los sentimientos humanos —tal como entonces con mis dieciocho años lo concebía yo».

Entonces Pons, su amigo de la Universidad, enamorado de ella, la invitó a un baile y a irse de vacaciones con él y su familia, y Andrea quería para así “poder libertarme. Aceptar su invitación y poder tumbarme en las playas que él me ofrecía sintiendo pasar las horas como en un cuento de niños, fugada de aquel mundo abrumador que me rodeaba”.

Pero el mundo no te suelta.

Roman quiere a Gloria para sí. Gloria lo desprecia porque años atrás ella lo quiso y él se burló de ella. Y por eso, sí: ella fue, ella lo denunció a la checa para que lo fusilaran.

La pobreza los vence: deben vender los muebles de la casa para poder comer. Andrea fue ilusionada al baile de Pons, su pobreza resaltó al lado de tanta riqueza, sintió vergüenza, se apartó; “me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora”.

Está desolada. Pero la madre de Ena habla con Andrea: “llevo unos días que descubro sombras extrañas en los ojos de todos. ¿No le ha sucedido alguna vez atribuir su estado de ánimo al mundo que la rodea?”. También, le cuenta su pasada historia con Román y su crueldad, y le pide ayuda para alejar a su hija Ena de su tío Román. Aunque Ena sabía ya aquella historia de su mamá y el tío de Andrea.

Mundo sórdido de violencias entre hermanos; traiciones y delaciones; sueños rotos; pobreza sórdida.

No, el mundo no te suelta. Uno tiene que soltar al mundo.

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