El mar, de John Banville

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El mar, de John Banville

“¿Quién, pudiendo permitirse ir al soleado sur, iría a ‘Los Cedros’ a llorar la muerte de alguien?”. El, Max Morden. Y, más que la muerte de una persona, probablemente, inconfesablemente, de dos personas, en ese vaivén de vivir, acaso simultáneamente, su pasado de los amores de su niñez y su presente de sus amores de grande. Chloe y Anna.

Ese vaivén, esa simultaneidad, escribiendo su pasado y su presente.

[Con sus tristes finales, en los sucesos que recorre. “Después de todo, ¿por qué iba yo a ser menos susceptible que cualquier otro escritor de melodramas a la exigencia del relato de un hábil giro que lo concluya?”].

Y en ese vaivén, el desnudamiento de sí que tanto teme pero ante el que no se detiene.

Su hija Claire le reprocha: “vives en el pasado”.

Y sí, “tenía razón. Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotable, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de, sí, lo admito, un rincón acogedor … Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro”.

Un refugio. También, ese doble vivir simultáneamente. Uno puede, con su memoria, “volver a vivir toda su existencia”.

[Y están los recuerdos. Sus padres, sus idas al mar de niño, y allí, los Grace, su enamoramiento de los Grace, su beso con Chloe, cuando conoció a Anna y se casaron, y su enfermedad…].

Recuerdos que, aunque puedan, deban, ser deformantes, son más importantes que lo real pasado. “Experimenté una sensación de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma. Algo muy preciado se estaba disolviendo y se me escurría entre los dedos. No obstante, con qué facilidad lo dejé ir al final. El pasado, me refiero al pasado real, importa menos de lo que pretendemos”.

Porque es un refugio: lo que apenas quería, hombre sin ambiciones [pero, ¿y qué?]. Y un escape. En este lugar al que volvió, ‘Los Cedros’, en el que rememora, porque “estar aquí no es más que una manera de no estar en otra parte”.

Porque, finalmente, es ese -en algunos al menos- permanente conflicto entre la acción/la vida y la memoria/los recuerdos/los refugios de cada cual.

(Alfaguara. Traducción de Damiá Alou)

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